
Llamar “medicinas” a los plaguicidas sugiere que se trata de insumos terapéuticos, diseñados para sanar. Sin embargo, a diferencia de los medicamentos humanos o veterinarios, cuyo objetivo es restablecer la salud sin comprometer la vida del paciente, los plaguicidas son sustancias creadas para matar: insecticidas, herbicidas y fungicidas están formulados para eliminar organismos vivos. Su lógica no es terapéutica, sino tóxica.
Como advierte el artículo “La caja de Pandora de los plaguicidas”, el discurso del “uso seguro” ha servido históricamente para suavizar la percepción pública del riesgo y trasladar la responsabilidad hacia el agricultor, bajo la premisa de que el problema no es el producto en sí, sino su mal manejo. Esta narrativa encubre el hecho de que muchos plaguicidas presentan toxicidades agudas y crónicas, efectos acumulativos y daños ambientales persistentes.
La metáfora médica opera así como un mecanismo de legitimación cultural: si son “medicinas”, entonces su aplicación sería una forma de cuidado. Pero, en realidad, se trata de biocidas diseñados para alterar procesos biológicos esenciales.
Impactos para el productor: entre la exposición y la dependencia
Presentar los plaguicidas como medicinas invisibiliza la exposición directa del productor y del trabajador agrícola a estas sustancias tóxicas. Incluso bajo condiciones de “uso adecuado”, la manipulación, mezcla y aplicación implican contacto dérmico, inhalación y riesgo de intoxicación.
En el artículo “El mito del manejo seguro de plaguicidas en los países en desarrollo”, se evidencia que, en el tratamiento de este tema, a menudo se omiten factores estructurales como:
- Limitaciones en el acceso a equipo de protección adecuado.
- Condiciones climáticas que incrementan la volatilización.
- Reutilización de envases.
- Presiones comerciales para aumentar dosis o frecuencia de aplicación.
Además, la dependencia química genera un círculo vicioso: el uso continuo favorece la resistencia de plagas, lo que conduce a mayores aplicaciones y a la introducción de moléculas más potentes y peligrosas. El productor queda atrapado en una espiral de costos crecientes y vulnerabilidad técnica.
Si fueran realmente “medicinas”, su uso reduciría progresivamente la enfermedad; en la práctica, el modelo químico dominante tiende a reforzar la dependencia.
Impactos ambientales: la otra cara de la ‘cura’
Los plaguicidas no permanecen confinados al cultivo. Se dispersan en suelo, agua y aire, afectando organismos no objetivo: polinizadores, microorganismos del suelo, fauna silvestre y biodiversidad acuática.
El artículo citado expone cómo la narrativa del control químico ha subestimado estos efectos colaterales, presentando los impactos como “externalidades” inevitables. Sin embargo, desde una perspectiva ecológica, la eliminación indiscriminada de organismos altera redes tróficas completas.
Hablar de “medicina” implica una intervención dirigida y proporcional. Pero los plaguicidas operan muchas veces como intervenciones de amplio espectro, con consecuencias sistémicas que pueden prolongarse más allá de la temporada agrícola.
Riesgos para el consumidor: residuos invisibles
En el extremo final de la cadena se encuentra el consumidor. Aunque existan límites máximos de residuos, la presencia acumulativa de múltiples moléculas en alimentos plantea interrogantes sobre exposiciones crónicas y efectos sinérgicos.
La metáfora médica contribuye a trivializar estos riesgos. Si se trata de “medicinas para las plantas”, se diluye la percepción de que el alimento puede contener restos de sustancias diseñadas para matar organismos vivos.
El consumidor no participa en la decisión de aplicar estos productos, pero asume parte de las consecuencias. Desde el punto de vista ético, ello exige un debate honesto sobre el modelo productivo y sus implicaciones sanitarias.
Recuperar el lenguaje para transformar el modelo
El lenguaje no es neutral. Nombrar a los plaguicidas como “medicinas” desarma el pensamiento crítico y consolida un paradigma químico-industrial que presenta la dependencia como solución.
Una agricultura verdaderamente sostenible –en línea con los principios de la agroecología– parte de fortalecer la salud del agroecosistema: diversidad biológica, suelos vivos, manejo integrado de plagas y prevención ecológica. En ese marco, el objetivo no es “curar” plantas enfermas mediante sustancias tóxicas, sino evitar desequilibrios estructurales que generen brotes de plagas.
Abrir la “caja de Pandora” implica reconocer que la promesa de control total a través de la química ha traído consigo costos ocultos para productores, ecosistemas y consumidores. Desmontar la metáfora médica es un primer paso para construir una narrativa más honesta y, sobre todo, más responsable.
Porque una medicina busca sanar sin destruir. Un plaguicida, por definición, mata. Y confundir ambos conceptos no es solo un error semántico: es una distorsión que condiciona decisiones técnicas, políticas y éticas de enorme trascendencia.
“Nombrar como medicina lo que es veneno no solo confunde el lenguaje: adormece la conciencia y normaliza el riesgo”.
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Jaime E. García González es profesor catedrático jubilado de UCR-UNED y miembro de la Red de Coordinación en Biodiversidad.