Ingo Niehaus Siebe. 25 junio

Ya son tres los comentarios publicados por La Nación en torno al hidrógeno como eventual combustible para el transporte público. Dos de ellos descartan la viabilidad de ese gas para tales fines, en buena parte porque la energía necesaria para “producir” hidrógeno a gran escala es excesiva y, por tanto, resultaría demasiado caro para ser utilizado a gran escala en nuestro país; el tercer artículo señala que la ciencia y la tecnología de países desarrollados ya están buscando un método más barato de “producción”, por lo cual muy pronto el costo dejará de ser un problema.

Los autores de los tres comentarios están de acuerdo, sin embargo, en la urgente necesidad de contar con un combustible que no cause el daño ambiental y de salud generado por el uso de los tradicionales derivados del petróleo.

Por esa misma razón, me ha sorprendido que ninguno de los artículos se refiere al otro combustible capaz de reemplazar al diésel con resultados ambientales y de salud pública al menos igual de positivos y que está siendo empleado con gran éxito en varios países europeos.

Me refiero al biometano, un gas bien conocido, pero que, en este caso, como lo dice su nombre, es extraído de fuentes orgánicas.

En ese proceso de extracción reside una de las grandes ventajas del uso de biometano como combustible en reemplazo del diésel: la materia prima o, mejor dicho, las tres materias primas principales necesarias. Se trata de productos abundantes en ciertas partes de Costa Rica y con los cuales no sabemos qué hacer y, por tanto, terminamos contaminando seriamente nuestros ríos y mares.

Materiales utilizables. Esas materias primas son: desechos orgánicos sólidos, que salen de nuestras cocinas y restaurantes; lodos resultantes de la depuración de las aguas fecales, como los que se están concentrando al oeste de San José; y residuos de las industrias ganadera y agrícola, como la boñiga de lecherías y cáscaras o frutos podridos de piña y banano.

El proceso de producción de biometano se da en dos etapas: primero, la transformación de las materias primas y la generación del llamado biogás, el cual se lleva a cabo en cámaras llamadas biodigestores anaeróbicos, a una temperatura de unos 36 grados centígrados y sin oxígeno, gracias a la eficiente y pacífica labor de millones de bacterias. Luego, para utilizar ese gas como combustible, hace falta transformarlo en biometano, refinándolo de tal forma que contenga de un 96 % a un 98 % de CH4. Y listo.

Vale señalar que, según el periódico español El País (27 de febrero del 2017), en Alemania ya existen 185 plantas de producción de biometano y en Suecia, 61, al punto que en esta última nación el 17 % de su flota de autobuses ya se alimenta de biometano. En Pamplona, España, se inauguró otra planta de biometano con el propósito de impulsar su flotilla local de autobuses.

Vale señalar que la sustitución del diésel por biometano en un autobús representa un descenso de emisiones de dióxido de carbono del 82 %.

Es más: “Un autobús, alimentado por biometano, es capaz de recorrer 1.000 kilómetros alimentado con los residuos que todos sus pasajeros generarían en un año” (Diario de la Energía, 4 de marzo del 2017).

En fin, me parece que, ya que se está discutiendo la ventaja ambiental y energética de impulsar automotores y, en especial, el transporte público de Costa Rica con hidrógeno, conviene también considerar y estudiar las ventajas del uso de biometano en nuestro país, o, al menos, en ciertas zonas particulares.

El autor es cineasta y periodista.