El doctor miró a doña Anáis a los ojos, le tomó la mano y le dijo: “La vamos a curar”. En el consultorio de oncología del Hospital México estaban el esposo, una hija y una nieta. Entraron con miedo, pensando que el Dr. Chaves los mandaría para fuera. Pero no. “Me gusta que la familia apoye al paciente”, dijo.
Algo similar ocurrió con el radioterapeuta. Como siempre, a la cita de las 7 p. m. (ahora hay un aprovechamiento máximo del tiempo para dar una atención más expedita a los enfermos oncológicos) llegaron tres acompañantes con doña Anáis. Había asientos para dos. De repente, el Dr. Arguello se levantó, salió del consultorio y regresó jalando una pequeña silla con ruedas. “Sentate”, le dijo a la nieta. ¡Qué gesto!
En cada una de esas citas, estos jóvenes médicos se tomaron el tiempo para explicar cada parte del tratamiento que seguiría doña Anáis: qué pasaría con la quimioterapia y qué con la radioterapia. La miraron a los ojos, le estrecharon la mano, y hasta la abrazaron como un hijo lo haría con su mamá.
En cada uno de esos gestos no había máscaras. Eran genuinos. Como el abrazo con el que Leti, enfermera a cargo de la quimioterapia, recibía a esta viejita de 72 años el día en que debían suministrarle la quimio roja.
La sala de quimioterapia es muy pequeña. Estrechísima. Pero ahí Betzabé, Mario, Leti y otros enfermeros se encargan de que los pacientes con cáncer pasen el rato lo mejor posible. Cerca del mediodía, una dama voluntaria les trae almuerzo; y, cada media hora, permiten ingresar unos minutos a los familiares para que apoyen al enfermo.
Desde que recibe el tratamiento, Anáis ha sido sujeto, no objeto. Le han dado sonrisas, canciones, abrazos y besos. Le cuentan historias. La escuchan. A ella y a los enfermos que acuden al servicio de oncología del Hospital México.
Cuando la operaron de cáncer de mama, Anáis estaba llena de miedo. Pero ahí estaba el Dr. Alexánder Blanco para darle tranquilidad.
Las pacientes lo aman porque es un cirujano que se detiene a escucharlas, les pone atención, las saluda, las llama por su nombre y conoce su historia aunque las vea cada tres meses o más.