Cuando, joven, estudiaba en Europa, cada vez que salía de viaje familiar en mi estrecho “abejón” Volkswagen calmaba el desasosiego claustrofóbico de mis hijas inventándoles algún cuento para el que ellas mismas escogían el tema. Un desplazamiento, pongamos por caso, entre Lovaina y Aquisgrán me daba tiempo para relatarles las aventuras de, por ejemplo, un ratón que ansiaba –y para su desdicha lo lograba– convertirse en elefante. En cierta ocasión, entre estación y estación de un largo viaje de vacaciones les propiné una novela “por entregas” (premonición de los culebrones televisivos, supongo) de la que he olvidado casi todo, aunque recuerdo el escenario: un pequeño país, unido a una gran potencia por un tratado que le permitió a esta instalar, en el diminuto reino, un gigantesco conjunto de antenas de uso militar, lo que a su vez trajo como consecuencia un ensombrecimiento del territorio que obligaba a la población a mantener la luz artificial perennemente encendida y a usar aparatos de gas para secar la ropa.
Aquel relato infantil vino precisamente a mi mente un día de estos, cuando me preguntaba a mí mismo por qué la conmemoración de la Campaña Nacional contra los filibusteros resultó tan minuciosamente desteñida, prácticamente inadvertida en nuestro sistema escolar y hasta vilipendiada por algunos como victoria del pueblo de Costa Rica. Recordé entonces un comentario de Milan Kundera relacionado con la experiencia estalinista de Checoslovaquia: “El olvido es una forma de muerte que siempre está presente en la vida… Pero el olvido es también el gran problema de la política. Cuando una gran potencia quiere despojar a un pequeño país de su conciencia nacional, acude al método del olvido organizado. La nación que pierde conciencia de su pasado también va perdiendo gradualmente la conciencia de sí misma. Y, así, la situación política arroja una luz brutal sobre el problema metafísico ordinario del olvido, el que estamos enfrentando todo el tiempo, todos los días, sin prestarle atención. La política desenmascara la metafísica de la vida privada, la vida privada desenmascara la metafísica de la política”.
En fin, el caso es que, mientras yo les contaba la hoy olvidada historia del país privado de la luz solar, mis pequeñas hijas me interrumpían a veces para exigirme que les dijera por adelantado de qué manera sus habitantes recuperarían el derecho a disfrutar del astro rey. Y la verdad es que tampoco recuerdo cómo fue que, en mi historia, el pequeño reino obligó a la gran potencia a irse con sus antenas a otra parte. Si es que lo hizo.