
Ya hace un mes de las elecciones, pero en la calle se sigue respirando una sensación de polarización: el oficialismo frente a la oposición, los ricos frente a los pobres, la GAM frente a las costas. Más que diferencias puntuales, parece una nueva forma de ver el país: en bandos, como si el “otro” fuera un adversario permanente, no un costarricense más.
Lo más inquietante es que esta lógica no solo organiza cómo discutimos, sino cómo sentimos la política. Cada vez nos percibimos más parecidos dentro del “nosotros” y más alejados de “los otros”, y la democracia, que debería ser el espacio para procesar diferencias, empieza a parecerse a un estadio: importa que gane mi equipo y me alegra la vida que pierda el otro.
En este contexto, vale la pena observar con cuidado el abstencionismo. Muchas veces, la interpretación es que, si bajó la abstención, la democracia “mejoró”, porque la gente volvió a las urnas. Sin embargo, publicaciones como la de Kolczynska (2024) plantean una perspectiva alternativa: al revisar estudios comparados sobre elecciones en múltiples países, la autora encuentra que la polarización puede movilizar el voto no necesariamente por civismo, sino por temor a que ganen “los otros”. Es decir: se vota más, sí, pero a veces por rechazo, por antagonismo, por identidad negativa.
Esto no es un detalle menor. Si la participación electoral aumenta porque las personas sienten que el país se juega en una confrontación existencial (“si ganan ellos, perdemos nosotros”), entonces no estamos ante una ciudadanía más cívica, sino ante una ciudadanía más polarizada.
Costa Rica no es ajena a estas dinámicas, y no solo por la discusión política del momento, sino por cambios profundos en el tejido social: desigualdad, tensiones territoriales, deterioro de confianza institucional, y una sensación persistente de que “el Estado no llega igual a todos los lugares”.
Cuando una parte del país siente que lleva décadas esperando infraestructura, empleo, servicios o seguridad, el llamado a “defender la democracia” puede sonar abstracto y hasta ajeno.
En ese terreno fértil, la polarización no necesita una ideología sofisticada: le basta con un relato simple. “Nosotros” somos quienes trabajan de verdad; “ellos”, los que se aprovechan. “Nosotros” somos quienes entienden el país real; “ellos”, quienes viven en una burbuja. La política se vuelve así una disputa de pertenencia.
Es preocupante hacia dónde nos puede llevar este discurso. Porque cuando el “ellos vs. nosotros” se vuelve dominante, la posibilidad de diálogo se reduce. Y, con menos diálogo, aumenta la tentación de resolver diferencias por fuerza simbólica, por humillación del adversario, por “ganar” en lugar de “convencer”. Se normaliza la idea de que el otro no es alguien con quien se negocia, sino alguien a quien se derrota.
La metáfora del fútbol lo resume con crudeza: “La primera cosa que me hace feliz es ver ganar a Saprissa; la segunda, ver perder a la Liga”.
En política está ocurriendo algo parecido: a veces, el entusiasmo no viene de apoyar un proyecto colectivo, sino de ver caer al otro. Cuando eso pasa, el debate público se degrada: importa menos la evidencia, importan más los símbolos; importa menos la política pública, importan más las etiquetas.
No quiero idealizar un país sin conflicto. Costa Rica siempre ha tenido tensiones sociales, económicas y territoriales. El problema no es la diferencia, sino cuando esta se convierte en identidad rígida y el adversario, en enemigo.
¿Adónde nos lleva todo esto? A ser un país más frágil, menos capaz de encontrar soluciones.
No tengo una solución simple, pero sí una convicción: urge recuperar la idea de comunidad política. Volver a discutir sobre los problemas concretos: empleo, seguridad, educación, salud, desigualdad territorial, sin convertir cada conversación en una confrontación de bandos.
felipe.carreracerdas@gmail.com
Felipe Carrera Cerdas es economista con formación en Econometría y docente en la Universidad de Costa Rica (UCR).