Experiencia inmersiva y, obvio, salirse de la zona de confort. Así tomé la decisión de incluirme en la multitud con ton y son que asistió al concierto de Gilberto Santa Rosa, en La Sabana, el domingo de Santos Inocentes.
Confesemos: padezco inclinaciones más del tipo “rosa es una rosa es una rosa es una rosa…” que del melodioso Santa Rosa, por más que en cierta época no hubiera mosaico, tablilla o polvazal que se resistiera para menear el esqueletillo con sus salsas.
Transitar el trecho incierto entre teoría imaginaria y realidad real y no contada. Teoría: alérgica al gregarismo, a las catarsis colectivas observadas a través de una lente incrédula, o ¿más bien misántropa? Ay, no, secuelas de la pandemia… Tenía que sacarme esa sospecha y allá fui, vi y… bailé casi que solo los ojos. Al puro final, una pieza, para no decir que no llegué “a lo que vinimos”.
No asisto a un concierto remotamente parecido desde hace… ¿15 años? Fui a pocos, y con los hijos, para complacerlos con los Red Hot Chili Peppers o con el Festival Imperial, y al de Juan Gabriel con la escritora Anacristina Rossi, una crónica para una antigua sección dominical llamada “Domingosiete”, muy formalitas ambas, sentadas en sillas en el Ricardo Saprissa; imagínense el tiempillal desde aquello… Ahora vengo a La Sabana con una amiga, su novio y mi sobrina. Es decir, soy la reliquia. Es decir: no estaba ni remotamente actualizada. Es decir: ignorancia total. Ingenuidad total. Imprudencia total.
Acierto: las nubes sostuvieron en vilo la lluvia y dejaron ver al medio queso de la luna sobre La Sabana, abierta a quien quisiera tomarla por asalto masivo, como soñara su gestor y querido Guido Sáenz, solo que a birra armada y otras sustancias (soy abstemia, ya se nota), colchoneta, silletas o a pie –la mayoría– y en turbamulta.
Creo que la Municipalidad de San José y su magnánimo y adecuado gesto del tipo “de buenas intenciones está sembrado el camino al…” tal vez no previó una asistencia masiva que, calculamos fácil, rondaba las 30.000 personas ahí aglomeradas (a dos humanos por metro cuadrado en más o menos dos manzanas).
Vean: no soy tan escéptica, podría habitar perennemente el “rosa es una rosa es una rosa”... Es de muy buen ver que la Municipalidad se ocupe de ofrecer espacios y actividades expansivas de calidad, gratuitos, a las decenas de miles de personas josefinas que, quién se engaña, no hallan ahora muchas oportunidades para disfrutar en familia y gratis. Muy buena iniciativa y, por eso mismo, hay que mejorarla, no arriesgar a que se disuelva en una catástrofe que nadie quiere; menos, quienes se aglomeraron allí con niños, padres, abuelos… Menos mal que no vi mascotas, aunque quién sabe, nadie nos requisó y las mochilas bien podrían llevar… lo que fuera, vivo o para dejar de estarlo.
Como les dije: salí de mi zona de confort para entrar en la de todos, estos sin amarras y tan relax que, confieso, estuve a milímetros de un ataque de pánico que se desató cuando, sin poder moverme ni para los lados ni para arriba, observé a un bebé ahí metido, y otro, y otra, y otra, y cochecitos, sillas de ruedas y ancianos sentados en el zacate a punto de ser engullidos por la muchedumbre que intentaba avanzar en una centrífuga brutal.
Escoramos, por la gracia de mi amiga, una pro de la organización de eventos culturales, a la vera de la exigua carpa de la Cruz Roja.
Ahí, por lo menos, solo discurría un corredor –no biológico, sino humanitario– y pudimos respirar, escuchar la salsa guapetona y filosofar con que a los humanos nos encanta experimentar en molote nuestra condición de hormigas variopintas, y observar el tipo de población atendida por los cruzrojistas: en su mayoría, infantes exánimes o alterados. Metidos en la vorágine de un mundo adulto sin adultos responsables y donde, en vista de que se relajan las responsabilidades, al menos una desearía una faceta deseable del denostado “Estado paternalista”: ya que todos delegan (por no decir descuidan) la protección de sus seres supuestamente queridos, al menos que la Muni organice una coordinación del espacio y una circulación de multitudes que garanticen la seguridad de todos; por ejemplo, cuadrantes para familias con niños y otros para adultos mayores. En fin, ¡ayúdenme a decir, congéneres!: una estrategia para evitar que se pisotee “toda la pobre inocencia de la gente” a causa de un aluvión inesperado.
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Aurelia Dobles es escritora, actriz y periodista.