
La noticia de que el crecimiento de las zonas francas en Costa Rica viene desacelerándose durante los últimos 12 meses debería llevarnos a una reflexión que trascienda el dato coyuntural. No porque las zonas francas hayan dejado de ser uno de los grandes motores de nuestra economía, sino precisamente porque su extraordinario peso en la generación de inversión, exportaciones y empleo nos obliga a preguntarnos cuán preparada está Costa Rica para la siguiente etapa de su desarrollo.
De acuerdo con la información recientemente divulgada, las zonas francas concentraron más del 68% de la inversión extranjera directa (IED) recibida por el país el año pasado. Al mismo tiempo, su ritmo de crecimiento ha venido siendo inferior al registrado un año antes durante los últimos 12 meses. Más que una razón para cuestionar el modelo, este comportamiento debería servirnos para analizar qué hemos construido y, sobre todo, qué necesitamos construir a partir de ahora.
Costa Rica ha tenido un éxito extraordinario en materia de atracción de inversión extranjera y transformación de su estructura productiva. En pocas décadas, pasamos de una economía fuertemente dependiente de productos agrícolas a convertirnos en un importante centro internacional de manufactura avanzada y servicios de alto valor agregado. La producción de dispositivos médicos, los servicios empresariales y otras actividades vinculadas a cadenas globales de valor han adquirido una importancia que habría sido difícil imaginar hace algunas décadas.
La OCDE ha reconocido reiteradamente este proceso como una de las fortalezas de la economía costarricense. En sus diferentes estudios económicos sobre nuestro país ha destacado el papel que han tenido la apertura comercial, la inversión extranjera y la integración internacional en el crecimiento económico, la sofisticación de nuestras exportaciones y la generación de empleo formal.
Por ello, sería un error interpretar la desaceleración de las zonas francas como evidencia de que el modelo ha fracasado o como una razón para cuestionar la política de atracción de inversión extranjera.
El verdadero desafío es otro: Costa Rica necesita pasar de una primera etapa, extraordinariamente exitosa, basada en atraer empresas internacionales y generar una plataforma exportadora competitiva, a una segunda etapa en la que ese éxito tenga un impacto mucho mayor sobre el conjunto de la economía nacional.
Esta preocupación tampoco es nueva. La OCDE viene señalando desde hace varios años la existencia de una brecha importante de productividad entre las empresas integradas a la economía global y una parte significativa del tejido productivo doméstico.
Costa Rica cuenta con empresas multinacionales que operan con niveles de productividad, tecnología y sofisticación comparables con los de las economías más desarrolladas, mientras muchas empresas nacionales, particularmente pequeñas y medianas, continúan enfrentando dificultades para acceder a financiamiento, tecnología, talento, mercados y cadenas de suministro.
Esta dualidad no es necesariamente un problema creado por las zonas francas. Al contrario, refleja en buena medida el éxito que hemos tenido para atraer empresas altamente productivas. El problema es que todavía no hemos conseguido generar suficientes mecanismos para que ese éxito se multiplique dentro de la economía nacional.
Por eso, la discusión sobre las zonas francas debería evolucionar. No deberíamos preguntarnos únicamente cuánta inversión extranjera atraen, cuánto exportan o cuántos empleos generan. También deberíamos preguntarnos cuántas empresas costarricenses se convierten en sus proveedoras, cuánto conocimiento y tecnología se transfiere al país, cuántos trabajadores adquieren nuevas capacidades y cuánto aumenta la productividad de las empresas nacionales como consecuencia de su interacción con estas compañías.
La OCDE ha señalado precisamente la necesidad de fortalecer los encadenamientos entre las empresas multinacionales y las empresas nacionales y de lograr una mayor participación de estas últimas en las cadenas globales de valor.
También ha identificado otros obstáculos conocidos: las brechas de capital humano, la informalidad, las deficiencias de infraestructura, las dificultades para innovar y transferir tecnología y determinadas barreras regulatorias que afectan especialmente a las empresas más pequeñas.
Lo interesante es que muchos de estos diagnósticos no son nuevos. La OCDE viene señalando buena parte de ellos desde hace años. Lo mismo ocurre con estudios del Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial, nuestras universidades y diversos sectores empresariales.
Costa Rica no carece de diagnósticos sobre los problemas que limitan nuestra productividad.
Lo que necesitamos ahora es dar el siguiente paso, consistente en convertir ese conocimiento acumulado en una estrategia capaz de elevar la productividad de toda la economía.
La segunda generación de nuestra política de inversión extranjera no debería tener como único objetivo atraer más empresas. Debería buscar multiplicar el impacto de las empresas que ya hemos logrado atraer. Si una multinacional se instala en Costa Rica, debemos preguntarnos cómo conseguir que más empresas nacionales se conviertan en sus proveedoras, que más trabajadores desarrollen capacidades avanzadas, que más conocimiento permanezca en el país y que surjan nuevos emprendimientos alrededor de esos ecosistemas productivos.
La desaceleración que estamos observando puede ser, por tanto, una buena oportunidad para abrir esta conversación.
No deberíamos reaccionar intentando simplemente recuperar las tasas de crecimiento anteriores. Deberíamos aprovechar la coyuntura para preguntarnos cómo construir una economía en la que el extraordinario nivel de productividad alcanzado por nuestras empresas más competitivas tenga un efecto mucho mayor sobre el resto del país.
Costa Rica no necesita abandonar el modelo que le ha permitido llegar hasta aquí. Necesita profundizarlo y evolucionarlo. Las zonas francas, la inversión extranjera y las exportaciones seguirán siendo elementos fundamentales de nuestra economía. Pero el próximo salto dependerá de nuestra capacidad para conectar ese sector altamente productivo con el resto del aparato productivo nacional.
Después de haber tenido la oportunidad de conocer de cerca el trabajo de la OCDE y sus análisis sobre Costa Rica, una de las conclusiones que más me llama la atención es que muchos de los desafíos que hoy discutimos no son nuevos. Lo que debería ser nuevo es nuestra capacidad para abordarlos de manera coordinada, con metas claras y con una responsabilidad política que trascienda los ciclos ministeriales.
La discusión sobre el futuro de la economía costarricense no debería reducirse a cuánto crecerán las zonas francas el próximo año. La pregunta más importante es cómo lograr que el crecimiento y la productividad de ese sector se conviertan progresivamente en crecimiento y productividad para toda la economía. Ese debería ser uno de los grandes proyectos nacionales de la próxima década.
esoley@ecija.com
Elías Soley Gutiérrez es socio de ECIJA y exembajador de Costa Rica ante la OCDE.