
En 1985, el productor y cineasta costarricense Víctor Vega le entregó al país una excepcional pieza audiovisual en la que retrataba con crudeza los entuertos del sistema educativo costarricense de aquella época.
La producción se tituló La mancha de grasa y contó con un elenco de lujo encabezado por Maricia Herrera, William Zuñiga, Osvaldo Carranza y Xinia Villalobos, entre otros actores y actrices consagrados de la escena teatral de entonces. La musicalización del film estuvo a cargo del siempre grande Fidel Gamboa.
La historia contaba los esfuerzos de Lito, un niño en edad escolar caracterizado por Gustavo Fallas, por mantenerse en clases pese a que debía trabajar en el negocio de Don Tadeo y su madre apenas lograba apoyarlo producto de la venta de empanadas, actividad que compartía con su padre.
Precisamente, el nombre de la pieza audiovisual se debe a que el niño hacía las tareas en la misma mesa donde su madre trabajaba preparando todo lo necesario para la venta: harina, aceite, queso, carne, se mezclaban con los cuadernos del protagonista.
La maestra, mostrando desconocimiento sobre el contexto familiar, económico y social del niño, le daba duras reprimendas acerca de la “sucia” presentación de su cuaderno: “Otra vez, su cuaderno con manchas de grasa”, le decía, mientras Lito bajaba la cabeza.
Esta actitud de la educadora empezaría a cambiar al reconocer la situación y sensibilizarse al punto de acompañarlo en su proceso educativo. De esos procesos ciertamente estamos ayunos, en parte porque las condiciones subjetivas y laborales del gremio de la enseñanza han experimentado francos deterioros.
Cuarenta años han pasado desde esta producción, cuestionadora del escenario socio educativo del país. El mismo periodo ha sido justamente referenciado en los últimos informes del Estado de la Educación, preparado por la Comisión Nacional de Rectores (Conare) y el Programa Estado de la Nación, como aquel en que la crisis del sector empezó y se instaló de forma definitiva, llevándolo a preocupantes niveles de apagón irreversible para amplios sectores de la población nacional.
La urgencia es inminente. Una de las preguntas que debiéramos hacernos como país es si estamos entrando a otra década perdida, como fue denominada la de los años ochenta del siglo anterior, por los impactos excluyentes que tuvo la recesión social y económica experimentada y que tuvo altos impactos negativos en materia educativa para las próximas generaciones.
Si bien las condiciones que provocaron esa crisis son hoy distintas, los efectos podrían estar mostrando un largo periodo histórico que no termina de resolverse.
Hoy, los indicios de que podríamos estar ante una coyuntura sin retorno son más que notables, porque, de alguna manera, estaríamos perdiendo la batalla en el presente: los niveles de lectura de la cohorte de jóvenes de 15 años, ha dicho el último informe en su décima edición, cayeron a los de niños ubicados en tercer grado escolar. Los niveles de comprensión de lo que se lee son los más bajos en décadas. Lo mismo ocurre con la enseñanza de la matemática y los malos aprendizajes, que se derivan de metodologías pedagógicas débiles y sin orientación.

A la educación universitaria, las y los estudiantes llegan con serias deficiencias que no pueden ser subsanadas de forma inmediata. A esta condición debe agregarse la brecha que la pandemia experimentada años atrás abrió de forma contundente.
Este panorama resulta complicado si se complementa con un ejercicio imaginario de retrospectiva-prospectiva, teniendo a Lito de nuevo como protagonista. Las condiciones para este niño serían hoy aún más precarias. Habría otra mancha de grasa, esta vez más grande, en su cuaderno.
Probablemente, tendría que continuar trabajando o consiguiendo recursos de fuentes ilegales para ayudar a su familia. Su escuela sería acechada por la acción del crimen organizado y la violencia sería parte de su cotidianidad. Con suerte, lograría salir intacto de balaceras en su barrio, salvándose de ser una víctima colateral, pero no lograría permanecer por mucho tiempo en su casa, debido a la extorsión a la que él y los suyos serían sometidos para que la abandonen y sea ocupada por estos actores irregulares.
Probablemente, la acción de organizaciones sociales mitigaría muchas de estas condiciones, pero sería insuficiente para garantizar el acceso y la estabilidad del niño a la escuela.
La otra pregunta que surge al hacer ese ejercicio imaginativo con Lito es: ¿tiene estado la educación en Costa Rica? La pregunta no es solo retórica. Nos plantea un problema que debe ser resuelto con urgencia y para ello se requiere de un gran diálogo nacional, que por ahora parece ausente.
La alerta es hoy más que evidente. No solo por el presente que se avizora complejo si no se recompone la política pública educativa y se redirecciona su rumbo incierto.
Para las generaciones que hoy viven ese presente, el futuro es una materia inconclusa, por ahora con nota roja e incierta. Puede que estemos ante otro escenario en que habremos dejado atrás a cientos de miles de niños, niñas y jóvenes. No podríamos permitirnos de nuevo ese error histórico como país. Ni ahora ni nunca.
Se impone una acción transformadora a todo nivel. Reconocer el diagnóstico para entrar a intervenir de forma inmediata. Es que la necesidad de refundar el sistema educativo costarricense es evidente. Debemos iniciar ese diálogo. Cuanto antes.
guillermo.acuna.gonzalez@una.ac.cr
Guillermo Acuña González es vicedecano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional.