Ricardo Radulovich. 5 junio

¿Hacía falta un grado de crisis para reformar los sistemas? A mí parecer, como profesor, una gran ganancia de la covid-19 para la Universidad de Costa Rica es que al fin, a fuerza, todos nos hemos metido en mediación virtual o clases virtuales para dar nuestros cursos. Lo que está sucediendo es una revolución.

Habernos sumergido en la mediación virtual viene a ser ganancia doble. Por un lado, lo obvio, porque, habiendo aprendido y disfrutado los beneficios, nos hará más eficientes y cumpliremos mejor y más al país.

Por otro lado, menos obvio y más bien algo que postulo (entre otros), es la evidencia de elementos que vendrán a enderezar algunos profundos problemas educativos nacionales que acarreamos desde hace mucho.

Con todas las capacidades disponibles, como la simplificación de multimedios, una Internet muy prolífica y el acceso hasta por celular, debemos mantener y capitalizar esta modalidad, aprehendiéndola en nuestro actuar como profesores, estudiantes y administrativos.

La cantidad de ejemplos de los beneficios es enorme y creciente. Todo el quehacer universitario se verá reforzado: docencia, investigación y acción social.

La clase y atención presencial a estudiantes dejarán de ser una condición sine qua non. Las reuniones de consejos, comisiones y comités (que tenemos muchas) idem.

Facilitar aprendizaje. Si es necesario o conveniente que mi curso sea dado doble o triple en un semestre, no significa que tendré que dar la misma clase dos o tres veces al día, se hará virtualmente, y quedará grabada para ir seleccionando en siguientes semestres lo mejor y, tal vez en un futuro próximo, ya no tendré que darlas, sino estar ahí (¿virtualmente?) al final de cada clase para comentar, contestar preguntas… facilitar aprendizaje, que después de todo es de lo que se trata, no de enseñar.

Si un estudiante de una sede tal quiere tomar un curso virtual de otra sede, podrá perfectamente. Los choques de horario serán menos decisivos a la hora de escoger los cursos.

La demanda por aulas se reducirá. La descentralización de programas educativos procederá con mucha más agilidad. Los cursos de verano se darán conforme se necesiten con un mínimo de costo adicional para que los estudiantes avancen.

La cantidad de material que iremos poniendo en la web será cada vez más portentosa, incluido lo que atañe a acción social, que es llevar la universidad a quienes no vienen a ella mediante cursos prácticos, recitales y conferencias; otra extensión universitaria que perfectamente se presta para ser virtualizada.

Esto, incluso, deberá significar, por ejemplo, reformar las bibliotecas porque de por sí ya era hora, cada vez se leen menos libros impresos, y convertirlas en centros de acceso virtual.

Si bien no todo es sustituible por lo virtual, como laboratorios y giras de campo, las acciones aquí son muchas y poderosas.

Cerrar la brecha. Pero hay algo más. El que muchos de nuestros estudiantes no tengan acceso adecuado a Internet, por falta de equipo o wifi, o ambos, y los excelentes esfuerzos realizados para solventarlo, desnuda una problemática que creíamos que era debida a otra cosa.

Desde que tengo memoria como profesor, se ha considerado que estudiantes provenientes de liceos con escasos recursos o de situaciones socioeconómicas desventajosas no llegan siempre bien preparados para una universidad de calidad.

A ello hemos atribuido los terribles cuellos de botella en materias como Cálculo y otras más. Muchos estudiantes de reciente ingreso caen ante retos educativos que otros encuentran fáciles de sobrellevar.

Es vox populi el debate de si la universidad debe concluir la educación secundaria ineficiente, que por lo demás es de solo cinco años cuando en el resto del mundo se compone de seis.

Pero ¿qué tal si esa brecha formativa originada en secundaria —o bien antes— no es tan relevante como hemos creído y, dando a estudiantes en desventaja la oportunidad de acceso fluido a la web y a un sistema de mediación virtual diseñado para facilitarles el avance, viene a ser suficiente para que esa brecha deje de ser tan grande y empiece a cerrarse?

¿Qué tal si los estudiantes que entran a la universidad con deficiencias cuentan ahora con herramientas asequibles para solventarlas por sí mismos? Yendo más allá, y sé que está en la mesa nacional y hay excelentes esfuerzos para concretarlo, creo que todavía falta un empujón para ver la ventaja, ¿qué tal si toda la educación nacional se aboca por esto y todos, chicos y chicas, así como maestros y profesores, al acceso fluido y libre a la web y sus recursos? ¡Cuál brecha!

Más profesionales. En conclusión, nos llegó la revolución. Es posible ampliar la matrícula y facilitar la graduación de muchos que ingresan a las úes, pero ahora no terminan.

Le daremos al país un considerable número de profesionales de alto nivel sin necesidad de cuantiosos presupuestos, aunque tal vez sí en coordinación con otros esfuerzos nacionales de educación digital-virtual porque la economía de escala es vital.

Pero además tal vez tendremos la herramienta para que todos avancemos en nuestra preparación, ahí, al alcance de la mano, con menos esfuerzo del que habíamos creído. Y es cierto, me consta.

Fue muy satisfactorio para mí cuando hace un par de años le dije a la muy inteligente hija de un pescador amigo que para qué me preguntaba tanta cosa si en el celular tenía acceso a Google.

Y, desde entonces, oigan, esa chica no para de explorar la web. Esto va mucho más allá de la educación formal.

El autor es catedrático de la Escuela de Ingeniería de Biosistemas de la Universidad de Costa Rica.