
Caminamos todo el tiempo: caminan quienes madrugan para abrir una panadería y quienes regresan a pie después de perder el último autobús; caminan los turistas entre calles desconocidas y los aventureros que recorren los senderos del bosque; caminamos por trabajo, por salud o por costumbre, casi siempre para llegar a algún lugar, aunque a veces nos demoramos en el camino.
Caminamos y cada paso es un acuerdo silencioso entre decenas de movimientos que ocurren al mismo tiempo. Tal vez lo más asombroso de caminar consista precisamente en eso: en que una coordinación extraordinaria entre el equilibrio, la respiración, la mirada, los músculos y las articulaciones nos parezca tan natural que la olvidamos.
La palabra caminar también camina cada vez que se aleja del sentido literal. Caminamos hacia un vínculo más cercano cuando decimos que una relación “va caminando”. Caminan los proyectos, aun cuando avanzan lentamente. Los relojes caminan, como decían los abuelos. Los rumores caminan más rápido que las personas e incluso las ideas parecen caminar dentro de nosotros antes de convertirse en una frase.
Caminar es una de las acciones más antiguas de nuestra especie. Antes de inventar ciudades, fronteras o calendarios, caminábamos. Antes de aprender a escribir, recorríamos montañas, llanuras y desiertos. Quizá por eso caminar produce la sensación extraña de regresar a una versión antigua de nosotros mismos. Mientras el automóvil nos transporta y el avión nos desplaza, caminar nos obliga a habitar cada metro del recorrido.
Ahí está la diferencia entre viajar y caminar. El viaje borra el trayecto para privilegiar el destino. Caminar hace exactamente lo contrario: le devuelve grosor al espacio. Obliga a sentir el viento, la lluvia y el peso del propio cuerpo. Cada kilómetro deja de ser una distancia y vuelve a convertirse en experiencia.
Durante los últimos días, cientos de miles de personas han caminado hasta la basílica de Los Ángeles, en Cartago. Algunos recorrieron pocos kilómetros y otros atravesaron provincias enteras. Muchos lo hicieron para cumplir una promesa, agradecer un favor recibido o pedir uno nuevo. Durante algunas horas, en un espectáculo que siempre me resulta conmovedor, las calles recobraron su escala humana.
Los romeros actualizan una historia que acompaña a nuestra especie desde hace miles de años. Encarnan a los caminantes que poblaron continentes, a los nómadas que siguieron el curso de los ríos, a los comerciantes que atravesaron montañas, a los exiliados, a los exploradores y a los migrantes.
Toda caminata contiene, en miniatura, una historia de la humanidad.
Hace varios años, mientras dirigía un videoclip para el tema musical Nómada, del grupo Amarillo, Cian y Magenta, descubrí que me interesaban más los caminantes que los lugares. De alguna forma, en ese rodaje, la ciudad existía porque alguien la caminaba.
El protagonista del videoclip era un limpiabotas que recorría San José ofreciendo su trabajo, pero, con el paso del tiempo, comprendí que el verdadero protagonista era la multitud: hombres y mujeres que iban de un lugar a otro sin detenerse.
Años más tarde, las fotografías de Federico Ríos sobre los migrantes venezolanos que cruzaban el tapón del Darién terminaron de darle profundidad a esa impresión. En esas imágenes, los cuerpos avanzaban cubiertos de barro, agotados, convertidos en parte del espacio que intentaban atravesar. Caminar era para ellos una necesidad absoluta.
Del impacto que me produjeron esas imágenes nació un díptico fotográfico titulado Caminar, en el que un árbol pequeño resiste el viento y una sombra avanza a pesar del cansancio. Ambos hablan, en el fondo, de lo mismo: de seguir cuando detenerse ya no es una posibilidad.
Caminar es la más antigua de nuestras formas de movernos por el mundo y quizá también una de las pocas que todavía conserva intacta la memoria de quienes fuimos. Cada paso pone en movimiento el cuerpo, pero también una historia compartida desde hace miles de años.
Tal vez por eso me conmueven las imágenes de la romería. No solamente por su dimensión religiosa, sino porque, durante unos días, cientos de miles de personas nos recuerdan que, antes de ser creyentes, turistas, ciudadanos o consumidores, fuimos cuerpos que avanzaban juntos.
Hay quienes llegan a Cartago descalzos o con los zapatos sucios y quienes llegan a una frontera cubiertos de barro. Las razones son distintas, pero todos avanzan porque, en algún momento, emprendieron el camino.
jurgenurena@yahoo.com
Jurgen Ureña es cineasta.
