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Para darle la vuelta al MEP

Desarrollar capacidades para la vida y la productividad de los estudiantes está supeditado a hacer el mismo trabajo con la fuerza docente

Mi querido amigo y compañero de luchas cívicas Alberto Borbón describe en su artículo “Démosle la vuelta al MEP” (Opinión, 17 de diciembre del 2021) una parte crucial de lo que debería ser el sistema de gestión del desempeño para la meritocracia en la institución neurálgica de la educación pública: el MEP.

De forma precisa explicó que el sistema debe estar enfocado en el “cliente”, es decir, el estudiante, en este caso; y para ello es fundamental asegurarse de que la fuerza docente tenga el desempeño necesario en las aulas y haya mecanismos adecuados de evaluación.

Especialmente una organización de servicios, como lo es una institución educativa, debe fundamentarse en un sistema centrado en el empleado. Tal como explican los profesores James L. Heskett y Thomas O. Jones en el artículo “Poner a trabajar la cadena de utilidades en servicios”, publicado en 1994 en la Harvard Business Review, “la cadena de utilidades en servicios establece relaciones entre la rentabilidad, la lealtad del cliente, la satisfacción, la lealtad y la productividad del empleado”.

La satisfacción del cliente es directamente proporcional a la satisfacción del colaborador. En gerencia de capital humano sabemos que el desempeño de una fuerza laboral depende de tres ejes: las habilidades de las personas, sus conocimientos y su motivación para hacer el trabajo. De manera que, en las nuevas economías (del conocimiento, digitales, etc.), poner al cliente en el centro comienza por colocar a los trabajadores en ese punto.

Regresando al MEP, emplearíamos la misma fórmula: el éxito en las aulas depende de profesores que cuenten con conocimientos, recursos y motivación para acompañar a cada uno de sus estudiantes en su propio viaje de aprendizaje y desarrollo. Desarrollar las capacidades para la vida y la productividad de los estudiantes está supeditado a hacer el mismo trabajo con la fuerza docente.

Para transformar esta gran institución para las nuevas economías y la sociedad de la Internet se necesita una estrategia que es esencialmente un proceso de transformación digital de tres componentes: 1) gente y cultura; 2) infraestructura; y 3) modelo pedagógico.

La transformación digital es esencialmente un proceso de revolución cultural. La apropiación de las tecnologías digitales en educación (y en todo campo) comienza con el cambio hacia sistemas modernos basados en la nube y plataformas colaborativas, lo cual requiere un nuevo diseño de gobernanza de datos, inversiones en nuevas tecnologías y reentrenamiento de las personas.

Precisa, además, el abordaje correcto de las resistencias al cambio (normales, humanas). De esa forma se construyen organizaciones donde la integración tecnológica es una realidad de la cultura interna, donde hay autogestión del desempeño, basada en datos y aprendizaje constante.

Es necesario un proceso de desarrollo de infraestructura física y digital. La red de centros educativos es un bien público valiosísimo con el que contamos y debe ser una prioridad el preservarlo. Que cada comunidad cuente con centros educativos que sean espacios de conocimiento, de encuentro y colaboración.

Con un enfoque de descentralización y mediante alianzas público-privadas, es posible desarrollar un plan para que cada comunidad tenga un centro educativo con conectividad de punta, energía limpia autosostenible y ambientes colaborativos de aprendizaje, investigación y colaboración.

La educación de nuestros tiempos debe desarrollar a las personas para la felicidad, la productividad y la convivencia ciudadana. La memorización de conocimientos y la acumulación de credenciales académicas son un modelo obsoleto en la sociedad digital, por ende, es necesario comenzar un reajuste del modelo pedagógico que, invariablemente, incluye el reentrenamiento de la fuerza docente, además de reformas de los procesos de selección del talento.

Las reformas institucionales se llevan a cabo con su gente. Requieren liderazgo enérgico, pero empático. Las rutas deben ser creadas de forma integral y participativa; la ejecución demanda acompañamiento, monitoreo, prueba y error, y, principalmente, escuchar para avanzar en la transformación de un sistema que es columna vertebral de la sociedad que queremos y podemos construir juntos.

solecheverria@gmail.com

La autora es sicóloga, empresaria y profesora universitaria.

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