
Definitivamente, ya no hablamos como antes. Si bien el “pura vida” y el “mae” siguen siendo los reyes indiscutibles de nuestra identidad, hoy las dinámicas sociales, laborales y comerciales de la Gran Área Metropolitana y nuestras costas se mueven a un ritmo que se escribe en dos idiomas a la vez. Estamos perdiendo la batalla contra el spanglish y, peor aún, contra el tuteo: las nuevas generaciones ya no saben hablar de vos.
Empecemos por las redes sociales, donde los algoritmos dictan la pauta. Es ahí donde algún/a “patas vueltas” –perdón, influencer– se pone a rajar con su outfit perfecto para el fin de semana. Por supuesto, el ritual debe incluir el makeup tutorial. Si uno continúa haciendo scroll, de fijo se va a encontrar con alguna fiesta de gender reveal de una pareja de conocidos, seguido de una story con el save the date de su boda. Después, otro “creador de contenido” hace el unboxing del último chunche o chuica que se ha convertido en el nuevo must-have de la temporada.
¡Ah! Y si al influencer en cuestión le da hambre, se va a meter a algún restaurante a pedir comida gratis, creyendo que realmente la merece mientras presume sus miles de seguidores en TikTok.
Y, bueno, si uno quiere gastar buena plata consintiendo el paladar, es cuestión de ir a barrio Escalante a un gastropub, gastrobar, restó o taller gastronómico. ¡Dios guarde ir a meterse a una soda! El embarrijo que hacíamos antes comiendo pollo ahora debe llamarse finger food. Ya no hay casado con bistec; ahora se llama bowl y, por supuesto, debe estar hecho con ingredientes orgánicos y artesanales (el huevo se puede comer solo si viene de gallinas no estresadas).
Además, tenemos que buscar alternativas especializadas para esos güilas que, en buen tico, llamábamos “milindres”, “cuilmas” o “culindingos” para comer, pero que sus padres complacientes denominan picky eaters.
Todo esto ocurre en un ambiente tremendamente pet-friendly, donde los perros tienen casi tanto protagonismo como el mismo foodie que fotografía su plato antes de darle el primer mordisco. Por supuesto, los zaguates estarán en redes sociales debidamente etiquetados como “sus hijos”.
En el oeste de Chepe, los jóvenes profesionales trabajan desde un espacio de coworking, esperando el momento de conectarse a un webinar donde participará un reconocido speaker internacional. Su objetivo es claro: definir la estrategia para llegar a su target y lanzar una atractiva invite digital para un meeting que dispare los números de su marca en la región. Claro, en el mundo digital hay que ser impecable para evitar que los usuarios comiencen a tirarle hate ante cualquier error.
Por otra parte, ya uno no puede ir a buscar una casa. Ahora le venden a uno un moderno loft en el corazón de la ciudad, un elegante flat de una sola planta en una torre exclusiva o un amplio townhouse familiar en el “emirato” de Lindora, justo al lado de la “República Independiente de Escazú”.
Exacto: los agentes de bienes raíces saben que la clave del éxito está en vender un estilo de vida que incluya la cercanía a un buen spot para ir a tomar fotos para las stories del Insta o la facilidad de tener una zona segura de drop-off si se tienen que bajar del carro.
¿Recuerdan cuando la gente “se jalaba” a la playa con los compas? Ahora no se dice así. Ahora, hay que chatear con el crew para que se apunten a la fiesta.
Doble puntaje si uno se puede ir con el lance –perdón, el crush–. Y si es una despedida de soltera, la novia debe llevar un rótulo gigante que diga “Bride to be”.
Créanme que no tuve que hacer un giveaway para poder escribir estas líneas. ¡Si ese hubiera sido el escenario, de fijo me invento una rifa!
aarley@medicos.cr
Andrés Arley Vargas es médico urólogo y presidente de la Asociación Costarricense de Cirugía Urológica.
