Mediocre es un adjetivo derivado del latín «mediocris». El «Diccionario de la lengua española» lo define como «de calidad media», «de poco mérito, tirando a malo».
La característica de lo mediocre es la mediocridad. Aplicando el término a las personas, se entiende como un grupo social formado por quienes no están ni arriba ni abajo: los conformistas. No sobresalen ni merecen ser notados.
Por otro lado, el sufijo «-cracia» indica control, poder, sistema o, sobre todo, gobierno. Si la meritocracia es el gobierno de los mejores, la mediocracia sería el gobierno de los mediocres, afirma María García Aller, profesora y periodista. Mediocre no es equivalente a ser incompetente. Lo que desaparece es la mente crítica.
El filósofo Alain Denault, en su libro «Mediocracia: cuando los mediocres llegan al poder», menciona que el problema es profundo y empieza en la educación. Subraya que para resistir la mediocracia la única salida es el pensamiento crítico.
Atravesamos un momento histórico en el que ha cristalizado este peligroso fenómeno social que se considera una epidemia. El gobierno de los mediócratas se ha consolidado como una clase dominante, al servicio del poder.
Se dice que el descrédito de la política no es casual. No es únicamente consecuencia de elevados niveles de corrupción, escándalos y abusos. Es consecuencia también de la mediocridad. El consultor político Alberto Astorga afirma: «Las organizaciones políticas han venido actuando siempre con desdén y arrogancia, se han ido convirtiendo en grandes centros de influencia, de negocios y, sobre todo, en agencias de colocación».
García sostiene que buena parte de los políticos actuales han pasado toda su vida en los partidos. Tienen responsabilidad en el descrédito de las instituciones. Debe terminase la politización de las administraciones minimizando la posibilidad de que los partidos sean agencias de colocación en los ministerios y las empresas públicas.
Eso ayudaría a asegurarnos de que quien se mete en un partido lo hace porque le interesa la política y el servicio político, no porque crea que le garantiza tener un futuro prometedor. Urge acabar con los cientos de cargos que se reparten en los partidos políticos. La educación es el antídoto contra la mediocridad, dice la periodista.
Quizás muchos de nosotros elegiríamos a las personas con experiencia fuera de la política. Quienes se han desarrollado profesionalmente en otros sectores ajenos a ella y que han demostrado su valía, su mérito y su esfuerzo. Existen todavía quienes son capaces de renunciar al interés privado a favor del interés general.
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No viven de pugnas internas para mantener un estatus privilegiado. No las necesitan. Son capaces de comprometer su prestigio para ayudar a construir la democracia. Tienen libertad. Pero la percepción actual de la política está alejando el talento y se dice que sin talento se nutre la mediocridad que desprestigia la política, fracturando la sociedad y deteriorando el carácter moral de los ciudadanos.
Hay mucho talento en nuestro país. Contamos con personas capaces de proponer salidas a los graves problemas que afligen a nuestra sociedad. La mediocridad es una especie de corrupción. También hay que declararle la guerra y generar un rearme moral de la sociedad.
Esto requiere valor y honestidad. Expertos aseguran que nuestro tiempo necesita una recuperación social del heroísmo. Rehabilitar la heroicidad, el valor del comportamiento heroico, en particular de quienes están al frente de la sociedad.
La autora es administradora de negocios.