
Costa Rica sabe una lección política elemental: el poder, cuando no tiene frenos, se comporta como un bully. Cuentos de mi Tía Panchita no es solo literatura infantil; es una pedagogía popular sobre cómo enfrentar al abusador cuando uno es más débil.
Tío Conejo no gobierna. No manda. No impone. Sobrevive. Y sobrevive porque entiende algo básico: el bully no se corrige con súplicas ni con moralinas. Se corrige quitándole espacio, obligándolo a equivocarse o exponiéndolo al ridículo.
Por eso duda, observa, engaña y, cuando puede, se burla del poderoso. El humor no es ingenuidad. Es autodefensa política.
En los cuentos, la asimetría es brutal y transparente. Tío Tigre manda porque puede. Tío Coyote intimida porque sabe que intimida. La Ballena y el Elefante aplastan sin pedir permiso. No razonan: abusan. Eso es bullying: abuso sostenido desde una posición dominante. Si Tío Conejo confiara en la buena voluntad del fuerte, no pasa del primer párrafo. Por eso no apela a su conciencia; lo descoloca.
En Tío Conejo y Tío Coyote, primero mide al adversario y luego se le planta con pura chota:
“¿Idiay, hombre, a ver qué es la cosa? Echémonos, a ver si vos me podés atajar”. El gesto importa. Le habla al poderoso como si no diera miedo. Le pincha la pompa. El humor erosiona la autoridad del bully porque lo muestra como lo que es: fuerza sin legitimidad. Y cuando las cosas salen mal –porque también salen mal– el tono es revelador.
Luego, aparece otra capa: el humor como escape. Metido en el saco, Tío Conejo no pide justicia; pide salida:
“¡Sáquenme de aquí! ¡Sáquenme de aquí!”. Cuando llega otro fuerte (Tío Coyote), Tío Conejo hace lo que hace el débil inteligente en un mundo sin árbitros: reprograma los incentivos del otro con una historia absurda:
“Pues es que me tienen dentro de este saco porque me quieren casar con la hija del rey, y yo no quiero”. Y remata exagerando, con humor deliberado, para volver deseable su lugar: “Ya ves que es la hija del rey, y todavía si me la dieran encasquillada en oro, diría que no”.
El giro final es pura ingeniería anti‑bully:
“Mirá, ¿por qué no me soltás y te metés vos en mi lugar?”. No hay moralina. Hay supervivencia.
Madison no creía en ángeles
James Madison, cuarto presidente de Estados Unidos (1809-1817), llega al mismo diagnóstico, pero sin fábulas. Lo formula con una franqueza que todavía incomoda: “If men were angels, no government would be necessary” (“Si los hombres fueran ángeles, no habría necesidad de un gobierno”).
No es una frase elegante. Es una advertencia. Madison no creía que el problema del poder fuera la falta de buenas intenciones; creía que el problema era la naturaleza humana combinada con autoridad.
Por eso, añade algo aún más incisivo: “Quizá sea un reflejo de la naturaleza humana que sean necesarios tales mecanismos para controlar los abusos del gobierno. Pero, ¿qué es el gobierno en sí mismo, sino el mayor de todos los reflejos de la naturaleza humana?
Dicho sin solemnidad: el gobierno existe porque, sin controles, el poder abusa. Exactamente como un bully en el recreo. De ahí su conclusión central: la democracia necesita precauciones auxiliares. No necesita discursos ni fe. Necesita frenos.
Hamilton sabía que el ‘bully’ busca capturar al árbitro
El economista, político y abogado Alexander Hamilton, primer secretario del Tesoro de Estados Unidos, entendió una cosa clave: el bully no se conforma con empujar. Quiere controlar las reglas. Quiere capturar al árbitro. Por eso defendió con tanta fuerza la independencia judicial. Y lo hizo describiendo su naturaleza con precisión quirúrgica: “The judiciary… has neither force nor will, but merely judgment” (“El Poder Judicial… no tiene ni fuerza ni voluntad, sino únicamente criterio").
El Ejecutivo tiene la espada. El Legislativo, la billetera. El Judicial, el criterio. Y justamente por no tener ni espada ni billetera, debe estar blindado.
Hamilton lo dice sin vueltas: “The judiciary… will always be the least dangerous to the political rights of the Constitution” (“El Poder Judicial… siempre será el menos peligroso para los derechos políticos consagrados en la Constitución). Solo mientras permanezca separado de los otros poderes. El día que el bully domina al juez, el juego terminó.
Tío Conejo y los federalistas dicen lo mismo
Con lenguajes distintos, Cuentos de mi Tía Panchita y The Federalist Papers comparten una intuición profunda: el poderoso tiende a abusar, la fuerza no se autolimita, el bully no se modera solo.
Tío Conejo lo enfrenta desde abajo: se burla, se escurre, escapa. Madison y Hamilton hacen algo más ambicioso –y más difícil–: convierten la desconfianza en arquitectura institucional. Eso son los “checks and balances”, los frenos y contrapesos: no hay confianza en las personas, sino desconfianza convertida en reglas.
Madison lo resume con brutal honestidad: “Ambition must be made to counteract ambition” (“Hay que combatir la ambición con ambición”). No se le pide al poder que sea bueno. Se le pone un límite.
Cuando el humor ya no alcanza
El humor sirve para resistir al abusador. Pero no reemplaza a las instituciones. Los federalistas lo sabían bien: cuando el poder se concentra, ya no hay picardía que alcance. Por eso diseñaron frenos internos, separación de poderes y jueces independientes. No por pesimismo, sino por realismo. El humor desarma. Pero solo los límites detienen.
Cuentos de mi Tía Panchita nos enseña a sobrevivir al bully. The Federalist Papers nos enseñan a evitar que el bully domine todo el juego.
La democracia no se diseña para ángeles; se diseña para bullies. Y solo funciona si estos no pueden capturar el sistema.
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Pedro Muñoz es exdiputado.