
Un individuo busca sus llaves bajo un farol. Otro se acerca y le pregunta dónde las perdió. “Junto a la puerta de mi casa”, responde. “¿Y por qué las busca aquí?”, insiste el recién llegado. “Porque aquí hay más luz”, responde el hombre.
El chiste es antiguo, pero describe con inquietante precisión lo que hoy ocurre en muchas universidades. Desde el grado hasta el posgrado, se constata una creciente resistencia de los estudiantes a la lectura analítica y profunda. Frente al problema, la reacción institucional es encender más luces: más bibliografía, más páginas por semana y más exhortaciones al “rigor académico”. Sin embargo, las llaves siguen sin aparecer.
En la desazón se condensa una de las ilusiones más persistentes: creer que los problemas complejos se resuelven intensificando aquello que ya sabemos hacer. Frente a la resistencia al ejercicio lector, se añaden más textos; frente a la dificultad, más exigencia formal; frente al desconcierto, más páginas. Se aumenta la potencia del farol, aunque las llaves se hayan perdido en otro sitio.
El error es estructural. Recordemos que la lectura profunda no es natural, no es espontánea y no es universal. Es una práctica cultural exigente, hoy debilitada por un ecosistema visual y acelerado, pero aún recuperable bajo ciertas condiciones.
La dificultad con el procesamiento textual sostenido no es, como a veces se afirma con ligereza, resultado de pereza intelectual o falta de compromiso. Es la consecuencia de trayectorias educativas desarrolladas en la sociedad de la imagen, la fragmentación informacional y la economía de la atención, donde la relación prolongada con lo escrito dejó de ser una práctica cotidiana y fue reemplazada por consumos breves, visuales y discontinuos.
Sin embargo, en lugar de intervenir sobre esas condiciones –cognitivas, afectivas y pedagógicas–, la universidad insiste en reforzar el lugar que mejor conoce: el texto académico como requisito, como filtro, como prueba de pertenencia.
Así, se busca donde hay más luz, no donde realmente se perdió el hábito. Seguimos operando como si la lectura profunda fuera una condición de entrada incuestionable. Se asume, por ejemplo, que quien llega al posgrado ya es lector, cuando en realidad la interpretación rigurosa de textos se ha convertido en una competencia avanzada, costosa y frágil, que ya no emerge espontáneamente.
Aquí conviene decirlo con claridad: el problema no se resuelve “motivando a leer” ni apelando a la nostalgia ilustrada. La intención romántica de “recuperar el placer por la lectura” no hace más que aumentar la iluminación bajo el farol.
De ahí que el camino no sea exigir más textos, sino rediseñar su lugar en la experiencia pedagógica. En esta línea, desde los microtextos de alta densidad conceptual hasta la reeducación del cuerpo lector, existen al menos siete dispositivos que restituyen agencia al lector adulto. Claro está, el dominio de estos dispositivos por parte de los profesores es crucial.
La lectura no se recupera como hábito moral, sino como tecnología cognitiva. No como obligación, sino como recurso. Cuando el estudiante descubre que leer le permite ver lo que antes no veía, resolver un problema real, cuestionar una intuición inicial o ampliar un marco de decisión, la resistencia disminuye. No porque ame súbitamente los textos, sino porque reconoce su valor funcional para pensar mejor.
Seguir iluminando el farol no traerá de vuelta las llaves. Hoy luchamos por sostener la capacidad de formar pensamiento complejo en un mundo que ya no favorece la lectura, pero que la necesita más que nunca.
La universidad debe ir hacia el lugar donde realmente se perdió esa capacidad (la relación afectiva con el texto, las condiciones atencionales, el sentido mismo de leer) y atreverse a buscar en la oscuridad: en las condiciones reales en que hoy se forma la atención, se construye el sentido y se decide qué vale la pena leer.
De lo contrario, corremos el riesgo de defender con entusiasmo una práctica central del pensamiento crítico mientras diseñamos instituciones cada vez menos capaces de producirla.
Las llaves no están perdidas para siempre. Simplemente no están donde insistimos en buscarlas.
enrique.margery@steameditions.com
Enrique Margery Bertoglia es educador.