
Ella vino de una tierra cercana en el mapa, pero distante en lo que a la paz concierne. Huía de la intolerancia, de la pobreza, de la muerte no natural y del dolor de haber perdido a uno de sus retoños.
Soñaba con encontrar en el Valle Central un techo, una cobija, un plato de comida, un trabajo y un clima más pacífico que el que la había obligado a abandonar el país donde abrió los ojos por primera vez.
Trajo consigo a sus hijas y algo de equipaje: lo justo para recomenzar una vida que había sido injusta, llena de carencias materiales y algunas afectivas. A pesar de esto, la férrea voluntad de amar con que había nacido supo imponerse siempre para protegerla de las pesadillas del pasado, que aparecían de tanto en tanto con la intención de turbar su apacible espíritu.
De niña, no tuvo juguetes: no había tiempo ni dinero para eso. Pero tuvo una madre que, con afecto, le enseñó a jugar con lo que hubiera a mano. Así se divertía moldeando figuritas de masa que el comal transformaba en alimento. Sin saberlo, comenzaba a aprender el oficio que, con los años, le depararía techo, cobija, comida… y muchos afectos, porque en su sonrisa habitaba esa escasa magia que despierta empatía.
El destino –a veces generoso– la puso frente a mí una mañana de los años 90. Ella era un maravilloso regalo que se multiplicaba en cada desayuno, almuerzo o cena. Cocinaba con amor, y ese sentimiento sazonaba cada uno de los platillos que preparaba. Más magia.
Trabajó en casa de mi mamá y mi papá. Ahí halló elogios y afectos, porque a través de la comida y de su simpatía todos fuimos felices, ella también. Así dejó de ser una servidora para ocupar un sitio especial en el corazón de la familia.
Siempre noté una devoción particular hacia mí. Mis parientes también la percibían. Era evidente, aunque inexplicable. Lo fue por mucho tiempo… hasta que supimos la razón. Yo compartía nombre con su único hijo varón, muerto trágicamente en un asalto, asesinado por unos lentes Ray Ban que había comprado con el fruto de su trabajo.
El recuerdo de aquel Alfredo era tan intenso, tan vivo, que uno de sus nietos recibió el mismo apelativo. Más que un homenaje, era quizá un intento por reescribir el destino. Pero la fatalidad volvió a interponerse: falleció siendo un niño.
La muerte de un ser amado siempre nubla la mente. Nadie está del todo preparado para esa despedida. Tengo un mapa repleto de vacíos a propósito de la defunción de mi padre. El alivio ayuda a recordar y completar esa geografía del dolor, aguda pero indispensable para aprender a seguir aquí. Cierro los ojos y vuelvo a ver, como en una película, el momento más desgarrador: cuando mi hermano y yo depositamos su féretro en la tumba. Creo que el alma reside en el pecho, porque aquel día lo sentí estallar en mil pedazos. Ella, que conocía estos abismos, corrió a sostenerme, a acompañar mi llanto, tan incontenible que quizá solo se asemejaba al primero, el que solté al nacer.
Motivo de alegrías, compañera en el sufrimiento. El tiempo es cruel; nos arrastra hacia proyectos superficiales, rutinas absurdas y afectos inmerecidos. Nos vamos haciendo viejos y con la edad, un poco sabios, más perceptivos. Desde hace meses, su nombre ronda mi memoria, despertando en mí un deseo de verla, abrazarla y volver a agradecerle tanta felicidad. Se lo conté a mi hermana Emilia, quien prometió averiguar su dirección.
Poco después supe que el encuentro no sería posible. Leonor se ha ido. Murió casi al mismo tiempo en que comencé a evocarla. ¡Me he regañado a mí mismo tanto por este descuido! Siempre debemos seguir el camino que nos señalan los impulsos, porque nada es casualidad.
Espero que Leonor haya logrado hacer de esta tierra la suya; de mi nombre, un motivo para recordar con ternura a su hijo y a su nieto; y de la eternidad, un remanso iluminado por la fuerza resplandeciente de su sonrisa. Deja su estela: una lección de amor inmensa y perdurable en quienes la tuvimos cerca.
A mí solo me queda compartir estas palabras como un abrazo, un intento de hermanarme con otras personas que, como yo, siguen apostando al afecto, sin importar que a veces el amor se transforme en dolor o duelo. A fin de cuentas, nos provoca sentirnos humanos.
Adiós, querida y noble Leonor. Siempre estarás presente en esa exclusiva película en la que somos protagonistas, y en la que me enseñás a querer vivir, y a vivir queriendo.
algonzalezcr@yahoo.ie
Alfredo González es escritor.