Helena María Fonseca. 15 enero

Emprendiendo tempranas caminatas, cuando aún no han despertado el latir urbano ni el ruido del tráfico y se respira libertad en las calles, en el aire, en los tímidos pájaros en busca de ramas y las palomas que baten sus alas, experimento el “lujo” del silencio que invita a contemplar sin prisa. Conozco las calles, las casas que aún existen y muchos recuerdos parecen despertar.

He descubierto el caminar de las personas invisibles. Gente sencilla que se dirige a trabajar desde temprano. Los que barren las aceras, los que recogen nuestra basura, los que nos traen el periódico, los “centinelas de la aurora” cuyo desvelo nos proporciona seguridad, quienes asisten nuestros hogares efectuando el trabajo escondido, el de todos los días, que a veces pasa inadvertido.

Los obreros que levantan grandes edificios. Aquellos quienes, en el frío o el calor, esperan durante largas horas y jornadas, cercanos a los cruces y semáforos, no para pedir dinero, sino para vender lo hecho con el esfuerzo de sus manos.

En sendas no frecuentadas, encontré a los que al principio veía de lejos. Poco a poco, empecé a mirarlos. Son los que amanecen contiguo a las bolsas de basura en busca de alimento. Los que deambulan sin un norte, sin un propósito. Pasé de tenerles temor a tener la confianza de que no todo lo errante está perdido. Una mirada, una sonrisa, un “buenos días” puede encender una desvaneciente esperanza.

Son los que padecen la injusticia de haber sido abandonados, los que sienten soledad y tristeza, que podrían asimismo estar en lujosas casas. Aquellos que esperan toquemos a sus puertas, a su corazón.

En esos caminos y senderos, he ganado amigos porque me hablan de la vida. Me enseñaron que los caminos difíciles pueden conducir a grandes destinos. Que abrir caminos a otros es importante. Que la solidaridad es un motor que pone en marcha el futuro.

Por eso necesitamos sendas de generosidad; tender y construir verdaderos puentes, rumbos certeros. Que emprender un camino es marcar una dirección que puede cambiar la vida de muchos. Amigos que me han hecho reflexionar en lo mucho que he recibido, en lo mucho que se me ha confiado, en la necesidad de dar una respuesta que es la responsabilidad personal y la corresponsabilidad social. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. La vida es camino y encuentro.

La autora es administradora de negocios.