Cae el tercer gol manudo a los 64 minutos. El hondureño Roger Rojas montó el baile a Henrique Moura y Jaikel Medina y desató la locura en el Morera Soto. Los reflectores se fueron con la euforia rojinegra, pero ¿qué pasó en el bando morado?
Daniel Colindres juntó a sus compañeros en una minireunión grupal en tres cuartos de cancha. Se dijeron algunas palabras. A lo lejos se observó cómo el capitán morado y el portero Kevin Briceño tomaron la batuta. Ambos prendieron la chispa del equipo.
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Al costado de la línea de cal, Vladimir Quesada tenía las manos en la cintura y conversaba con su asistente Víctor Cordero. Ambos, viendo qué ajustes harían, porque tenían el partido perdido. El preparador físico Pier Luigi Morera pedía intensidad a los suplentes que estaban calentando como si no importara haber recibido tremendo golpe.
Con pizarra en mano, Quesada y Cordero tomaron decisiones, y acto seguido llamaron a Cristian Martínez para brindarle indicaciones. Esa sería la primera variante. Fue por Johan Venegas. Cualquiera diría que quería evitar una debacle peor con la incorporación del contención.
Todo eso en el festejo erizo, que dicho sea de paso se extendió, a tal punto de que Colindres fue a conversar con el árbitro Juan Gabriel Calderón y se tocó su mano izquierda como señalando el reloj. Iban 3-0, pero el morado pedía que no se perdiera tiempo. Quería jugar.
Esa fue la gran diferencia. Los morados lejos de bajar los brazos intentaron tocar, salir desde atrás con balón dominado, tal y como lo habían hecho en el primer tiempo. Lejos de ver el partido perdido aparecieron los que tenían que estar: Michael Barrantes, Mariano Torres y Daniel Colindres. Además, del inesperado Henrique Moura.
La principal medida que tomó el grupo fue: cero recriminaciones. Es decir, no más molestias como las de Moura con Yostin Salinas, de Moura con Johan Venegas, las de Briceño con su defensa o los ademanes de Torres en cada tanto recibido. Esa reacción propia de ir perdiendo por goleada el juego en el que nadie desea caer y menos ridiculizado.
Los tantos manudos llegaron en un abrir y cerrar de ojos, pero hablar de frente, dotarse de un norte fijo en la tempestad y aprovechar los errores del rival, le ayudó a la S a disipar las dudas y convertirlas en certezas.
Vladimir movió el banquillo, además de Martínez ingresó Ariel Rodríguez, el que estaba más ansioso, el que calentaba con más ganas, el que estaba más impaciente y al que más le picaban las piernas por jugar. Se notaba a leguas mientras hacía los ejercicios en el costado de la cancha del Morera Soto.
“Dijimos que no nos reprocháramos errores, que íbamos a luchar hasta el final, que mantuvieramos la calma. Al final eso resultó y sacamos la casta”, comentó Colindres.
El descuento llegó por medio de la táctica fija con un cobro de Mariano y un cabezazo de Moura. No había tiempo para festejos. De hecho, nadie celebró. Moura se persignó y corrió a acomodarse de nuevo. Eso sucedió al 78′.
“En ese momento, lo que quería era que se reanudara el juego lo más rápido para pensar en que el equipo fuera al frente”, relató Moura.
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Tres minutos después ingresó al campo David Ramírez. Otro de los que más ansioso estaba al hacer los ejercicios de calentamiento. La carta ofensiva que le quedaba al banquillo tibaseño. Vladimir y Cordero conversaron con él amplio rato y le especificaban qué querían en el campo.
Precisamente, una acción suya y una pésima salida de Patrick Pemberton hizo que Ariel decretara el segundo. Hasta ahí ya se maquillaba el resultado, pero tampoco había nada que celebrar. Vladimir pedía mesura en el banquillo, aunque ya había una sensación de que se podía empatar y por qué no pensar en más.
Tras el gol, Ramírez tomó la pelota del fondo de la red y la puso en el centro. Chocó sus manos con Cristian Martínez. El contención le hacía gestos a sus compañeros que fueran adelante, que presionaran la salida rival. Quiso apurar.
En ese instante, a siete minutos del final, Michael Barrantes tomó la pelota, combinó acciones con Mariano y se sentía un Saprissa con más convicción y un Alajuelense lleno de nerviosismo.
Luego llegó la combinación de los pésimos cambios de Nicolás dos Santos, mientras el Monstruo empezaba a comerse la media cancha, pero más allá del duelo táctico, el reloj continuaba. Ese era el principal impedimento.
Colindres aplaudía a sus compañeros en cada acción, Ariel pedía el balón en todas, aunque no existiera una línea posible de pase y Ramírez corría de más.
Moura y Medina se fueron al frente en cuanta acción de balón parado quedaba y, al final, resultó que el mismo Moura concretó, al 92′, el 3-3 definitivo.
Ese momento, la banca de la S se metió a la cancha. Medina, Moura y Salinas se fueron a abrazar con el cuerpo técnico. Vladimir y Cordero mostraron el festejo más efusivo en su paso por Saprissa. Su rostro desdibujado y sus puños cerrados. El utilero Juan Gabriel Rodríguez ingresó a la cancha y no quiso salir, hasta que lo expulsaron.
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Pese a lo emotivo del momento para los morados, este gesto decía que la S iba por más. A quién le importaba el tiempo; seguro solo a los locales que deseaban que el juego se terminara ya. Colindres señaló su cabeza y pedía calma. Luego de pegar un par de brincos, Mariano secundó al capitán. Ambos pedían serenidad.
Por si fuera poco, dos minutos después, un cobro de Torres y un disparo de Colindres por poco termina en el 3-4. Acto seguido el silbatero finalizó el compromiso. Quedó esa sensación de que los morados pudieron hasta ganar luego de ir con un 3-0 abajo.
“Respetamos el dicho de que no se repartan nada mientras el Monstruo está vivo y eso es lo que cuenta”, opinó Briceño.
Al final, los morados tuvieron su acostumbrada reunión tras concluir el compromiso y se marcharon al camerino recibiendo los insultos de siempre de los aficionados rojinegros, quienes también le recriminaban a sus jugadores.
