Andrzej Baranski. 13 marzo

La semana pasada fue una experiencia positiva para la democracia costarricense. Independientemente del bando político al que se pertenezca, debemos aplaudir la iniciativa de ambos candidatos a la segunda ronda electoral por buscar alianzas con diferentes partidos.

La mayoría de la población no votó por ninguno de ellos en la primera vuelta y, sin mucho especular, ambos estaban muy abajo en el ranquin de preferencia de los votantes del centro del espectro político. Fue gratificante que hayan prestado atención a algunas de las demandas del electorado huérfano.

Inmoral es aferrarse intransigentemente a dogmas e ideologías con tal de satisfacer los caprichos personales

Sin embargo, tras el anuncio de un equipo económico y adhesiones de otros partidos para Fabricio Alvarado, los contrincantes políticos inmediatamente salieron a desprestigiar sus esfuerzos con calificativos peyorativos y frases propias del análisis callejero que se da en las redes sociales. Rodolfo Piza y otras figuras políticas importantes dieron su adhesión a Carlos Alvarado y también fueron objeto de insultos de la misma índole.

¿Por qué nos cuesta tanto ver el lado positivo de estas dinámicas políticas? ¿Acaso no se trata de eso la democracia? Quien quiera un sistema que únicamente impone las preferencias propias, sin considerar las de los demás sectores, no entiende la vocación democrática. Para lo primero, son los regímenes autocráticos y dictatoriales. En estos sistemas, la oposición se reduce, oprime, elimina o se alinea por miedo, de modo que el grupo hegemónico no tiene rival interno visible.

Negociación continua. La democracia es una negociación continua, un intercambio de votos, una dame hoy y te pago mañana; ninguna de esas dinámicas son inmorales, como lo han querido presentar quienes no comprenden la naturaleza de un sistema democrático.

Obtener un puesto político con el fin de avanzar una agenda conjunta no es un acto de corrupción. Inmoral es aferrarse intransigentemente a dogmas e ideologías con tal de satisfacer los caprichos personales, de modo que se prefiera el estancamiento por encima del avance de una agenda nacional.

La Costa Rica de hoy es una sociedad diversa en sus credos, valores y cosmovisiones y, por ello, la institucionalidad del país —sean leyes, programas públicos o instituciones físicas— debe responder a esta diversidad.

No hay mayor prueba para las democracias que enfrentar la aparente fragmentación social, pues los dogmatismos suelen ser el refugio de las masas y los líderes políticos se ven tentados a exacerbarlos, ofreciendo opio político del que ya se ha tenido suficiente.

Gracias a nuestra desmilitarización no veremos un conflicto armado, pero si no maduramos como democracia, estaremos condenados a la ingobernabilidad.

Validación. En este proceso de maduración como sociedad democrática, nos corresponde a los ciudadanos promover y validar el proceso de formación de alianzas políticas como una virtud del sistema. Incluso si es nuestro partido el que está en el poder, tenemos la responsabilidad cívica de exigirle que involucre a los demás sectores de la sociedad para construir políticas duraderas que prevengan la polarización. Desde esta perspectiva, solamente una visión a largo plazo del quehacer democrático de la mano de nuestra identidad pacifista nos podría reubicar en la senda de la cooperación política que perdimos hace años.

A manera conclusiva, tomando prestado un estribillo del estadio que pareciera ser nuestro punto de unidad nacional: ¡Sí se puede, vamos, Costa Rica!

El autor es economista.