
Comparto con usted una inquietud que con frecuencia se instala en mis cavilaciones. Imagino el itinerario de un tren rumbo a su destino, después de que ha recorrido gran parte de las estaciones. Sobre rieles, de cara al último andén, la llamada edad otoñal me anuncia que es tiempo de preparar el adiós, mientras mantengo a buen recaudo un boleto abierto, con fecha ignorada, pero inexorable.
Quizá es hora de “soltar el alma”, como expresa Joan Manuel Serrat, ese maravilloso artista y cantautor español cuando dice: “Este es un buen momento para soltar el alma; soy un hombre agradecido con la vida y acepto el hecho natural de envejecer y los inconvenientes que la naturaleza y el tiempo demoledor me imponen con el paso de los días…”.
Con su exquisita sabiduría, Serrat describe la sensación de plenitud en la travesía de quienes superamos el umbral de las siete décadas y, aun así, nos aprestamos a emprender nuevos derroteros, sin renunciar a los sueños ni a las ilusiones que los viejos seguimos incubando tras una estela de lágrimas y descarrilamientos.
Claro, atesoramos también el caudal invaluable de nuestras pequeñas victorias. Con más ayer que mañana, con tantos recuerdos y cada vez menos expectativas, la arcilla de la que estamos hechos nos ha ido modificando.
Sometidos al cincel del material moldeable que nos identifica, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, como reza el Poema 20, del chileno Pablo Neruda.
Quiero decir que, en lo fundamental, seguimos la hoja de ruta de los valores que nos inculcaron desde la infancia, mezcla de vivencias, dichas, desventuras y, en la recta final, aunque ya no somos los mismos que abordamos el tren en la partida, podemos sentir que el viaje ha valido la pena.
A estas alturas de la existencia, uno vive con pocas pero buenas amistades, placeres austeros y gustos sencillos; caminatas, cafés compartidos, lecturas en soledad y, en mi caso particular, sin prisas ni aspavientos, procurando crear, ordenar y desplegar ante el teclado consideraciones como estas, al tenor de “pienso, luego escribo”.
Es interesante observar cómo cada edad nos define en tiempo y circunstancia. Hoy, pasajero del tren, con el vapor del ayer disipándose en el aire y la mirada puesta en ese horizonte donde los rieles parecen juntarse, me asiste el derecho de contemplar y disfrutar del paisaje.
Bajo la luz tenue del último vagón, me dispongo a esperar el desenlace en el tiempo de Dios y a entregar mi boleto con la serenidad del viajero que, tras haberlo visto todo –o casi todo–, comprende que soltar el alma es, simplemente, permitir que el convoy terrenal siga su curso y, arropado por la sensatez, aguardar sin temor el sonar y el eco del último silbato.
Por ahora, en la continuación del recorrido y aún distante del ralentí de mi llegada, disfruto el día con el infaltable café, la lectura y el convencimiento de quien sabe que, para que el alma vuele, hay que esperar hasta que el tren se detenga, ojalá frente al mar.
Y cuando esto acontezca, sobre la arena de una playa interminable, procuraré convertir mi boleto en el mensaje encapsulado en una botella o, de nuevo, como canta Serrat, con ese mismo tiquete arrugado por las huellas inevitables del sepia y la distancia, al evocar mi lejana niñez, me dispondré a construir un barquito de papel, sin nombre, sin patrón y sin bandera.
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Roberto García H. es periodista y comunicador.
