Jacques Sagot. 17 mayo

El año es 1972, el lugar, Reikiavik, capital de Islandia. Estamos en el ápex de la Guerra Fría. Nixon y Brezhnev se enseñan los colmillos desde ambos lados del Atlántico.

El clima político está lleno de nubes bajas, opresivas, y preñadas de relámpagos. El cometa estadounidense Bobby Fisher disputa el cetro mundial del ajedrez al campeón ruso Boris Spassky.

Los soviéticos han mantenido una hegemonía absoluta del ajedrez durante 30 años: Alekhine, Botvinik, Smyslov, Tahl, Petrosian, Spassky han reinado en los campeonatos mundiales como en todos los torneos del deporte-ciencia-arte.

Kissinger amenaza a Fischer: “¡Más te vale ganar esta final!”. Brezhnev hostiga a Spassky: “¡El honor de nuestra gloriosa tradición está en tus manos!”

Los contrincantes salen al escenario arrastrando megatones de peso psicológico. El mundo suspende el aliento en plena sístole.

Spassky comienza ganando, pero pierde su ventaja ante el tsunami estadounidense que, en las fases de clasificación, pulverizó a Taimanov 6-0, a Larsen 6-0, y al búnker humano Tigran Petrosian 6 ½ - 2 ½.

Fischer se adelanta en la partida 6, con piezas blancas. Es una obra maestra. El ajedrez concebido como poesía, creatividad y fantasía. Para estupor de todo el mundo, Spassky se pone de pie, estrecha la mano de su oponente, aplaude y pide del público una efusiva ovación para su rival vencedor.

Spassky es un aristócrata del espíritu. Un príncipe. Un hidalgo. Un patricio del ajedrez. Coleccionista de arte, y hombre supremamente culto.

Y ahora amigos, una pregunta: ¿verían ustedes a nuestros técnicos futboleros pedir un aplauso para un archirrival que los venciese en buena lid? ¿Pueden concebirlo? ¿Son capaces de visualizarlo?

¿Tal vez en el año 3 500? ¿Por qué Spassky sí (¡con el peso psicológico que arrastraba, en un evento seguido por el mundo entero!) y ellos no (en un campeonatillo tercermundista de escasa exposición)?

Denme ustedes la respuesta.