México se ha vuelto un laboratorio abierto y visible de lo que en otros países sucede de manera silente y soterrada. Enfrentado casi en solitario contra la moderna hidra que es el narcotráfico, la administración de ese país sacrifica a parte de su población en una guerra de baja intensidad en términos de acciones bélicas, pero de altísimo costo para la ciudadanía en cuanto a desgaste y dolor. El desangre continuo y el terror a que nos quieren acostumbrar estos crápulas del vicio, sigue sin prisa pero sin pausa: todos con una firma aterradora que certifica su presencia.
Pero el narcotráfico no es solo un problema mexicano, ni probablemente sea México el país donde la producción de estupefacientes sea mayor en el mundo. Lo que sucede allí es que se ha declarado una guerra frontal, según algunos ya perdida, contra el narcotráfico. Una razón dialéctica al problema es que los consumidores en EE. UU., principal e insaciable mercado de todo tipo de drogas, son capaces de pagar en dólares contantes y sonantes cualquier cargamento que logre llegar a sus ciudades.
El ruido enorme de la sociedad mexicana se produce por la fricción entre fuerzas corrompidas por los millones de dólares del negocio, desafiadas por aquellos que no claudican en querer un futuro normal y sano para sus hijos y los de todos. Hay políticos y policías que para arrodillarlos, el narco tendrá que cortarles las piernas, pues no se doblegan ni por miedo ni por dinero. Son la mayoría silente, aunque no lo crean. Recordemos a Alejo Garza.
Penetración política. Hay países latinoamericanos donde el narcotráfico ya ha penetrado las redes de la acción política logrando una peligrosísima cohabitación y un silencio impúdico y cómplice entre políticos, medios de comunicación, empresarios y ONG. Allí no amanecen personas degolladas o ahorcadas en las vías publicas, pues el poder político ya pactó, incluso antes de serlo, con las fuerzas del narco.
El dinero caliente es en esos sitios, la plataforma oficial de inserción en el poder. Un reciente narcotraficante evadido de la justicia venezolana y capturado en Colombia, manifestaba ser capaz de probar cómo mantenía en nómina a casi todo el personal militar del estado donde el vivía y a docenas de militares del Gobierno venezolano. Este sujeto, además, había recibido una concesión oficial para tener una aerolínea privada –existen poquísimas–, que convenientemente usaba no solo para llevar pasajeros, sino alijos de droga.
Eso nos muestra la posibilidad de una fase superior del problema: el narco-Estado. Lugares en donde, sea por conveniencia práctica o meta ideológica (destruir el “Estado burgués” por ejemplo), o sea porque el poder del narcotráfico ya paso de infiltrar a la política para “hacerla” directamente, la resultante es que las fuerzas políticas claudican en representar los intereses de todos por encarnar los de unos pocos que pagan mejor. La metástasis es muy compleja e infiltra sobre todo instituciones oficiales, pero también a medios de comunicación y ONG para que la “reacción” social esté controlada.
Lo único claro del tema es que, como problema, hace tiempo rebasó la capacidad individual de los países, y de una agencia tan dudosa en resultados y tan empantanada en el mismo fango del delito como es la DEA norteamericana. Estamos ante la necesidad de crear una instancia supranacional que coordine en conjunto las labores de inteligencia de cada país, y que posea mecanismos legales específicos para trabajar contra un flagelo dinámico como es el narcotráfico.
Si la OTAN nació para luchar contra el comunismo, podemos crear algo aun mejor. Precisamos leyes supranacionales, jueces blindados, capacidad informática y normas que nos permitan derrotar este flagelo que se nos vende como invencible, pero que por su esencia misma es derrotable. El vicio nunca vencerá a la vida misma, y eso es lo que está en juego. Quedan dos opciones: olvide lo que ha leído, o piénselo. Algo hay que hacer.