En Marvin Angulo tiene Saprissa al mediocampista “en vías de extinción”, el número diez (aunque oficialmente su dorsal sea el 11), el jugador de enganche, el que pone el último pase a gol, el que efectúa la rauda o pausada transición entre medio campo y delantera, lo que los argentinos llamarían el “tiempista” de su equipo, y como si esto fuera poco, un egregio cobrador de faltas: sus disparos tienen colocación y fuerza. Una derecha extraordinaria, y una zurda que tampoco es inocua. Sobrado de técnica, jugador prolijo, elegante, inteligente.
Hace unas semanas tuve la ocasión de referirme a él en el programa Zona Técnica. Me expresé con el entusiasmo comprensible en cualquier amante del bello fútbol, a fortiori si el objeto de la apología es un gladiador saprissista.
Para mi estupor, la palabra me fue arrebatada por un iracundo Rolando Fonseca que, armado de tremendo serrucho, procedió a bajarle el piso a su colega de la manera más brutal que sea dable imaginar. Según el “primo ballerino” de nuestro fútbol, Angulo sería, a sus 29 años, un jugador viejo, un hombre psicológicamente débil, incapaz de dar un paso sin antes consultarlo con su demiurgo y escultor, Carlos Watson. En suma, una pieza sobredimensionada, un jugador cuyas destrezas han sido magnificadas por la inflación de los adjetivos y el fervor de la torcida.
Un jugador como Fonseca —“senior”, veterano, maestro retirado— debería asumir con sus jóvenes colegas la actitud de guía, de pedagogo, de magnánimo heraldo que hace sonar las campanas cada vez que, desde su atalaya de experiencia, entrevé talento en algún compañero. Fonseca lo ganó todo en su momento: podría permitirse a sí mismo ser generoso, ¡tiene de sobra crédito para serlo! Pero, lejos de ello, el viejo crack reaccionó de manera primaria, explosiva, mezquina.
¡Ah, qué malas pasadas les juegan a los hombres sus egos elefantiásicos! Los exponen, los dejan en ridículo, los desnudan en todo su “humano, demasiado humano” (Nietzsche) territorialismo e inseguridad. Pudiendo ser magnánimos, eligen la avaricia. La vanidad sobre sus cráneos inclinados clava su negro estandarte (Baudelaire). Son su propia cárcel, su propio torturador, su propia sombra… y el mundo lo sabe.