
Las monarquías antiguas tenían muchos defectos. Pero poseían una ventaja administrativa que hoy hemos perdido: cuando el rey resultaba inútil, corrupto o sencillamente imbécil, todo el mundo sabía a quién derrocar.
El problema tenía nombre, apellido, corona y domicilio conocido.
A veces el pueblo esperaba a que Dios se llevara al monarca. En otras ocasiones, menos paciente, le facilitaba el trámite. No pretendo reivindicar el método –uno se ha vuelto institucional con los años–, pero hay que reconocerle claridad conceptual: si el reino era un desastre, la responsabilidad estaba sentada en el trono.
Hoy vivimos en democracia, un sistema que aspira a parecer más civilizado. Cuando un gobernante es inútil, corrupto o indiferente al destino de su pueblo, no lo matamos: lo mandamos a dar conferencias.
Incluso puede escribir sus memorias.
Y cuando llega la siguiente elección, descubrimos que nuestras alternativas son Javier Milei o Sergio Massa; Donald Trump o Kamala Harris; Emmanuel Macron o Marine Le Pen; Pedro Sánchez o Alberto Núñez Feijóo; Claudia Sheinbaum o Xóchitl Gálvez; Abelardo de la Espriella o Iván Cepeda… ¡Rodrigo Chaves o José María Figueres!
No digo que sean iguales. Algunos son mejores, otros peores y otros consiguen la proeza metafísica de ser ambas cosas durante una misma semana. Digo que el ciudadano llega a la urna no para elegir lo que desea, sino para impedir que triunfe aquello que más teme.
Ya no votamos con ilusión. Votamos con la nariz tapada.
La papeleta dejó de ser una invitación a escoger un proyecto nacional y se convirtió en un menú de catástrofes: ¿prefiere morir ahogado o quemado? Marque con una equis. Detrás de usted hay fila.
Millones sienten que el sistema los obliga a elegir dentro de un catálogo confeccionado por otros.
La democracia que no representa
El problema más profundo de la democracia representativa es que, con demasiada frecuencia, no representa.
O representa de maravilla, pero a otros.
Representa al conciliábulo que controla los partidos, confecciona las listas y reparte los puestos: pirañas, vividores del sistema y chupetes de la ubre pública, que mudan de principios con la misma soltura con que mudan de gobierno.
Nos dicen que elegimos diputados. Pero no siempre elegimos diputados. Elegimos listas.
Votamos por una bandera y dentro del paquete vienen incluidos unos señores y señoras que quizá jamás habíamos visto. Como esos platitos de la vajilla cuya utilidad nadie conoce.
Después, esos diputados no responden ante el ciudadano, sino ante la cúpula que los colocó en posición elegible, ante el jefe de fracción y, en los casos más sórdidos, ante quien financió la aventura.
El elector aparece una vez cada cuatro años, deposita el voto y vuelve al trinchante.
Eso no es representación. Es tercerización de la soberanía.
Jano García, en su charla “Por qué no creo en la democracia”, plantea una pregunta incómoda: ¿por qué consideramos sacrílego cuestionar un sistema cuyos resultados criticamos todos los días?
El nuevo altar de Occidente
La democracia dejó de ser un mecanismo para elegir gobernantes y se convirtió en una religión.
Tiene dogmas, sacerdotes, herejes y hasta agua bendita electoral, administrada con crayola dentro de una urna de cartón.
Durante la Guerra Fría, Occidente convirtió la democracia en la palabra antagónica al comunismo. Frente al partido único, la censura y los gulags, representaba libertades que había que defender. El problema fue que dejamos de defenderla como herramienta y empezamos a venerarla como revelación. Si alguien señala sus defectos, todavía aparece un sacristán institucional preguntándole si prefiere vivir en Corea del Norte.
Criticar un automóvil porque tiene malos los frenos no significa querer volver a la carreta. Significa no querer despeñarse.
