La historia “oficial” del fútbol pretende que Italia habría ganado cuatro cetros mundiales. Por lo que a mí atañe, ha ganado solo dos: en España 1982 y en Alemania 2006.
La FIFA debería despojar a Italia de los títulos “conquistados” en 1934 y 1938, por decreto de Benito Mussolini, y cuando el fragor de la Segunda Guerra Mundial se escuchaba ya tras las serranías. Es inmundo, inmoral, que un país se aferre a dos cetros espurios, abyectos, violentamente extorsionados al mundo. Así no fuese más que como acto de decencia elemental y como gesto de contrición, Italia debería renunciar a esas dos preseas.
Árbitros sobornados, goles fantasma a favor de los italianos, agresiones físicas inimaginables perpetradas por los “campeones” contra cualquier rival que se acercara a su marco, jugadores y árbitros amenazados de muerte…
Esas dos copas deben ser eliminadas de los anales del fútbol. Todas las irregularidades están documentadas y existen de ellas incontables pruebas y testimonios.
Ambos mundiales fueron usados con absoluto desparpajo para desplegar ante el mundo la propaganda fascista de Mussolini, como las Olimpíadas de Berlín, en 1936, se constituyeron en una apoteosis del nazismo y un himno al Übermensch (parcialmente malogrado por el inmenso Jesse Owens).
Muchos árbitros, después de sus vergonzosas actuaciones, fueron suspendidos al regresar a sus países. El portero Antal Szabo, vencido en la final Italia - Hungría del Mundial 1938, dijo: “Jamás en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido. Con los cuatro goles que me hicieron salvé la vida a 11 seres humanos. Antes de empezar el partido los italianos recibieron un telegrama de Mussolini en el que decía: “Vencer o morir”. Ambos títulos le fueron adjudicados a Italia por decreto y de facto. Añadamos a ello que, de la selección “campeona” en 1934, cuatro jugadores eran argentinos (Monti, Orsi, Guaita y Demaría) y un brasileño (Guarisi).
De los 12 goles que Italia anotó, cuatro fueron marcados por extranjeros. La coerción de que jugadores y árbitros fueron víctimas a fin de que Italia se apoderara del título es execrable. No elaboraré más el tema, porque la injusticia es un fenómeno que genera en mí un asco, una repulsión difícilmente tolerables.