María del Pilar Baeza Montes de Oca. 14 febrero

Después de meditarlo varios días, y habiendo dejado de figurar en los medios hace más de 12 años, siento el deber y el compromiso de volver a hacerlo para unirme a la campaña #yotambién (#MeToo, en inglés) que se ha venido desarrollando en Costa Rica.

Soy una persona prudente y cuidadosa, y en esta oportunidad permitiré que me acompañen esas cualidades para levantar mi voz con un no al silencio, a la violencia contra la mujer, al maltrato, al abuso y a la vergüenza que cargamos sin ser culpables.

No a los altos políticos o empresarios que creen que, por ocupar altos puestos, pueden jugar con nuestra dignidad.

Un sí a la dignidad de la mujer, porque esta no puede ser obligada por ningún poder, precio, leyes o contactos para callar la verdad. Quiero dejar claro que no quiero dinero, ni figurar, solo unirme a las mujeres que con valentía compartieron su vivencia.

Este es un relato desagradable; sin embargo, decidí contarlo para levantar la voz por otras mujeres quienes, como yo, han callado y ahogado episodios que violan nuestra dignidad y autoestima.

¿Por qué hasta ahora lo cuento? Por la mismas razones que, reiteradamente, se han escuchado: vergüenza, miedo, inseguridad, represalias, cierre de oportunidades laborales e incluso demandas por difamación.

Quiero unirme al grito de las mujeres que han sufrido acoso sexual por parte del expresidente y premio nobel de la paz, Óscar Arias Sánchez.

La invitación. Hace 10 años, una amiga periodista me invitó a conocer a un caballero que, supuestamente, había manifestado su deseo de conocerme, según ella.

Le pregunté a quién se refería y me dijo que era una sorpresa, pero que era un hombre brillante e interesante, y ella propuso que fuéramos a un restaurante en Rohrmoser a tomar algo con él.

La recogí en mi vehículo justo a 100 metros del restaurante. Ya en el carro me informó de que él no había podido acudir al lugar. Entonces me dijo: “Vamos a ir a su casa, seguí derecho”.

Continuamos hasta llegar a la casa de Óscar Arias Sánchez y ahí me dijo: “Es aquí, es Óscar Arias quien quiere conocerte”.

Yo me declaré decepcionada. Recuerdo haberle manifestado: “¡Ay nooooo!, ¡qué pereza!”. Francamente fue una sorpresa por varias razones que a mí me pareció desafortunada. Entonces, me respondió: “Por eso no quería decirte quién era, pero date la oportunidad de conocerlo”.

Accedí y luego entramos a la casa donde nos recibió amablemente. Después de pasarnos, nos dio un recorrido por su oficina, donde estuvimos un rato mientras nos mostraba sus títulos, fotografías y reconocimientos.

Al principio, en efecto, el rato fue muy ameno y los tres bebimos vino y comimos algunos bocadillos sentados en la sala de esa casa.

Sola. En determinado momento, me levanté para ir al baño y, a mi regreso, me encontré con la sorpresa de que mi acompañante anunció que se iba porque, supuestamente, su esposo iba a pasar por ella.

Insistió en que me quedara, lo cual me sorprendió porque en ningún momento esa era la idea. Sin embargo, siendo una mujer adulta y dueña de mis decisiones, decidí quedarme un rato más por educación, pero jamás me habría imaginado lo que iba a pasar.

Seguimos conversando los dos, y de pronto, simplemente, se lanzó a tocarme los senos. Yo me lo quité de encima y le dije: “¿Qué le pasa?". Él me respondió: “No me diga que no quiere que la toque”.

“Pues no quiero”, le respondí en tono fuerte. Yo estaba furiosa y muy sorprendida. Me levanté del sofá.

Él permaneció sentado y empezó a desabrocharse el pantalón hasta mostrarme su miembro, y entonces me manifestó: “Pilar, usted pasa la noche conmigo, estamos solos y el mayordomo tampoco está; la casa está con llave y no se puede ir”.

Le respondí: “Mire, don Óscar, tengo entendido que usted es un caballero y yo soy una dama, así que por favor me abre ya la puerta de su casa porque ya me voy”, recuerdo haberle gritado.

Vida marcada. Luego empecé a caminar hacia la puerta y Arias me siguió. No le quedó otro remedio que abrirme al verme tan furiosa. Subí a mi carro y salí profundamente perturbada, muy enojada y decepcionada.

Este es un relato desagradable; sin embargo, decidí contarlo para levantar la voz por otras mujeres quienes, como yo, han callado y ahogado episodios que violan nuestra dignidad y autoestima.

Esta declaración que hago hoy será la única y no me referiré más a esa desagradable vivencia.

A pesar de ser una mujer madura y serena, aquello marcó mi vida con un silencio eterno que hasta ahora, y dada la divulgación de otros testimonios, he podido compartir.

Reitero: no quiero dinero, ni figurar. Deseo gritar “no al abuso, a la violencia, al maltrato” y más bien levantar la dignidad de la mujer, y dejar, así, este legado a mi generación. Escribo esto con mi hija, nietas, hermanas y amigas en mi mente y en mi corazón.

Lamento profundamente que Óscar Arias, con toda su inteligencia, maneje de una forma tan despreciable las relaciones entre hombre y mujer.

La autora es empresaria en bienes raíces.

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