
Costa Rica afronta una amenaza que no ocupa portadas ni genera confrontaciones abiertas, pero que erosiona con constancia los pilares de su democracia: el abstencionismo. No es solo la ausencia física en las urnas; es la normalización de una actitud peligrosa que sostiene que votar no vale la pena porque “todo sigue igual”.
Ese argumento, repetido hasta el cansancio, se ha convertido en una coartada cómoda para la inacción ciudadana. El abstencionismo no es una forma de protesta ni un acto de rebeldía cívica; es, en esencia, una renuncia. Una renuncia al derecho conquistado, al deber democrático y, sobre todo, a la responsabilidad que implica participar en la toma de decisiones colectivas.
La democracia no se sostiene únicamente en instituciones fuertes, sino en ciudadanos activos. Cuando amplios sectores optan por marginarse del proceso electoral, el sistema no se corrige: se debilita. El silencio en las urnas no castiga al poder; lo concentra. Reduce la legitimidad de los gobiernos electos y amplifica la influencia de minorías organizadas que sí comprenden el valor del voto.
Resulta especialmente contradictorio que quienes se abstienen sean, con frecuencia, los más severos críticos del rumbo del país. Se cuestiona al Ejecutivo, se desacredita a la Asamblea Legislativa, se condena a las instituciones, pero se elude el compromiso mínimo que habilita esa crítica: la participación. Exigir resultados sin involucrarse en el proceso no es indignación cívica; es inconsecuencia.
Votar no garantiza gobiernos eficientes ni decisiones acertadas. Ninguna democracia puede ofrecer esa certeza. Pero abstenerse sí garantiza algo: que otros decidan. La indiferencia no es neutral; tiene efectos concretos y medibles. Cada elección marcada por la apatía reduce la capacidad de corrección democrática y abre espacio a liderazgos menos representativos, menos responsables y menos fiscalizados.
Costa Rica no enfrenta únicamente una crisis de confianza en la política; enfrenta una crisis de compromiso ciudadano. Y esa crisis no se resuelve con discursos ni con quejas posteriores al resultado electoral.
La democracia no se debilita solo por malas decisiones desde el poder, sino también por la renuncia ciudadana a participar y hacerse responsable de sus consecuencias.
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Joice Loría Vega es educadora.