Leo y oigo a menudo que el español –subrayo español– es la tercera lengua del mundo por el número de hablantes; y resulta casi provocativo que alguien se acuerde hoy del castellano, como hace esta nota, cuando aún parece abierta la disputa sobre el papel de ambos idiomas.
¿Existirá un pacto de no remover el avispero?, ¿ambos idiomas son equivalentes?, ¿o todo es una simple moda, un fenómeno de los caprichosos multimedios, el turismo, Internet? Hum… no viene mal aquí darse una vueltita por la historia.
Alfonso el Sabio, rey de Castilla, fue quien tiró la primera piedra en el siglo XII al afirmar que a lo largo de la península ibérica se hablaba una lengua que los pueblos entendían y que desde entonces se llamó castellano. Tres siglos más tarde, en 1496, Antonio de Nebrija publicó su Gramática castellana, la primera de una lengua moderna.
Y como si se anticipara a cualquier embrollo por venir, Andrés Bello, acreditado lingüista venezolano, tituló su obra principal con una necesaria aclaración: Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, en la que explica que “se llama lengua castellana (y con menos propiedad española) la que se habla en Castilla y que con las armas y las leyes de los castellanos pasó a América y hoy es el idioma común de los Estados hispanoamericanos”.
En 1978, por obra y gracia de la democratización de España después de la muerte del dictador Francisco Franco, la cuestión quedó congelada: “El castellano es la lengua española oficial del Estado”, rubricó la mismísima Constitución (artículo 3.1).
Marca España. El forcejeo, entonces, pareció haber llegado a su fin tras la sentencia. Pero qué extraño, de golpe un espejismo muy caballeroso emergió bajo las formas de memorandos de entendimiento y otras variaciones, al punto de que un día la pauta del feriado de los 12 de octubre se denominó, al cabo de fatigosas erratas, Encuentro de las Culturas: cuánta distancia entre la amigable sonrisa del sujeto bueno-conocido y el ceñudo Día de la Raza que se estilaba antes, ¿no?
Detrás de la foto, la España rica y primermundista de Felipe González nos imponía a los tataranietos de los súbditos americanos de su exreino de 200 años atrás, el mandato de que nosotros debíamos recordar el V centenario de la llegada de Colón al Nuevo Mundo como si se tratara de un manso hecho doméstico… y todos felices.
Pero esto es fachada, la marca España, un boleto que todavía no compramos y que suena exitoso… pero que atenta contra nuestra identidad cultural. Las tres cosas.
Lengua y negocios. Sería demasiado ingenuo suponer que los protagonistas de tamaños acontecimientos no advierten que la lengua de uso diario ofrece una oportunidad global única y que es un medio, el instrumento clave de los grandes negocios, teniendo en cuenta que Latinoamérica es un mercado increíble para España (once veces mayor en habitantes y consumidores, algo más de 500 millones de personas).
De aquí parte, sin duda, la avanzada lingüística española, visible a través de las figuras de académicos y lobbystas interesados en explorar las posibilidades ciertas de “la internacionalización del español”, un tema infalible de cada Congreso de la Lengua Española.
Menos visible, más discreto, es el apoyo de las empresas –Repsol, Telefónica, Iberia–, interesadas de por sí en trasnacionalizar la economía y acceder así a un mercado potencial de límites todavía no dibujados, aunque muy generosos.
Incluir la palabra castellano en este contexto sería diez veces anticlimático. Los negocios con la lengua tienen su código de seda o de hierro, aunque código al fin.
Creo que esto responde a la pregunta de por qué se omite la mención del castellano, mientras la voz español resuena en la aldea global y también hace lo suyo.
Existe un instituto que opera en las universidades más prestigiosas de América Latina: Siele, sigla del Servicio Internacional de Evaluación de la Lengua Española, encargado de realizar los exámenes de acreditación universal de la lengua; ¿y a qué no adivinan a quién le acaban de otorgar la plataforma digital para tomar los próximos exámenes?
¿Se dan por vencidos?: ¡A Telefónica de España!
El autor es escritor.