
Una guerra sistémica es un conflicto con fases de confrontación política y de enfrentamiento militar. La Primera y la Segunda Guerras Mundiales fueron, en conjunto, una guerra sistémica destinada a definir las reglas de un nuevo orden internacional. En centurias anteriores, la estabilización del sistema se ha alcanzado a través de una guerra armada.
La actual guerra sistémica, orientada a construir el orden del siglo XXI, comenzó en 2014 con la anexión de Crimea por parte de Rusia: una ruptura del principio de la inviolabilidad de las fronteras estatales con fines de anexión territorial. Continuó con la invasión rusa a Ucrania en 2022.
Lo que estamos observando hoy es una nueva etapa, con características propias de una fase previa de lo que sería la III Guerra Mundial. La pregunta es si el conflicto se mantendrá contenido en el Oriente Medio o si se extenderá a otras regiones y generará un escenario bélico que cubra el planeta en su mayor parte.
Irán
El ataque aéreo del 28 de febrero pareció, en un primer momento, una operación limitada al territorio de ese país, con el propósito de eliminar la República Islámica –establecida en 1979– y reconfigurar el orden de esa región. Sin embargo, la respuesta inmediata de Teherán hizo que se convirtiera en un conflicto regional y, poco a poco, ha ido más allá.
Irán atacó bases militares en Chipre –lo que significa que está en guerra con la OTAN–; Estados Unidos hundió una fragata iraní en el océano Índico –lo que extiende el conflicto a Asia del Sur–, y Teherán atacó posiciones de Azerbaiyán –incorporando así a Asia Central–.
Europa es el gran perdedor, por ahora. Además, tendrá que debatir sobre el uso de bases militares por parte de Washington, algo prohibido por España y Francia. Esto evidencia la naturaleza sistémica de esta guerra.
El ataque inicial corresponde a una guerra por elección. La Casa Blanca eligió atacar Irán a solicitud de Israel, que argumentó que estaba a punto de recibir un ataque aéreo de Teherán. Esto no ha sido comprobado y, más bien, la evidencia indica que no existía tal amenaza y que Estados Unidos se prestó a respaldar a su más firme aliado en la región. El poderío militar iraní estaba muy limitado y su capacidad para construir, a mediano plazo, un arma nuclear se encontraba diezmada.
Israel y Estados Unidos
Lo que estas dos naciones buscan es establecer un nuevo orden regional en el que Tel Aviv sea la potencia hegemónica de Oriente Medio. Esto le permitiría a Washington estabilizar esa región y concentrar esfuerzos en otras áreas, sobre todo en Asia-Pacífico, frente al que prácticamente es su único retador del proyecto hegemónico global estadounidense: China.
Este objetivo no es sencillo. Turquía y Arabia Saudita también tienen aspiraciones hegemónicas en Oriente Medio. Rusia, por su parte, es un actor clave y principal aliado de Irán; pero no está en capacidad de intervenir debido al debilitamiento sufrido tras cuatro años de guerra. Se abstendrá hasta que no tenga alternativa y sea arrastrado al escenario bélico. La situación se complica aún más por el intento de armar a milicias kurdas para provocar la caída del régimen iraní.
Geopolíticamente, Estados Unidos muestra una ambivalencia respecto de objetivos y expectativas. Esto es característico del estilo de Donald Trump y de su proyecto de unipolarismo activo, contrario a su discurso de campaña. Además, existe un cambio de versión oficial casi a diario, lo que obliga a una lectura minuciosa sobre lo que realmente está ocurriendo.
China
En la inauguración de la Asamblea Nacional Popular, el primer ministro Li argumentó que son un “islote de estabilidad a largo plazo”. Pekín tiene intereses estratégicos en Oriente Medio y necesita que la guerra no se extienda más allá de esa región. China requiere unos años adicionales para completar la “reforma de los asuntos militares”. Por ello, se opone al hegemonismo y a las políticas de poder de otros.
Hasta el momento, Pekín es el actor que más se ha beneficiado de la guerra regional. Su compromiso con Rusia le permite continuar accediendo a petróleo barato. El juego chino es de largo plazo y espera emerger como uno de los ganadores de este conflicto (siempre que no se extienda a una guerra global). Esto se entiende desde la perspectiva confuciana y las premisas de Sun Tzu sobre lo que se busca en una guerra.
Momento hobbesiano
Esto significa, de acuerdo con Hobbes, que los principios que determinan la dinámica internacional son los propios del estado de naturaleza. Es la ley de la fuerza, no la del derecho internacional ni la de la diplomacia.
En este escenario, la tendencia es que las potencias que hoy no están en conflicto busquen incrementar la carrera armamentista ante una eventual incorporación al campo de batalla.
Lo que se observa no es comparable con Irak en 2003, ni con otros conflictos anteriores. Sin embargo, un aspecto medular es que nunca un cambio de régimen se ha logrado únicamente con una operación aérea. Siempre se requiere la presencia de tropas en el territorio del país. ¿Estarán Israel y Estados Unidos en disposición de invadir Irán y permanecer durante años? Trump ha afirmado que Washington tendrá un rol fundamental en la construcción del nuevo gobierno iraní.
¿Guerra normal?
No existe una justificación legal para el ataque a Irán y, aun así, la condena internacional ha sido limitada. No estamos ante una “guerra justa”, pese al pésimo historial del régimen de los ayatolás. Lo que emerge es un escenario más inquietante: los primeros rasgos de una guerra sistémica. Tal vez no una guerra nuclear –esa probabilidad sigue siendo baja, en el orden del 5%–, pero sí un conflicto destinado a redefinir el equilibrio de poder global y las reglas del orden internacional.
camuza@gmail.com
Carlos Murillo Zamora es catedrático de la Universidad de Costa Rica (UCR) y de la Universidad Nacional (UNA).