
Cuando llueve en descampado, muchas cosas pasan con el agua que cae del cielo como parte del ciclo hidrológico, pero ese no es el tema que trataremos. La mayor parte de esa agua se escurre rápidamente por la superficie, se concentra en cauces y forma quebradas, torrentes y ríos que, en cuestión de pocos días, descargan las aguas hacia el mar donde el ciclo se reinicia.
Otra parte es evapotranspirada por la vegetación, y dependiendo del tipo de cobertura vegetal –pastos, charrales, cultivos o bosques– así será la cantidad de agua que rápidamente regresa a la atmósfera en forma de nubes desde donde vuelve, una y otra vez, a ser parte del aparentemente eterno retorno borgiano de las aguas.
La fracción más pequeña de la lluvia que cae sobre los montes se infiltra, percola lentamente dentro del suelo, satura las partes más superficiales, y cuando esto sucede, parte de ella es devuelta a la escorrentía sin cumplir su sueño de ser alguna vez agua subterránea.
La pequeña fracción de lluvia que al fin logra penetrar dentro del suelo, se topa a poca profundidad con horizontes de baja permeabilidad, capas de roca o suelos menos permeables que en la superficie, y entonces, una parte logra seguir percolando hacia niveles más profundos por acción de la gravedad, llena poros y fracturas, y continúa penetrando lentamente.
Cuando logra alcanzar zonas profundas saturadas, fluye gradiente abajo, lenta pero inexorablemente, a veces durante decenas o miles de años, hasta que en algún lugar vuelve a la superficie, brota a raudales, o es sacada a la fuerza por las bombas de los pozos. Esta es la verdadera agua subterránea, el agua que satura los acuíferos profundos, el agua de la que dependemos no solo para vivir, sino para vivir una vida sana.
Pero la ínfima porción del agua que no pudo infiltrar profundamente, que solo llegó a los estratos menos permeables, que no tuvo más remedio que fluir gradiente abajo, en forma casi paralela a la superficie, a poca profundidad, fluye ladera abajo hasta que encuentra algún sitio donde la erosión excavó una cárcava o la propia escorrentía produjo depresiones en el terreno, y es ahí en donde estas aguas salen a la superficie, discretamente, a chorritos, como lágrimas, como llanto que lamenta su pobre destino.
Estas no son aguas subterráneas; estas aguas no provienen de acuíferos, ellas lloran en el monte por no haber logrado su mejor destino: convertirse en acuíferos profundos.
Pero he aquí que siempre aparece un salvador, un funcionario que maquilla el pobre origen del llanto de los montes, y haciendo valer su condición de autoridad de aguas, califica las lágrimas de monte como verdaderos manantiales. Sí, las honra confiriéndoles dignidades que no les corresponden y las declara manantiales, con sus coronas reales de zonas de protección de la cobertura vegetal.
Bien por las aguas que así disimulan su llanto y el lamento de no ser lo que querían. Pero mal por los demás mortales, que ante el falso orgullo de los lloraderos del monte, ven injustamente afectos sus derechos de uso por una falsa denominación que, en todo caso, tiene la relación de causa y efecto invertida.
La vegetación protege en cierta forma a las lágrimas de monte, pero para los verdaderos manantiales, los reales, los que sí lo son, aquellos cuyas aguas se infiltraron hace cientos de años y a decenas de kilómetros de su afloramiento, aplica aquello de que no es que haya agua porque hay vegetación, sino que hay vegetación porque hay agua, agua lejana, agua que nada tiene que ver con el lugar en donde surge. Ninguna planta, árbol o maleza produce por sí sola agua subterránea ni de ningún tipo. Más bien es donde el agua subterránea brota en superficie que puede crecer la vegetación que de ella se nutre.
Esto puede sonar a cuento, pero es la realidad. Por error, muchas personas califican de manantiales a las lágrimas del monte.
Roberto Protti Quesada es geólogo.