
Cuando era niña, en el jardín de mi casa en Tres Ríos, había una piedra colocada en un punto elevado, casi como una pequeña escultura. Era un bloque angular, más bien tosco, salvo por la superficie superior, lisa y moldeada por años de cuchillos y machetes.
La piedra estaba junto a un tubo de agua, para poder mojarla. Cada cierto tiempo, el jardinero se acercaba a afilar y yo le pedía a mi mamá que me dejara llevarle los cuchillos. No eran los cuchillos lo que me interesaba: quería escuchar.
Hay sonidos que se quedan guardados en la memoria. El del metal sobre la piedra húmeda era terroso, resbaladizo y repetitivo. Piedra, agua, metal, una y otra vez.
Aquella piedra se llamaba molejón o mollejón. Eso era todo lo que yo sabía.
Muchos años después descubrí que aquel molejón correspondía a las areniscas de la Formación Coris: rocas sedimentarias que afloran en Coris, Patarrá, Tablazo y los cerros de la Carpintera. Ricas en cuarzo, un mineral duro y resistente al desgaste, su superficie es áspera, “como felpudo de chapas”.
En la arenisca, los diminutos granos de cuarzo forman una superficie abrasiva: al deslizar sobre ellos una hoja de acero, desgastan el metal y rehacen el filo. El agua limpia la superficie. Aquel sonido que tanto me gustaba era, en realidad, la música de millones de granos trabajando.
Amolar significa sacar filo contra la piedra. Viene de muela: la que tritura y desgasta. Pero el molejón dejó una huella todavía más curiosa: un nombre en el paisaje.
En 1913, el naturalista Anastasio Alfaro escribió en el Boletín de Fomento que las “rocas de molejón” aparecían abundantemente “en el camino de las amoladeras”, al suroeste de la Carpintera, en Patarrá y en Higuito.
El nombre del camino es hermoso porque convierte una tarea cotidiana en geografía. No sabemos exactamente por dónde pasaba; hay un par de trazados posibles y el nombre parece haberse perdido con el tiempo. Los caminos se desvían, quedan bajo el asfalto o se los va tragando la montaña.
Los cuchillos y el camino de las amoladeras pertenecen apenas al capítulo más reciente de la historia del molejón. Porque antes de ser piedra, el molejón fue arena.
Las rocas de Coris conservan las señales de aquel origen: granos redondeados, laminaciones y huellas de organismos. Los geólogos reconocemos en algunas de ellas ambientes de aguas poco profundas, donde olas, corrientes y tormentas removían el fondo. En otros sectores, la materia vegetal quedó preservada incluso en capas de lignito, un carbón mineral.
Esos granos fueron, hace más de 11 millones de años, arena de una costa del Mioceno. Mucho antes de rozarse contra los cuchillos, se habían rozado entre sí bajo las olas.
En un texto previo de Letra Libre, publicado el 16 de agosto pasado, conté que las calizas de Patarrá conservan rastros del mar tropical que alguna vez ocupó esta región. Coris guarda otra parte de aquel paisaje: costas de arena, aguas poco profundas y sectores donde se acumulaba materia vegetal.
Sobre una de esas areniscas quedó la impresión fósil de una hoja. El coleccionista de rocas Luis Alejandro Gamboa la encontró en Patarrá hace unos cuatro años. Una fotografía del fósil muestra que la hoja quedó impresa en las dos caras de un bloque que se abrió justo por donde había quedado enterrada.
Sobre una superficie áspera y perfecta para desgastar, se preservó el delicado contorno de una hoja e incluso parte de sus venas. Algo poco común en una playa agitada por las olas. Un grupo de científicos estudió recientemente el fósil y encontró un notable parecido con la uva de playa o papaturro, aunque no hay información suficiente para asignarlo a ese género.
Años después de encontrarlo en Patarrá, lo llevó a una feria de minerales, donde fue premiado como “Mejor Fósil Nacional” y llamó la atención de especialistas.
Hace algunas semanas, pude verlo en casa de Luis Alejandro. Desde niño recoge piedras y minerales e intenta averiguar de dónde vienen y qué cuentan. Al día siguiente de mi visita, el fósil salió de su pequeño museo doméstico rumbo al Museo Nacional, donde quedará preservado para futuras generaciones.
Como Luis Alejandro y algunos otros aficionados a las rocas y minerales, yo también me acerqué a las areniscas mucho antes de saber cómo se llamaban.
Primero, vino la curiosidad y mucho tiempo después llegaron el cuarzo, el Mioceno y la Formación Coris. Todo había empezado en un jardín con música. La de un cuchillo rozando un molejón mojado.
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Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.
