Utilizando una expresión de Tomás Carrasquilla Naranjo, en su cuento San Antoñito , escrito en 1899, en Colombia (no sé si se habrá usado esa expresión antes), alguien (nomina sunt odiosa) se atrevió a decir que la Iglesia de Costa Rica es de “misa y olla”, aludiendo sin duda a que ella es de cortos vuelos intelectuales, o de influjo social poco perceptible.
Si se refería a la Conferencia Episcopal, le podría asegurar al autor de la frase de marras que, si él tuviera la ocasión de un diálogo de altura con los Obispos de Costa Rica, no saldría con la impresión de que son “padrecitos de misa y olla”, reconociendo humildemente (eso engrandece) que existen límites, propios de toda persona humana.
Si se refería al clero en general, le podría señalar unos cincuenta sacerdotes (algunos de ellos sin ejercer el ministerio, pero sin renegar de su condición de creyentes) que han hecho un papel académico bastante decente en universidades europeas y norteamericanas, con los cuales se podría tener un diálogo de altos vuelos intelectuales. Naturalmente, esto no nos impide reconocer que hay clérigos a quienes un libro se les cae de las manos, pero creo que eso sucede en todos los gremios, sin que eso nos dé derecho a generalizar la pobreza intelectual.
Si se refería a los laicos, conozco a muchos profesionales de altura en distintas disciplinas que ostentan gustosos su condición de pertenencia a la Iglesia Católica. Escuché hace poco a un matemático decir en un discurso la expresión: “los que tenemos el privilegio de ser creyentes”', y me encanté de oírlo confesar su fe en público. Si hay que reconocer que muchos de los miembros de la Iglesia profesan la foi du charbonnier; habría que matizar que algunos “simples y sencillos” tienen una sabiduría de Evangelio que puede confundir a los sabihondos'
Si se refería a los jóvenes que participan de los grupos eclesiales, sería injusto generalizar que solo los limitados intelectualmente caen en ellos, porque abunda la gente valiosa a todo nivel, también a nivel intelectual, en esas actividades pastorales juveniles.
Si se refería a los niños que participan gustosos de la catequesis que ofrece la Iglesia, habría que verlos hablando de lo que aprenden, y reaccionando en cristiano, para notar que esa actividad catequética no les empobrece el intelecto.
Desprecio injusto. Si se refería a que la gran mayoría de los creyentes no ostentan títulos académicos que los haga acreedores del respeto intelectual, habría que matizar que esa es la realidad de todo el país, y eso no nos da derecho a denigrar a todos los ticos, diciendo que son intelectualmente pobres en demasía.
El influjo de la Iglesia en la sociedad costarricense podrán analizarlo otros profesionales más calificados para hacerlo, basten estas líneas para matizar el atrevimiento de una generalización, que como todas, puede pecar de injusta.