En 2016, Jurgen y yo visitamos por primera vez playa Ventanas, en Ojochal de Osa. Es facilísimo llegar: está a unos 30 kilómetros al sur de Dominical, sobre la Costanera Sur. Recuerdo que era un día entre semana y no había nadie en la playa. No había huellas. Fantaseé con la idea de que seríamos los primeros en descubrir el lugar. En los extremos se observaban los macizos rocosos con estratos ligeramente inclinados, en un sentido opuesto al mar.
Habíamos llegado en el mejor momento: cuando la marea estaba en su punto más bajo. Caminamos por la playa, sobre una arena lisa, clara, aterciopelada. Avanzamos hacia el extremo sur de la playa sin dejar de observar las cuevas que el mar había cavado en la roca. ¿Cuántos tesoros habría escondidos ahí? ¿Cómo descubrirlos? La naturaleza parecía cómplice del pirata en apuros y le ofrecía múltiples opciones para esconder su tesoro.
Nos acercamos a las rocas y, con mucha facilidad, escalamos. Los estratos formaban gradas casi perfectas y se podían observar líneas sutiles y variaciones ligeras en la coloración de los sedimentos. En ese momento, apareció un lugareño que nos dijo: “¿Ya entraron a las cavernas que están allá, del otro lado de la playa? Tienen que ir ahora, que la marea está baja”. Se refería, por supuesto, a las ventanas de playa Ventanas.
Una Costa Rica marina
Dos ventanas cortaban el macizo rocoso y dejaban ver, en pequeñito, todo lo que estaba al otro lado: la misma luz, el mismo mar, el mismo lugar, pero allá. Entramos, fascinados con la posibilidad de tocar ese espejo en el que nos veíamos reflejados. Optamos por la ventana más ancha. Su entrada era triangular y seguía las fracturas de la roca. El mar, con la fuerza de sus olas, había aprovechado las zonas más frágiles para esculpir, poco a poco, estas ventanas.
Por entre la roca del techo caían gotas y, algunas veces, chorros de agua. La acústica y la luz cambiaron. El sonido se amplificó, la luz se apagó y se acentuaron los reflejos en el agua, que se acumulaba a nuestros pies y entraba como ondas, de un lado y del otro de la ventana. Nuestras piernas detectaban el ascenso del nivel del agua, por pequeño que fuera. Sabíamos que no debía pasar de la base de las pantorrillas. Esa era nuestra única conexión con la realidad.
En ese espacio donde convergían dos aguas, dos reflejos y dos almas gemelas, se generó, durante pocos minutos, un mundo fantástico. El tiempo pareció detenerse bajo el manto hipnótico de la luz, de las ondas sobre el agua y del sonido de las gotas.
En ese umbral, nuestra vulnerabilidad importaba muy poco. Pensaba en el peso de la roca sobre nosotros y en todos esos sedimentos depositados hace unos 60 millones de años en un océano profundo que hoy, gracias a la erosión, podíamos visitar a través de una grieta convertida en ventana. ¡Qué privilegio llegar al corazón del océano de una Costa Rica marina, antiquísima, conformada por unos pocos volcanes!
Un tesoro escondido
Tomamos muchas fotos. Bueno, Jurgen las tomó. Yo estaba absorta en mis pensamientos sobre el pasado geológico escrito en esas rocas. El pasado de un fondo marino que existió hace muchísimos años y que recibía los esqueletos de organismos marinos y sedimentos volcánicos. Esos esqueletos se acumularon y, con el paso del tiempo, generaron depósitos espesos, que se compactaron y solidificaron hasta formar las rocas que nos rodeaban en ese momento.
Pensaba en los esfuerzos tectónicos que fueron necesarios para mover esas rocas desde el fondo oceánico hasta donde están hoy, similares a los que provocaron el terremoto de Limón, cuando la corteza se levantó más de un metro. Gracias a estos esfuerzos, se formaron fracturas, que luego el mar erosionó para formar unas cuevas y mostrarnos un pasado geológico, un mundo fantástico y el otro lado del espejo.
Hoy, casi diez años después, observo una fotografía de ese viaje y se me eriza la piel. Descubro que el tesoro escondido del pirata estaba ahí, debajo de todas esas rocas, entre dos aguas. Por supuesto que no se trata de mí, sino de mi pequeñez, mi vulnerabilidad, mi cuerpo que representa un instante en el tiempo geológico.
Pienso en lo ingenuos que somos al llegar a una playa y pretender que fuimos los primeros en ese lugar. Somos apenas una huella efímera en esa playa que se moldea y abre ventanas. Lo seguirá haciendo, durante millones de años más, cuando ya no estemos acá.
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Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.
