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Frente Amplio: continuidad y novedad

El desarrollo del FA está marcado por las posibles rutas de evolución que se le presentan

Aparte del ascenso meteórico de Luis Guillermo Solís, del PAC, la campaña electoral del 2014 trajo otra sorpresa: la irrupción del Frente Amplio (FA), que con sus 350.000 votos es un nuevo rasgo del paisaje político costarricense.

El descontento con la clase política tradicional y la erosión de dos gobiernos seguidos del PLN explican, en alguna medida, el crecimiento acelerado del FA, heredero del viejo Partido Comunista (PC), como lo expresara José María Villalta en su encuentro con Xi Jinping.

Es evidente que existe una continuidad entre el PC y el FA, que se expresa con la presencia de doña Patricia Mora en el Parlamento y en la permanencia de ciertos temas ideológicos en su discurso y acción.

La familia Mora representa casi ochenta años de tradición comunista en la vida política nacional.

Sin embargo, quienes vean solo esa permanencia familiar e ideológica se equivocan, pues mucho ha cambiado en el mundo y en el país desde los orígenes y desarrollo ulterior de este partido. Hay mucho de nuevo en la crecida del FA.

Internacionalmente, el PC surgió en el contexto de la crisis económica de 1929 e hizo sus primeras armas sindicales en la huelga bananera de 1932 contra la United Fruit Company.

La aparición del fascismo en Europa y las manifestaciones de este en Costa Rica generaron que la Segunda Guerra Mundial posibilitara una alianza de los comunistas con las fuerzas reformistas del calderonismo y de la Iglesia católica.

La guerra civil de 1948 puso fin a ese episodio y, en el contexto de esta y de la guerra fría, los comunistas experimentaron el exilio, la persecución y la ilegalización hasta los años setenta, lo que se agravó por su identificación con el modelo soviético de economía centralmente planificada y partido único.

En la legalidad, participaron en elecciones y resistieron la tentación de la vía armada que predicaba una parte de la izquierda latinoamericana (guevarismo, foquismo), atracción aún más fuerte en el contexto de las guerras centroamericanas que estallaron hacia el final de esa década.

No obstante, la discusión sobre la conveniencia de extender la lucha armada a Costa Rica ocurrió, el PC cumplió la función de reunificar las fuerzas de los pequeños partidos de izquierda (PS y MRP) y reencauzarlas hacia el combate en Nicaragua y no en Costa Rica.

Esto definió a nuestro país como una retaguardia política de apoyo a los procesos centroamericanos.

La implosión de la Unión Soviética (URSS) consolidó la visión de la vía pacífica y abrió el camino a nuevas rutas para los huérfanos del estalinismo. Ante el fracaso del socialismo real solo quedó la ilusión del mundo ideal.

A pesar de diferencias personalistas (Ferreto, Mora, Vargas Carbonell), lo cierto es que pasado el conflicto en Centroamérica –uno de los últimos episodios de la guerra fría–, la izquierda costarricense se dispersó, pero la dirigencia optó por la vía de Gramsci, pensador comunista para quien toda dominación de clase se construye a partir de la hegemonía político-cultural y no desde la punta del fusil como afirmaba Mao.

En sitios seguros. La izquierda costarricense ha subsistido con un bajo perfil, al alero de las universidades, los medios de comunicación, el Poder Judicial y los partidos tradicionales.

Desde esos sitios seguros se ha organizado y ha tratado de concretar una nueva visión de país y construir un nuevo sujeto histórico, partiendo de la democracia de la calle.

El nuevo enfoque está emparentado con las corrientes populistas que emergieron en América Latina a finales de la década de los años noventa.

El lenguaje de la lucha de clases desapareció parcialmente y se sustituyó por el de la antipolítica, el pueblo contra la partidocracia, la ética contra la corrupción.

José Merino y José María Villalta han cumplido un papel fundamental en este nuevo escenario; dos diputados combativos e inteligentes que han definido un nuevo campo de lucha, donde convergen elementos del pasado como el antiimperialismo y el estatismo; elementos anticapitalistas disfrazados de antineoliberalismo y el nacionalismo político-económico (TLC).

Junto a ellos surgieron nuevos enfoques, como la movilización social, el fomento de la protesta social masiva, la construcción de coaliciones sociales y la incorporación de demandas culturales (diversidad sexual y FIV).

La incorporación de actores sociales diversos le ha dado al FA un espacio discursivo y de acción sociopolítica más amplio que la retórica proletarizante y revolucionaria, lo cual le permite enarbolar las banderas de un socialismo democrático desdibujado que, sin embargo, extrañamente evita definirse como socialdemócrata.

Internamente, las elecciones municipales que se avecinan son una oportunidad para mostrar la fuerza organizativa del FA. ¿Logrará aumentar sus posiciones en alcaldías y regidurías? ¿Participará independientemente o en coaliciones? ¿Cuáles serán las consecuencias políticas de estos resultados frente a la posibilidad de una coalición electoral más amplia en el 2018?

Fisuras internas. Hay que recordar también que el FA no es un bloque único, la votación (5-4) de su fracción parlamentaria en el asunto de la alianza con Patria Justa y el PAC reveló fisuras internas que reflejan las contradicciones entre los bloques de movilización social que le son afines (Bloque Unitario Sindical y Social Costarricense y Patria Justa).

Tras los combates de personalidades (Jorge Arguedas versus Fabio Chaves) se ocultan diferencias con respecto a sus relaciones con el gobierno y el futuro de la lucha social.

Los actores políticos deben reconocer que el FA llegó para quedarse, que es parte del sistema de partidos y deben darle incentivos para su incorporación reformista a la vida política democrática.

Es inútil pretender la separación o exclusión de esta nueva fuerza política. Lo anterior no obsta para oponerse a cualquier deriva rupturista y antisistémica que pudiera surgir de sus filas.

Rutas de evolución. El contexto internacional también ha favorecido el desarrollo del FA, el mundo bipolar desapareció, la confrontación sobre la seguridad nacional de los Estados Unidos está ausente y el acercamiento de esa nación a Cuba obliga a una retórica menos agresiva.

Sin embargo, el proceso venezolano ha dado esperanzas a quienes piensan en repetir la experiencia de acceso populista al poder y refundación socialista posterior (otro mundo es posible) por medio de reformas desde el Poder Ejecutivo.

El desarrollo futuro del FA está marcado por las posibles rutas de evolución que se le presentan. Por un lado, está la vía del ALBA, construcción del socialismo del siglo XXI con estatismo, expropiaciones, agudización de la lucha de clases, construcción de un Estado paralelo con concentración autoritaria de poderes en el ejecutivo y debilitamiento del Estado de derecho.

Por otro, nos encontramos con la vía brasileña o uruguaya, que implica profundización de la participación política, pero con respeto de la democracia representativa, el mercado y la ampliación del desarrollo social.

¿Cuál camino escogerá el FA: integrarse creativamente y reformar el sistema o seguirá con el espejismo rupturista del leninismo y tratará de construir un socialismo que solo existe en Corea del Norte?

Constantino Urcuyo es politólogo.

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