Antonio Barrios Oviedo. 15 abril

Decía Orwell que la guerra es la guerra, y el único ser humano bueno es el que ha muerto. Los ataques a Siria sobre supuestas instalaciones de armas químicas en nada cambian el curso de la guerra porque no son objetivos vitales del gobierno de Bashar al-Asad.

La guerra en Siria empezó siendo en el 2011 una guerra convencional que fue mutando en los últimos dos años hacia una guerra de guerrillas centrada en la recuperación de ciudades menores, pero vitales para el control del territorio por parte de Asad.

Desde que los rebeldes perdieron Alepo y, por lo tanto, el apoyo de varios países, no ha mermado el hecho de que muchos hayan metido mano en un conflicto donde Arabia Saudita e Irán chocan por la guerra siria y yemení; Israel e Irán por el programa nuclear y la influencia chií en Irak y Siria y sus alcances en Líbano; Turquía y EE. UU. por el apoyo de la Casa Blanca a los kurdos sirios; Francia por su lógica histórica de colonización en Siria y por haber bombardeado Libia en el 2011; el Reino Unido y sus desavenencias con la Unión Europea, fortaleciendo su alianza histórica con EE. UU.; Rusia y su puerto naval de Tartus y la base aérea de Latakia; Israel y Siria para que Damasco desista de los altos del Golán: todos tienen intereses geográficos, políticos, religiosos, históricos o militares.

Cuando vemos Libia e Irak, cabe preguntarse sobre Siria, una nación desgarrada por la guerra. No se ha visto beligerancia de Europa o EE. UU. sobre las acciones de Turquía en Afrin y la muerte de kurdos sirios. ¿Será que indisponer a Erdogan por ser miembro de la OTAN no conviene a los intereses europeos?

¿Quién lanzó los ataques químicos contra la población siria? Solo porque la inteligencia británica, estadounidense o cualquier otra dijeran que fue el régimen de Asad, entonces ¿hay que creerles? Tan creíble como las armas de destrucción masiva en Irak. Muchos son los adversarios de Asad, y harán lo que sea para lograr su caída.

En esta guerra tan caótica ha circulado todo tipo de armamento; desde lo convencional hasta posiblemente químico y biológico, hoy es de fácil portación.

Intereses. Los intereses definen las guerras y cada país se embarca en la guerra que puede aguantar y ganar. Aunque los desastres en Irak y Libia apuntan a lo contrario. Siria ya está encaminada a eso si cae en manos de los rebeldes.

A 100 años de Sykes-Picot, Europa ha perdido control sobre el Oriente Próximo y hoy, por las características geográficas de Siria, cuatro poderes beligerantes: Irán, Arabia Saudita, Turquía e Israel compiten de diversa forma en una mutación constante de relaciones disímiles, según como se desarrollan los eventos, con sus pares regionales o extrarregionales. Empero, el factor ruso trastocó el curso de la guerra en Siria como elemento de disuasión y apoyo a Asad, no así para enfrentarse a EE. UU. porque el armamento ruso en Siria es muy limitado.

Rusia puede luchar más contra EE. UU. en el Báltico, en Ucrania, en el mar Negro, en el Cáucaso, en Asia central y el Lejano Oriente; pero no puede hacerlo en el Oriente Próximo por los activos militares del Pentágono estacionados en la región. Tampoco debe descartarse la conveniencia de los ataques de Occidente para probar la efectividad del escudo antimisiles ruso-sirio en un escenario de guerra real sustentada en una pantomima humanitaria.

Debilidades. Rusia es débil en el Oriente Próximo y debe adoptar tácticas débiles, por lo tanto debe enfocarse únicamente en el objetivo de la guerra siria; pensar estratégicamente y abandonar las oportunidades de posibles victorias tácticas porque la menor derrota infringida siempre humilla al más poderoso, aunque Moscú corre el riesgo de que regrese con más fuerza y un plan de guerra más ambicioso. Eso es lo que deben evitar.

Trump no piensa derrocar al gobierno sirio ni invadir territorios bajo su control, sino solo atacar y zarpar. Esto debería ser muy fácil para los rusos: simplemente absorber los golpes y luego volver al objetivo de ganar la guerra siria.

Armas químicas. Con el problema de las armas químicas, ¿de cuál línea roja se habla? No se trata de colores. De lo que debería hablarse es de la línea de la decencia en una cruenta guerra siria donde muchos son los responsables y demasiadas las víctimas civiles.

Condenar sin pruebas contundentes es la peor forma de justicia, esa visión absolutista deja en total descrédito cualquier acción militar y en lo ético y moral, ni se diga, aún más cuando los ataques no fueron aprobados por la ONU.

El deseo de poder del que participan muchas naciones, cada una procurando mantener o destruir el orden establecido, conduce por necesidad a la configuración de lo que se ha llamado el equilibrio de poder, decía Morgenthau.

En el libro de geopolítica Is There the Middle East? (¿Existe un Medio Oriente?[en inglés Medio Oriente equivale a Oriente Próximo en español]), sea así o no, esta región siempre ha estado sumida en esa reingeniería siniestra de actores voraces donde lo humanitario nunca ha sido relevante. Como bien decía Orwell, “no se trata de ganar la guerra, sino de que esta sea constante”.

Antonio Barrios Oviedo es profesor invitado en la Universidad Internacional de Erbil, Kurdistán, Irak.