En medio de la tan cuestionada discusión sociopolítica sobre el financiamiento de la educación superior en Costa Rica, el movimiento estudiantil enfrenta una de sus problemáticas más grandes en la historia: debe replantear seriamente su método de lucha social o correr el riesgo de caer en la irrelevancia ante la ciudadanía.
A lo largo de los años, el FEES ha sido percibido por muchos sectores como un gasto excesivo y ajeno a las necesidades actuales del país. Esta narrativa ha calado en una parte de la población, no necesariamente por convicción propia, sino por la ausencia de líderes estudiantiles capaces de articular discursos sólidos, coherentes y creíbles sobre el tema.
Ante esta realidad, surge una pregunta inevitable: ¿hemos sabido defender lo que representamos? O, incluso, ¿es esto lo que debería reflejar la lucha universitaria?
Defender el presupuesto de las universidades públicas no puede seguir reduciéndose a consignas vacías o a confrontaciones estériles. Con el paso de los años, ese enfoque solo ha contribuido a deteriorar la imagen del movimiento estudiantil.
Propongo algo más ambicioso –y que no implica ningún costo–: una lucha basada en el diálogo, sustentada en argumentos claros y evidencia, pero, sobre todo, en el respeto y la comunicación. Una lucha que conecte con el país.
Como estudiante, resulta doloroso constatar que luchas que nacieron bajo causas nobles hoy sean percibidas como caprichos de un grupo selecto de la ciudadanía. El FEES no es, ni debe ser, un privilegio: es una inversión fundamental para la movilidad social, el desarrollo, la investigación y la empleabilidad.
Sin embargo, toda inversión exige responsabilidad y rendición de cuentas. No estamos en posición de exigir confianza en el financiamiento de la educación pública si evitamos reconocer el problema del mal uso de los recursos. Defender el fondo implica también garantizar que cada colón se invierta realmente en beneficio de los estudiantes.
Es indispensable contar con mecanismos efectivos de comunicación y rendición de cuentas entre las universidades y la población. Deben señalarse, sin filtros ni temor, las ineficiencias, los abusos y cualquier forma de corrupción o irregularidad dentro del sistema universitario. La crítica, para ser legítima, debe ser bilateral.
Me gusta pensar que las luchas verdaderamente transformadoras no son las que hacen más ruido, sino las más honestas. Son aquellas que no temen señalar incoherencias, vengan de donde vengan.
Hoy más que nunca, los estudiantes debemos asumir una posición política en el sentido más profundo del término: representar con claridad a nuestras instituciones, explicar el uso de los recursos y ganarnos la confianza de la ciudadanía a partir de resultados concretos.
Es crucial salir de nuestras burbujas universitarias y volver a hablarle al país real, ese que existe más allá de los límites del pretil. Debemos acercarnos a una ciudadanía que hoy observa con recelo al movimiento estudiantil, porque percibe distancia e indiferencia.
Más allá de los revanchismos políticos, el verdadero desafío es reconstruir un vínculo perdido entre las universidades y la sociedad. Y eso no se logra con discursos incendiarios ni con actitudes desafiantes, sino demostrando, con hechos y palabras, el poder transformador de la educación pública: ese que cambia vidas, comunidades y familias.
En honor a las luchas históricas –como las que enfrentaron el Combo del ICE o el caso Alcoa–, el movimiento estudiantil debe despertar, unirse, descentralizarse y, sobre todo, volver a ser un referente para los profesionales del país.
Porque, si no somos capaces de defendernos con valentía y honestidad, otros lo harán por nosotros… y no necesariamente en nuestro favor.
Hagamos respetar ese jardín de girasoles que soñaron Facio y Calderón: un proyecto que construye patria.
sanvaralonso@gmail.com
José Alonso Sánchez Vargas es estudiante de la Universidad de Costa Rica.