¿Qué significa, realmente, ser un premio cacional en Costa Rica? Esa pregunta ha rondado mi cabeza en estos días, mientras me preparo para asistir este 28 de julio a la Asamblea Legislativa, como integrante del Movimiento Transparencia CR, para dialogar sobre la reforma a la Ley de Premios Nacionales de Cultura.
El Movimiento Transparencia CR nació en el 2025 para denunciar las irregularidades documentadas en los Premios Nacionales Aquileo J. Echeverría 2024. Esos hechos no fueron objeto de un proceso administrativo que permitiera su revisión. Hoy, sin embargo, son reconocidos en documentos oficiales de la Asamblea Legislativa y por el ministro de Cultura, Jorge Rodríguez Vives, quien, durante su comparecencia ante la Comisión de Asuntos Sociales el pasado 1.º de julio, mencionó las filtraciones de resultados, las dobles postulaciones y la idoneidad de los jurados como razones para impulsar la modernización de esta ley.
Tomando en cuenta la resolución institucional de la Euned en un caso de plagio y el reciente antecedente del Centro de Cine, donde un dictamen de la Procuraduría evidenció una adjudicación que no cumplía los requisitos (la adjudicación posteriormente se anuló), el Ministerio de Cultura y Juventud tiene hoy la oportunidad de demostrar el mismo compromiso con la rendición de cuentas, abriendo un proceso administrativo que permita esclarecer las irregularidades documentadas en los Premios Nacionales 2024.
La transparencia es sinónimo de confianza, especialmente cuando hablamos de recursos públicos destinados a la cultura. Y es precisamente esa transparencia la que nos obliga a preguntarnos qué estamos premiando. Más allá del prestigio y del incentivo económico, un premio nacional debería asumir una misión mucho más profunda: generar un impacto duradero en las comunidades y en el país.
Cuando la reforma plantea que las personas ganadoras puedan integrar los jurados de futuras ediciones, considero que esa propuesta merece revisarse con lupa. Aunque busca aprovechar la experiencia de quienes han sido reconocidos, también podría abrir la puerta a círculos cerrados y relaciones de cercanía que afecten la confianza en la imparcialidad de las decisiones.
Yo replantearía esa misión. El mayor aporte de un premio nacional debería ser convertirse en un verdadero embajador de la cultura costarricense: llevar su obra a escuelas, bibliotecas, comunidades rurales, territorios indígenas y espacios públicos; dialogar con niñas, niños, jóvenes y estudiantes universitarios; acercar el arte, la literatura y la investigación a todo el país; y proyectar esas creaciones más allá de nuestras fronteras.
Imagino un país donde el Ministerio de Cultura y Juventud y el Ministerio de Educación Pública trabajen de manera articulada para que las obras premiadas lleguen, según su naturaleza, a los públicos que más puedan aprovecharlas. De esta forma, el Premio Nacional dejaría de ser únicamente un reconocimiento individual para convertirse también en una herramienta que garantice el ejercicio de los derechos culturales: el acceso, la participación y el disfrute de la cultura por parte de todas las personas.
Por eso importa tanto el mérito. Las obras premiadas deben sostenerse en el tiempo, dialogar con distintas generaciones y representar a Costa Rica. Si aspiramos a que estos reconocimientos sean verdaderos referentes culturales, deben surgir de procesos transparentes, imparciales y verificables. Las declaraciones juradas de autoría y originalidad, la prevención de conflictos de interés y la idoneidad de los jurados son mecanismos que protegen el prestigio de un reconocimiento que pertenece a toda la ciudadanía.
El propio ministro ha señalado que los temas que impactan al sector cultural deben discutirse escuchando a todas las partes. Eso es lo que buscamos con nuestra visita de este 28 de julio a la Asamblea Legislativa. Para que haya una transformación real debe prevalecer el espíritu colectivo y la participación ciudadana. Quizá la pregunta nunca fue quién merece un Premio Nacional. La verdadera pregunta es qué esperamos de un Premio Nacional. Si aspiramos a que sea el máximo reconocimiento cultural del país, no basta con premiar una obra; debemos darle la oportunidad de encontrarse con la ciudadanía, dialogar con ella y contribuir a transformar la vida cultural de Costa Rica.
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Paola Valverde Alier es poeta y gestora cultural.