
Hay momentos en que un país necesita volver la mirada hacia quienes caminaron antes. No por nostalgia, sino para recordar de dónde vienen las libertades que hoy consideramos nuestras y cuánto costó conquistarlas.
Las mujeres tenemos una memoria larga. Una memoria que no siempre aparece con suficiente fuerza en los libros de historia, pero que atraviesa las grandes transformaciones de Costa Rica. Antes de que pudiéramos votar, ocupar cargos públicos, entrar plenamente a las universidades o ejercer profesiones que nos estuvieron vedadas, hubo mujeres que abrieron caminos cuando casi todos estaban cerrados y levantaron la voz cuando a las mujeres se nos pedía silencio.
Pancha Carrasco desafió los límites impuestos y participó en la Campaña Nacional de 1856-1857. Su memoria recuerda algo que durante demasiado tiempo fue relegado en los relatos oficiales: las mujeres también estuvimos allí cuando fue necesario defender la libertad, la soberanía y la patria.
Carmen Lyra hizo de su palabra una forma de rebeldía y mantuvo un profundo compromiso con la justicia social. Luisa González, maestra y luchadora, defendió la educación pública y los derechos de las personas trabajadoras. Ángela Acuña, sufragista y primera mujer abogada de Costa Rica, abrió caminos para que las mujeres fuéramos reconocidas como ciudadanas plenas.
Yolanda Oreamuno, irreverente y lúcida, nos recuerda que ninguna democracia puede vivir sin pensamiento crítico y sin voces capaces de incomodar. Chavela Vargas desafió las normas de su tiempo y convirtió la libertad en una manera de vivir.
Pero la memoria de las mujeres costarricenses no pertenece solamente a los espacios urbanos ni a los nombres que lograron entrar en los libros. Desde Talamanca nos llega otra memoria.
Adela Gonzales, lideresa bribri, se plantó frente a la maquinaria petrolera para defender la tierra de sus ancestras y el territorio de su pueblo. Aquella resistencia comunitaria logró frenar la explotación petrolera y defendió algo mucho más profundo que un paisaje: la relación entre territorio, cultura, memoria y vida.
Recuerdo también a Cristina Zeledón. Primero, desde el Grupo Soberanía, y después caminando junto a las comunidades en la lucha contra la explotación petrolera, Cristina comprendió que defender la tierra era defender la vida. Quizá por eso las tortugas carey desovan en su mágica Caracola.
Junto a ellas están las lideresas indígenas y las mujeres de nuestros pueblos originarios, guardianas de la tierra, de las semillas, de la memoria y de culturas que existían mucho antes de que Costa Rica tuviera ese nombre.
Y están las miles de mujeres anónimas: las que nunca pronunciaron discursos ni ocuparon cargos públicos; las que trabajaron en las casas, los hospitales, las fábricas, las escuelas, las comunidades y los territorios. Las que organizaron, cuidaron, enseñaron, protestaron y resistieron. Sus nombres quizá no quedaron escritos, pero sus vidas también sostuvieron este país.
Recordarlas importa porque la democracia no nació ayer. Fue construida durante generaciones por mujeres y hombres que defendieron el voto, la educación pública, las garantías sociales, las libertades y la paz. Una democracia que necesita instituciones capaces de poner límites al poder y una ciudadanía dispuesta a defenderlas.
La democracia tampoco consiste únicamente en depositar una papeleta en una urna. Es poder hablar sin miedo, respetar a quien piensa diferente, defender la libertad de expresión y los derechos humanos. Costa Rica decidió, además, abolir el ejército y confiar su futuro a la educación, al derecho y a sus instituciones. Esa paz también forma parte de la herencia que recibimos.
Por eso necesitamos a nuestras ancestras. No como figuras inmóviles del pasado, sino como una memoria viva capaz de interrogarnos en el presente.
Pancha, Carmen, Luisa, Ángela, Yolanda, Chavela, Adela, Cristina y tantas otras nos recuerdan que los derechos pueden conquistarse, pero también pueden perderse; que ninguna libertad está asegurada para siempre y que cada generación recibe la responsabilidad de cuidar aquello que otras tardaron décadas, incluso siglos, en alcanzar.
Las mujeres estuvieron allí: en las luchas sociales, en la defensa de la educación, en la conquista de la ciudadanía, en los territorios, en la cultura, en la defensa de la soberanía y en la construcción cotidiana de la paz.
Y seguimos. Porque no hay democracia ni transformación social posible sin la participación activa de las mujeres.
Las ancestras están aquí. Caminan con nosotras en esta plaza de la Democracia.
yolabertozzi@gmail.com
Yolanda Bertozzi es abogada y activista.
