
Algunas noches, cuando me quedaba a dormir en casa de mi abuela materna, ella me recitaba un poema. Lo hacía de memoria, sin titubear. A veces empezábamos juntas y, sin darme cuenta, su voz seguía sola, con una cadencia que parecía venir de otro tiempo: “Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar; yo siento en el alma una alondra cantar: tu acento. Margarita, te voy a contar un cuento.”
Al escuchar esos versos, yo me convertía en Margarita, como tantas niñas. Viajaba a palacios fantásticos, junto a rebaños de elefantes, y observaba un rey cubierto con un manto de tisú bajo un quiosco de malaquita. Pensaba entonces en los quioscos de nuestros parques –los que a menudo estaban deshabitados– y trataba de imaginar cómo sería uno hecho de ese material que sonaba tan bonito. ¿Qué era la malaquita? ¿De qué estaba hecho aquello que solo existía en la poesía?
Rubén Darío escribió el poema de mi infancia en 1908 para una niña real, Margarita Debayle, hija de amigos suyos en Nicaragua. Era ya el gran modernista hispanoamericano, viajero y lector de simbolistas franceses, fascinado por el color y la música del lenguaje. La malaquita pertenece a ese universo modernista: materiales raros, minerales brillantes, palabras que primero suenan y luego significan. En Darío, la piedra no es materia geológica, sino poética.
Cuando inicié mis estudios en la universidad, descubrí que la malaquita es aún más hermosa de lo que había imaginado. Es un mineral verde, recorrido por vetas concéntricas que alternan tonos claros y oscuros. Es un carbonato básico de cobre que se forma cuando el cobre se altera y reacciona con oxígeno, agua y dióxido de carbono. Ese proceso se aprecia en pátinas verdosas –o cardenillo– en piezas de bronce, como las manijas de las puertas antiguas.
En Costa Rica, el cobre aparece de forma discreta en la naturaleza, en vetas pequeñas y mineralizaciones. Se le encuentra sobre todo en el sur del país, vinculado a la cordillera de Talamanca, asociado a sistemas hidrotermales antiguos relacionados con vulcanismo ya extinguido. No tenemos yacimientos ni distritos mineros de escala industrial, como los que se explotan en Chile y Perú.
Hace unas semanas, algunos colegas y amigos visitamos una mineralización de cobre en cerro Boruca, cerca del cerro de la Muerte, explorada en los años sesenta y setenta, pero nunca explotada.
La excursión comenzó con un pinto con huevo en la soda de doña Damaris –condición indispensable para cualquier aventura geológica– y continuó con Magaly, su hija, guiándonos por un trillo empinado que no parecía muy convencido de ser camino. Entre raíces traicioneras y piedras sueltas que se movían bajo nuestros pies, llegamos a la boca de la “mina”, bastante más modesta de lo que la palabra promete. Era apenas una pequeña abertura en la roca, pero suficiente para imaginar historias de búsqueda, entusiasmo y desilusión.
Para quienes apreciamos los minerales nacionales, el lugar es un pequeño tesoro. Recogimos fragmentos de roca con malaquita, azurita, calcopirita alterada y otros minerales que no prometen riqueza, pero sí asombro. Si la malaquita recuerda follajes densos, la azurita parece un fragmento de cielo atrapado en la roca. A veces crecen juntas, dibujando combinaciones que ningún diseñador podría imaginar.
Pienso entonces que tal vez eso intuía Darío al mencionar la malaquita en un poema para niñas. Que hay piedras que no necesitan explicación técnica para ser valiosas. Que ciertos minerales –como ciertos versos– importan no por lo que se puede extraer de ellos, sino por lo que nos enseñan. Darío no escribe desde arriba, sino a la altura de Margarita. Le ofrece un mundo más grande.
Y quizá por eso, cuando recuerdo a mi abuela recitando en la penumbra, entiendo que el verdadero quiosco de malaquita no estaba en un palacio imaginario ni en una mina de Talamanca. Estaba en su voz, en esa manera de nombrar el mundo y volverlo más brillante, más amplio.
Ella no sabía de carbonatos ni de reacciones químicas, pero me enseñó algo que la geología confirmaría después: que la materia guarda historias y que el asombro es una forma de conocimiento.
La malaquita sigue ahí, verde y antigua, recordándome que quien nos enseña a nombrar el mundo también nos enseña a habitarlo de otra forma.
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Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.