Winston Churchill pronunció en 1947 aquella frase que repetimos como si hubiese descendido grabada desde el Sinaí: la democracia sería la peor forma de gobierno, con excepción de todas las demás probadas.
Y nos tomamos el Kool-Aid hasta el fondo.
La frase es brillante, pero la convertimos en coartada para la pereza intelectual. Cada vez que alguien propone revisar la democracia, otro cita a Churchill, satisfecho de haber resuelto la filosofía política.
Fin del debate. A casa todos.
Pero la frase no clausura la discusión: la inaugura.
A quién reclamarle
No sé cuál será el sistema político del futuro. Nadie lo sabe.
Quizá dentro de 200 años contemplen nuestras elecciones con la fascinación y sospecha con que miramos ciertas costumbres antiguas. Surgirán nuevos sistemas y nuevas maneras de corromperlos: el ser humano es prodigioso para pervertir instituciones.
Mientras descubrimos algo mejor, podríamos empezar por poner parches.
El primero, al menos en Costa Rica, debería ser eliminar las listas cerradas de candidatos a diputados.
Que cada ciudadano pueda votar por Fulano.
No por una bandera que esconde a Fulano en el quinto lugar. No por una lista redactada en una habitación donde estaban presentes todos menos el elector. Por Fulano.
Con nombre, rostro, trayectoria y territorio.
Que represente una comunidad concreta. Que los vecinos sepan quién es y puedan exigirle que explique por qué votó una ley, por qué se ausentó o por qué consiguió trabajo para su sobrina.
Y que, si Fulano falla, podamos ir a su casa y tocarle la puerta.
No para matarlo, desde luego. Los tiempos han cambiado y las campañas de reposición son carísimas.
Pero sí para reclamarle. Para mirarlo a los ojos.
Para que no pueda ocultarse detrás de “la fracción”, “el partido”, “la coyuntura”, “la gobernabilidad” y las demás voces del dialecto político con las que una traición concreta se convierte en fenómeno atmosférico.
La democracia necesita recuperar la responsabilidad personal.
Cuando votamos por una lista, el diputado le debe el puesto al partido. Cuando votamos por una persona, existe al menos la posibilidad de que recuerde que se lo debe a sus electores.
No solucionará todo. La naturaleza humana no se reforma modificando una papeleta.
Pero sería un comienzo: una forma modesta de acercar al representante al representado y de alejarlo, aunque sea unos centímetros, del pesebre partidario.
La responsabilidad de Costa Rica
Costa Rica se considera, con buenas razones, una de las democracias más maduras del continente.
Precisamente por eso tenemos no solo la autoridad, sino la obligación de cuestionarla.
Las instituciones maduras no viven a salvo de la crítica: son capaces de escucharla sin silenciar al crítico ni acusarlo de enemigo del pueblo.
Una democracia adulta debería soportar que le digamos que funciona mal y permitirnos examinar la elección de diputados, el poder de las cúpulas y esa sensación de que uno vota mucho, pero decide poco.
No se trata de destruir la democracia.
Se trata de dejar de adorarla para empezar a repararla.
La democracia no es una diosa ni el destino final de la humanidad. Es una tecnología política inventada por seres humanos y, como toda tecnología, puede volverse obsoleta.
Mientras llega algo mejor, hagamos lo que hacemos con todo aparato que todavía necesitamos: abramos la tapa, identifiquemos los cables quemados y pongámosle algunos parches.
Empecemos por elegir personas y no listas.
Empecemos por devolverle rostro a la responsabilidad y por recordar que el diputado no es empleado del partido, sino del ciudadano.
Y, sobre todo, empecemos a perderle el miedo a criticar la democracia.
Porque una democracia que no admite ser cuestionada quizá conserve todavía el nombre.
Pero ya empezó a adquirir las maneras de una tiranía.
Alberto Quirós Feoli es publicista, fundador de la agencia de publicidad Jotabequ y profesor universitario en filosofía creativa.