Carolina Gölcher Umaña. 21 enero
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El sistema es perverso. Hace creer que nos falta todo, cuando en realidad sobra mucho, pero está mal distribuido.

Su perversidad no acaba ahí, quiere hacer creer que el vecino, el diferente, el ajeno es quien lo ha robado.

Adoctrina para encontrar en el otro una amenaza. En un mundo que corea que el mal está en los otros, ¿quién paga?, ¿quién cobra? Dicen que lo que no nos mata nos hace más fuertes, pero bajo ese cliché no hay vínculo que se salve, que no termine convirtiéndose en algo sacrificial, que no coloque a las personas en el bando de los oprimidos o de los verdugos.

El instinto de conservación que poseemos todos, cuyo origen se remonta a la evolución de las especies y, por tanto, está articulado a la lucha por la supervivencia, no es en sí mismo cruel ni hay placer en su agresividad.

Cuando en nombre de ese instinto, frente a miles de televidentes, se consuman violentas manifestaciones públicas, estos actos responden a otros intereses. Los mismos intereses que llevan a los participantes a festejar el odio.

Las personas que cometen dichos actos no son capaces de negarse a la acción como un fin en sí mismo. No temen mostrar una especie de desprecio acerado por la vida de los demás.

Basta con escuchar sus argumentos, aunque conversar con una persona que no piensa nada es igual de inútil que hacerlo con una persona que ya lo ha pensado todo.

Repudiar la violencia. Es absolutamente innegable que el conflicto forma parte de la naturaleza humana, que la dominación de los impulsos agresivos es una tarea propia de nuestra especie, la convivencia fraterna siempre será inestable, vacilante, pero no por ello debemos consentir la violencia.

Para la filósofa y experta en ciencias políticas Hannah Arendt, la paz es un absoluto, es un fin en sí mismo y, como tal, no necesita justificación, al contrario de la violencia, que es instrumental y por ello necesita guía y justificación y «lo que necesita ser justificado por otra cosa no puede ser la esencia de nada».

Es decir, ningún movimiento social, sindical, político o religioso debería respaldar la legitimidad de la violencia, incluido el uso de la discriminación como arma. La violencia conmociona nuestro modo de habitar el mundo y la forma como sus víctimas lo deshabitan.

Recordemos que, para Sigmund Freud, nadie tendría la autoridad necesaria para imponer a las masas la terapia correspondiente que aplacara los instintos agresivos de los integrantes, de la misma manera que para Arendt un hombre solo sin el apoyo de otros nunca tiene poder suficiente para utilizar la violencia con éxito.

La autora es psicóloga y psicoanalista.