
El pulso de nuestra época puede percibirse en algo tan cotidiano como una conversación con un chatbot de inteligencia artificial (IA). Le preguntamos qué hacer, qué pensar, cómo resolver un problema o qué decisión tomar. Se esperan respuestas inmediatas que liberen de la exigencia de pensar. Ya no se está para esperar y menos para pensar. Esta es la aspiración de las grandes mayorías.
Detrás de esta aspiración, se encuentra una necesidad ancestral: el deseo de controlar la naturaleza, lo social, lo económico, a las personas y, en general, todo cuanto nos rodea. Se asume que hay respuestas a los problemas que todos estos plantean y que hay una fuente de soluciones: la ciencia, los chamanes, los psicólogos, los adivinos, los políticos y un montón más; entre estos, de reciente data, la inteligencia artificial.
Ahora, socialmente, es casi una prueba absoluta decir que un chatbot de IA, como ChatGPT o Claude, lo ha dicho. Poca gente se atreve a cuestionar una respuesta de esos robots. ¿Cómo podría ser lo contrario? Tienen una capacidad de razonamiento, de procesamiento y de acceso a la información que rebasa la de cualquier ser humano. Y, además, con la IA generativa, una creatividad nunca vista en programas informáticos.
Pero a pesar de la IA y sus respuestas, hay algo que ni siquiera la IA podrá controlar: la incertidumbre y la ansiedad que esto genera.
En Costa Rica, la incertidumbre se nos presenta bajo diversas formas. A veces, como inseguridad ciudadana: todos los días oímos hablar de asesinatos y accidentes graves. No sabemos si llegaremos a formar parte de las estadísticas de esos eventos cotidianos. También se presentan la incertidumbre económica y la desconfianza en las instituciones. Ignoramos si la economía de nuestro país correrá en nuestra dirección, si la CCSS podrá resolver nuestros problemas de salud, si tendremos pensión y si saldremos bien librados de un posible juicio legal.
La presión por obtener respuestas inmediatas, por resolver lo que aún no tiene solución, se ha vuelto parte del aire que respiramos. Se genera así una ansiedad colectiva que se percibe fácilmente en el ambiente e impacta la vida individual de cada uno de nosotros.
Quizá por esto, tres tradiciones separadas por miles de kilómetros y siglos –Eclesiastés, el zen y el taoísmo– terminan encontrándose para darnos una enseñanza que puede llevarnos a sobrellevar la ansiedad que nos produce la incertidumbre en todos los fenómenos sociales, personales y naturales.
Esas tres tradiciones responden, cada una a su manera, a algo muy concreto: nuestra resistencia a lo incierto.
La incertidumbre es una de las dimensiones de la condición humana que más nos aterra. Sin embargo, gran parte de nuestro sufrimiento no proviene de la incertidumbre en sí misma, sino de nuestra resistencia a ella. A esto responde la enseñanza que encontramos en el libro de Eclesiastés (3:1-8). Su célebre inicio: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora” ya nos indica, en general, cómo movernos. A partir de ahí, el texto va recorriendo distintos momentos de la existencia: tiempos de llorar y de reír; tiempos de amar y de perder; tiempos de hablar y de callar.
La enseñanza es sencilla, pero profunda. Cada momento tiene su lugar. El sufrimiento aparece muchas veces cuando intentamos imponer un tiempo sobre otro: hablamos cuando ha llegado el tiempo de callar, retenemos aquello que debe cambiar o apresuramos aquello que solo puede madurar con el paso del tiempo. El zen y el taoísmo se encontrarán precisamente en este punto.
El zen enseña que debemos volver una y otra vez al presente. Es lo único a lo que realmente tenemos acceso. El pasado ya no existe y el futuro aún no ha llegado. Buena parte de nuestra angustia surge cuando intentamos habitar mentalmente aquello que no está aquí.
El taoísmo, por su parte, nos invita a no forzar el curso de las cosas. Su concepto central, wu wei, suele traducirse como “acción sin esfuerzo” o “acción sin forzar”. No significa pasividad, sino actuar de acuerdo con la naturaleza de las cosas en lugar de luchar constantemente contra ella.
De ahí, una de sus imágenes más conocidas: la del río. El agua no se opone al terreno ni intenta imponerle una dirección. Rodea los obstáculos y sigue su curso. Del mismo modo, nuestras vidas poseen ritmos y transformaciones que no siempre podemos controlar. El río no lucha contra su cauce. Nosotros tampoco necesitamos luchar permanentemente contra el curso de los acontecimientos.
Pensemos en ejemplos cotidianos. El envejecimiento, uno de los aspectos más evidentes a partir de cierta edad, tiene su propia dinámica. Otro ejemplo importante son las relaciones personales: amistades, parejas y relaciones laborales. Estas tienen sus ciclos.
En general, la pérdida y el cambio forman parte de la existencia. Cuando intentamos detener aquello que inevitablemente cambia o acelerar aquello que necesita tiempo para madurar, aparece la angustia. Cuando aprendemos a acompañar el curso de las cosas sin renunciar a nuestra acción, aparece una forma distinta de serenidad.
Así, entonces, Eclesiastés nos enseña a reconocer el tiempo de cada cosa; el zen, a habitar el presente, y el taoísmo, a no forzar el curso de los acontecimientos.
Tres tradiciones distintas, pero respuestas complementarias a la obsesión contemporánea por controlar la incertidumbre.
Quizá la sabiduría no consista en eliminar la incertidumbre, sino en aprender a vivir con ella. En reconocer cuándo ha llegado el momento de actuar y cuándo, de esperar. En dejar de luchar contra aquello que inevitablemente cambia y aprender, como el río, a seguir avanzando.
mfreundcr@gmail.com
Max Freund es doctor en Filosofía y profesor de la Universidad de Costa Rica (UCR).