Un obituario
Cuando ya había escrito el texto del domingo pasado, en el que mencioné el terrorífico bombardeo de Dresde, la joya arquitectónica del Elba, falleció, en Manhattan, el escritor norteamericano Kurt Vonnegut, autor de catorce novelas, numerosos cuentos, cuatro piezas teatrales, abundantes ensayos y no sé cuántas cosas más.
Vonnegut estaba en Dresde, en condición de prisionero de guerra y trabajador forzado, la tarde de febrero de 1945 en la que aviones ingleses y norteamericanos se lanzaron sobre el casco central de la ciudad para crear, dejando caer sobre él un descomunal “combo” de artefactos incendiarios (bombas de fósforo y de napalm incluidas), una tormenta de fuego cuya radiante columna se elevó a tal altura que fue visible más allá de la frontera checa, sita a unos sesenta kilómetros. En aquel momento, Dresde era un centro urbano indefenso, lleno de atestados hospitales, saturado por decenas de miles de refugiados que huían desde la región de Silesia, empujados por el incontenible avance ruso, y ocupaban cada metro cuadrado de una ciudad cuyo único emplazamiento de interés militar, un importante centro ferroviario, no fue blanco del ataque y volvió a funcionar pocos días después. Sin embargo, el área central de la ciudad resultó, literalmente, incinerada junto a más de cien mil civiles.
Vonnegut y unos pocos compañeros de cautiverio sobrevivieron gracias a que sus vigilantes los hicieron refugiarse en lo que había sido un matadero subterráneo, y en 1969 el escritor ofreció un acusador testimonio de aquella masacre en su novelaSlaughterhouse-Five ( Matadero 5 ), una especie de evangelio laico para la juventud estadounidense, que en los tiempos de la guerra de Vietnam leía sus obras espontáneamente y no por la imposición de los programas de enseñaza: el sobreviviente del infierno se convirtió entonces en adalid de una causa pacifista que no abandonaría durante el resto de su vida. En su collage autobiográfico,Fates Worse Than Death ( Destinos peores que la muerte ), Vonnegut cuenta que al separarse al final de la Segunda Guerra Mundial, él y uno de sus compañeros de prisión juraron que nunca más le creerían al gobierno de su país, pues recordaban que cuando hizo a Estados Unidos entrar en el conflicto bélico europeo, el presidente Roosevelt declaró solemnemente que nunca autorizaría el bombardeo de una ciudad indefensa.
De haber leído a Vonnegut, muchos estadounidenses de hoy, y el entonces presidente Pacheco de Costa Rica, no habrían sido embelesados por las burdas mentiras belicistas de G. W. Bush.