
Hace algunas noches, vinieron varios amigos a cenar a la casa. Hubo conversación larga, música, varias botellas de vino y una musaka, ese plato griego que se construye por capas y que, a diferencia de las rocas, tarda horas en formarse y minutos en desaparecer.
Al llegar, uno de ellos me entregó un pequeño paquete. Lo abrí de inmediato. Era una piedra. La levanté hacia la luz casi por reflejo. La giré tratando de adivinar de dónde venía y qué historia guardaba. Mis amigos sonrieron: ya conocen el efecto que estos regalos tienen sobre mí.
La historia de la piedra no tardó en revelarse. Era un fragmento de caliza gris azulada de Patarrá, con el fósil de un molusco bivalvo perfectamente conservado.
El resto de la noche permaneció sobre la mesa, pasando de mano en mano entre una conversación y otra. Las preguntas no tardaron en aparecer. Sin que nadie se lo propusiera, aquel fósil, de más de diez millones de años, terminó convirtiéndose en el invitado más popular de la cena.
No era la primera vez que una roca de Patarrá encontraba un lugar en mi casa. Hace muchos años, durante una gira universitaria a una cantera, recogí un bloque de esas calizas. Era más grande de lo que la prudencia aconsejaba cargar, pero los geólogos tenemos siempre una relación optimista con el peso de las piedras.
Durante años, ocupó un rincón de la casa hasta que desapareció. Seguramente, terminó en buenas manos, como ocurre con los buenos libros.
Dentro de un par de semanas regresaré a esa cantera con un pequeño grupo de amigos. Luis Alejandro, pariente de sus propietarios, nos permitirá recorrerla. Caminaremos despacio, observaremos y dejaremos que las rocas nos hablen.
Aquella misma noche, cuando ya todos se habían ido y la casa recuperó el silencio, abrí algunos artículos científicos. Quería recordar la edad de aquellas calizas, reconstruir el ambiente donde se habían formado, volver a leer una historia que había estudiado mucho tiempo antes y que, sin embargo, seguía produciéndome el mismo asombro.
Hace millones de años, durante el Mioceno, no había barrios, carreteras ni cafetales donde hoy se ubica Patarrá. El territorio que llegaría a convertirse en Costa Rica formaba parte de un grupo de islas volcánicas. El Istmo centroamericano todavía no existía como lo conocemos y el Caribe y el Pacífico seguían comunicándose libremente. Eso es lo que hoy podemos reconstruir a partir de las rocas.
En torno a aquellas islas se extendían mares tropicales, cálidos y poco profundos, de aguas muy limpias. La luz alcanzaba fácilmente el fondo y favorecía una extraordinaria abundancia de vida. Entre algas calcáreas prosperaban moluscos de todas las formas. Muchos eran bivalvos, animales de cuerpo blando protegidos por dos conchas, como las almejas actuales. Algunas de aquellas especies desaparecieron; otras todavía tienen parientes vivos en nuestros mares.
Al morir, sus conchas comenzaron a acumularse sobre el fondo marino y fueron formando espesos depósitos de carbonato de calcio hasta que el tiempo, la presión y la química de la Tierra terminaron convirtiéndolos en roca.
Así, las calizas de Patarrá son, literalmente, el fondo de un mar antiguo.
Mientras el arco volcánico continuaba evolucionando, las fuerzas tectónicas plegaron y levantaron aquellas capas marinas. El fondo de aquel mar terminó convertido en montaña.
Cada fósil encontrado en esas calizas es una pequeña prueba de esa transformación. No habla únicamente de un animal que existió. Habla de un país completamente distinto.
Lo que me gusta de los fósiles es que nos obligan a desconfiar de la aparente permanencia de los paisajes. Nos recuerdan que los continentes se desplazan, los océanos desaparecen, las cordilleras se levantan y el mundo cambia a una velocidad que la vida humana no alcanza a percibir.
Muy cerca de mi casa, en el parque de los Pinos de Pinares, hay un pequeño muro revestido precisamente con estas calizas. Sospecho que quienes las colocaron buscaban simplemente una piedra bonita. Sin embargo, basta acercarse para descubrir conchas fosilizadas incrustadas en la roca.
Cada vez que camino por ahí disminuyo el paso. El muro señala el límite del parque y ayuda a sostener el terreno. Además, me recuerda que, bajo nuestros pies, todavía puede encontrarse el fondo de un mar antiguo. Un mar que volvió.
emma.tristan@icloud.com
Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.
