Carolina Gölcher Umaña. 30 julio

Han cambiado tanto las condiciones. Aislados del resto. A dos metros de distancia. Con salarios reducidos o desempleados. Con enfermos y cadáveres. Duele, claro que duele el cinismo. ¿Vamos a seguir sin escuchar? ¿Vamos a seguir buscando culpables?

Que si el pobre, que si el extranjero que también es pobre, que si el gobierno, que si la oposición; y, así, replicando sin concierto.

La peligrosa ligereza entre la responsabilidad y el compromiso es la telaraña donde la conciencia moral está atrapada y nos lleva a ser extraños para nosotros mismos, a tropezarnos con acciones caprichosas y envasarlas en cilindros en forma de necesidades.

El sujeto mimetizado con el entorno queda aprisionado en sus actos; él y su alrededor son lo mismo, se confunde, no piensa, no hay lugar para las interrogantes qué hice y qué pasa conmigo. Dudas que, como mínimo, lo salvarían de convertirse en un cretino.

Ese canalla del que habla Jacques Lacan, quien no puede pensar en otro sino en él, es incapaz de medir el efecto de sus actos en la vida de los demás porque ningún otro cabe en su realidad.

Reciprocidad. La realidad de los unos y los otros está cambiada. Son tiempos difíciles. Cansados de las calles vacías, del silencio de los espacios clausurados y frente a tantas alegrías erosionadas, algunos seres humanos se encuentran marcados por el desencuentro de los rostros físicos y atemorizados por los de la muerte, de la soledad, del abandono y de la miseria.

Duele, claro que duele la realidad. Pero no es posible rendirse al individualismo y convertirse en hijo de la deshumanización.

¿Acaso no es la intuición la segunda naturaleza? Sería prudente, antes de levantar las restricciones, obligar a la gente a leer El contrato natural, del filósofo francés Michel Serres, para recapacitar sobre su propuesta de pensar de nuevo (si es que lo ha hecho antes) el lazo del hombre con la naturaleza y, más aún, el de la humanidad con el planeta.

Para Serres, “se trata de cambiar nuestra actitud parasitaria por un contrato de simbiosis, que es a la vez de reciprocidad: el hombre debe devolver a la naturaleza tanto como recibe de ella, convertida ahora en sujeto de derecho”.

Qué tal si de la pandemia salimos a una sociedad no basada en el realismo económico porque lo que hoy sabe a frustración y tristeza no encontrará alivio en un atardecer frente al mar.

¿Y si opera un cambio en los seres humanos? ¿Si dejan de creer que ser inteligentes es cuestionarlo todo? ¿Y si dejan de relativizar la realidad según sus intereses? ¿Y si comienzan a respetar y a pensar?

Al sentido común solo falta darle una mano. La escena social se construye entre todos, dejando de exigir garantías.

No existe país ni gobierno capaz de garantizar la vida y la salud. Pueden, y deben, garantizar la protección de la vida y la salud, pero con el derecho a esa protección vienen las responsabilidades.

No es viviendo donde no se sale adelante, incumpliendo restricciones, mintiendo. Todo eso que no anda bien, que no funciona, que agujerea. Lo que corresponde en este momento es vivir donde somos, en la prudencia, el respeto y los límites.

El día después de la pandemia será un tiempo para comprender, para sanar este presente a través de actos y no de precipitaciones, para reencontrarse con uno mismo y prepararse para construir el porvenir.

La autora es psicóloga y psicoanalista.