
Esto es algo que he querido hacer desde hace mucho. Escribí, hace unos meses, una crónica larga sobre cuatro viajes que hice a Cuba a lo largo de treinta años: el primero, en 1997, detrás de la memoria del Che junto a Alberto Granados; el último, en enero de este 2026, para un documental que terminó pareciéndose menos a un reportaje sobre la isla y más a un ajuste de cuentas conmigo mismo.
Nunca pensé que esa crónica, escrita como literatura, envejecería tan rápido convertida en noticia.
El lunes 6 de julio, mientras revisaba esas páginas, Cuba volvió a quedarse completamente a oscuras. Fue el tercer apagón nacional del año y el octavo desde finales del 2024. El Sistema Electroenergético Nacional colapsó a mediodía, y antes de la caída total ya dos terceras partes del país estaban sin corriente.
Once de las dieciséis plantas termoeléctricas del país no funcionaban por averías o mantenimiento. Mientras que la demanda máxima rondaba los 3.100 megavatios, la disponibilidad real apenas llegaba a 935. La aritmética de la miseria, en un solo número: un déficit de 2.165 megavatios que ninguna promesa oficial puede llenar.
Ese apagón no es un accidente. Es la consecuencia directa de una decisión geopolítica que mi crónica apenas alcanzó a rozar porque ocurrió mientras la escribía: la madrugada del 3 de enero, un operativo militar estadounidense capturó a Nicolás Maduro en Caracas y lo trasladó a un tribunal federal en Nueva York, donde enfrenta cargos por narcotráfico.
Con Maduro fuera del poder, el flujo de petróleo venezolano que durante años mantuvo con vida el sistema eléctrico cubano –cerca de cien mil barriles diarios en sus mejores momentos– se cortó casi por completo. Cuba solo produce unos cuarenta mil barriles propios.
El resto, desde enero, ha llegado en cantidades simbólicas: un único petrolero ruso, sancionado por Washington, atracó en marzo con setecientos treinta mil barriles, que alcanzaron para cubrir apenas dos semanas de consumo. El resultado se mide en horas de oscuridad. En La Habana, algunos barrios reciben apenas tres o cuatro horas de electricidad al día; en las provincias del interior, los cortes superan las setenta horas seguidas.
La ONU, a través de su oficina de coordinación humanitaria, advierte de que más de cien mil pacientes cubanos, entre ellos once mil niños, esperan cirugías postergadas por la falta de energía y de insumos médicos. No hay ventilador para enfriar a un adulto mayor con el corazón enfermo. No hay refrigeración para los alimentos ni bombeo confiable de agua.
La economía estatal, paralizada, se contraerá al menos un 6,5% este año, después de una caída acumulada de más del 15% en el último quinquenio. La deuda externa supera los $46.000 millones. El salario promedio no llega a los 6.800 pesos cubanos mensuales, cuando el costo real de vida exige más de 50.000.
Cuba ha perdido un millón y medio de habitantes en cinco años: el éxodo más grande de su historia, mayor que el del Mariel y que cualquier otro que la isla haya vivido en el siglo pasado.
En mi crónica escribí sobre Alicia, una médica que conocí en Varadero hace casi tres décadas, ganando treinta dólares al mes mientras hacía malabares entre la vocación y la supervivencia. Y sobre Odalis, que conocí en enero de este año, haciendo cola frente a una bodega vacía, con una madre de ochenta y dos años y un ventilador que no gira.
Entre una y otra hay treinta años y el mismo país repitiendo su tragedia con nombres distintos. Esa continuidad es, quizás, el dato más elocuente de todos: los grandes acontecimientos geopolíticos –una revolución, un embargo, la caída de un aliado autoritario en Caracas– siempre terminan resolviéndose en los cuerpos concretos de la gente común.
Una fecha para recordar
Este sábado se cumplen cinco años del 11 de julio del 2021, la mayor ola de protestas antigubernamentales registradas en Cuba desde 1959. La coincidencia con el aniversario no es casual ni pasa inadvertida: organizaciones de derechos humanos y medios independientes llevan semanas documentando un repunte de vigilancia sobre activistas, citaciones policiales y restricciones a periodistas, el mismo patrón preventivo de aniversarios anteriores.
El régimen parece haber aprendido que reprimir con demasiada dureza podría darle a Washington el pretexto que busca. Pero tampoco puede dejar de reprimir, porque sin ese control el sistema no se sostiene. Es el miedo al miedo, multiplicado por la desesperación de una población que ya no tiene margen.
Mientras tanto, el gobierno cubano intenta llevar el debate a otro terreno. El canciller Bruno Rodríguez viajó esta semana a Nueva York para pedir ante la Asamblea General de la ONU una sesión especial sobre el impacto del bloqueo estadounidense, acusando a Washington de presionar a otros gobiernos para impedir esa discusión.
El año pasado, una resolución similar recibió 165 votos a favor, apenas siete en contra y doce abstenciones: un respaldo internacional casi unánime a la idea de que el embargo debe terminar. Miguel Díaz-Canel repite, con la misma cadencia de siempre, que Cuba “no agrede: es agredida desde hace 66 años”.
Tiene razón en parte: el embargo es real y sus costos humanos, también. Pero es una verdad a medias, la más peligrosa de todas, porque calla lo que también es cierto: que la isla reexportó parte de aquel petróleo venezolano a mercados asiáticos mientras sus hospitales se quedaban sin luz.
Escribo esto desde Costa Rica, un país que ha construido buena parte de su identidad regional en contraste con esa Cuba que alguna vez fue faro ideológico de media América Latina. No hay ninguna satisfacción posible en ver a un pueblo entero a oscuras.
Lo que hay, para quienes alguna vez miramos hacia la isla buscando algo –una utopía, una advertencia, un espejo– es la obligación de mirar sin filtros lo que efectivamente está ocurriendo: un modelo que se agota al mismo tiempo que se endurece, y una generación de cubanos que sigue pagando, con sus propios cuerpos, la factura de un sueño que otros soñaron por ellos.
El mar, decía yo en esa crónica, no tiene ideología. Sigue rompiendo contra el Malecón, de día y de noche, con luz o sin ella. El muro todavía aguanta. La pregunta que me queda, cinco años después del 11J y seis meses después de la caída de Maduro, es cuánto tiempo más puede aguantar un país entero sin la corriente que necesita para simplemente vivir.
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Juan Pablo Ferrari S. es periodista y consultor.