
Tuve que acudir al diccionario para confirmar un segundo significado de la palabra “plantón” que, confieso, desconocía. Según yo, plantón era que lo dejaban a uno “plantado”, algo que, por cierto, me ocurría con frecuencia en los años mozos de fiascos y amores fallidos. Pero, ya ven, siempre se aprende y estrené para mí la renovada acepción de plantón con toda pompa, gracias a la jornada cívica del jueves 6 de agosto en la plaza de la Democracia.
Conscientes de los serios problemas que padecemos en los tres poderes de la República, preocupados por las amenazas a la independencia y operatividad del Poder Judicial, con el consecuente aumento de la criminalidad, así como la degradación casi inédita del debate legislativo (salvo poquísimas y honrosísimas excepciones), miles de compatriotas manifestamos nuestro rechazo a la nefasta ola de odio con la que el tufo populista ha conseguido polarizar el país, en contraste con el fervor democrático que, por tradición, nos caracteriza… Donde haya un costarricense, esté donde esté, hay libertad.
Miles de almas nos convertimos en voceros de un clamor que exige un punto de giro en la narrativa del poder que, al autopropinarse “un balazo en el pie”, ha impedido que la presidenta Laura Fernández ejerza su honroso cargo.
Obnubilada por la perniciosa influencia de su principal asesor –un energúmeno que alimenta la mecha bochinchera–, no hemos podido apreciar el liderazgo de la segunda mujer que dirige los destinos de la patria, como anhelamos los verdaderos creyentes en la democracia. Si no votamos por la señora Fernández en las elecciones pasadas, ello no quiere decir que irrespetemos su investidura, pues es la presidenta de todos.
Vuelvo a la plaza. Entre saludos, encuentros con amistades de vieja data, abrazos y selfis, juntos celebramos la jornada democrática más espectacular que yo recuerde. En el umbral de mis 74 años de edad, el feliz acontecimiento me hizo renovar la esperanza de que ticos y ticas bien podríamos rescatar el ejemplo histórico de Calderón Guardia, Mora Valverde y Sanabria Martínez, próceres que, por encima de sus diferencias ideológicas, el 15 de setiembre de 1943, firmaron el acuerdo trascendental de la promulgación del Código de Trabajo y las Garantías Sociales.
Por nuestros hijos, hijas, nietos y nietas, por la juventud que se levanta y se apresta a tomar el timón del país, pedimos a quienes creen que gobernar es insultar, que dejen de profanar nuestra nacionalidad.
Esta es la tierra de Mora y Cañas, del soldado Santamaría, del poeta Debravo, de hombres y mujeres que estuvimos, estamos y estaremos siempre en disposición de acudir al llamado de la Patria. Sugerimos a quienes detentan el poder que se pongan la mano en el corazón y restablezcan los puentes del diálogo que tanto han dinamitado, a ver si las autoridades de los tres poderes logran acuerdos con el ánimo de la concertación. Así, entre todos podríamos reforzar las bases de la institucionalidad que, por supuesto, necesita reparaciones urgentes.
Pleno, alegre, confiado, mientras me alejaba de la plaza después del plantón, me senté en un pretil al costado sur del parque España y observé por varios minutos el puente de la fábrica de licores, como se conoce al primer paso elevado que se construyó en la ciudad capital, entre finales del siglo XIX y principios del XX.
Es un bello paraje citadino que, quizá, “entre el ruido y la prisa”, no apreciamos lo suficiente. Por dicha, al anochecer de ese jueves inolvidable, al sentir la brisa en mi rostro y percibir la suave musicalidad de los bambúes cercanos, contento además por mi primer plantón sin lágrimas, evoqué con gratitud a los abuelos que construyeron “el puente de la fábrica”, un símbolo de nuestra nacionalidad que sigue ahí, pétreo, útil e identitario.
Roberto García H. es periodista y comunicador.
