Opinión

La sombra

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Cuando, joven, estudiaba en Europa, cada vez que salía de viaje familiar en mi estrecho “abejón” Volkswagen calmaba el desasosiego claustrofóbico de mis hijas inventándoles algún cuento para el que ellas mismas escogían el tema. Un desplazamiento, pongamos por caso, entre Lovaina y Aquisgrán me daba tiempo para relatarles las aventuras de, por ejemplo, un ratón que ansiaba –y para su desdicha lo lograba– convertirse en elefante. En cierta ocasión, entre estación y estación de un largo viaje de vacaciones les propiné una novela “por entregas” (premonición de los culebrones televisivos, supongo) de la que he olvidado casi todo, aunque recuerdo el escenario: un pequeño país, unido a una gran potencia por un tratado que le permitió a esta instalar, en el diminuto reino, un gigantesco conjunto de antenas de uso militar, lo que a su vez trajo como consecuencia un ensombrecimiento del territorio que obligaba a la población a mantener la luz artificial perennemente encendida y a usar aparatos de gas para secar la ropa.








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