
Uno de mis primeros recuerdos de infancia está marcado por la batalla contra el insomnio. En esas largas noches, mi mamá, paciente y resignada, me preparaba una taza de leche caliente que bautizaba con un chorrito de vino. El remedio funcionaba como el estribillo de una canción de Julio Iglesias: a veces sí, a veces no. Entonces llegaba el momento de contar ovejas. Eran muchas, idénticas, saltando el mismo cerco hasta formar un rebaño que no llegaba a ninguna parte.
Años después, la adolescencia y los primeros años de juventud me revelaron un catálogo de razones para perder la facultad de dormir: exámenes, amores contrariados, emociones intensas, dudas vocacionales y un larguísimo etcétera. Los diagnósticos se multiplicaban y, con ellos, los tratamientos. Todos prometían alivio y funcionaban, en el mejor de los casos, a medias.
Entonces, descubrí que el insomnio es un país misterioso. Un territorio al que pertenecemos algunos, más allá de la voluntad. Cada insomne vive la vigilia a su manera y busca a sus maestros. Yo tuve los míos.
Un día, la revista Muy Interesante me reveló la historia de un campesino vietnamita que había perdido la capacidad para dormir. Llevaba más de sesenta años en vela. Si alguna vez hago una peregrinación, no será a Santiago de Compostela ni a Jerusalén, sino a la aldea de ese insomne prodigioso. No imagino un maestro más sabio que quien ha aprendido a vivir sin rendirse a las leyes del cansancio.
Entre mis gurús, ocupa un lugar importante El Pollo: un mexicano que podía pasar hasta tres semanas sin dormir. Lo conocí cuando estudiábamos cine en Barcelona. Nos hicimos amigos, no solo porque compartíamos la pasión por la música y las películas, sino porque nos unía ese conocimiento silencioso, casi místico, sobre lo que significa la vigilia permanente.
Con El Pollo descubrí que las noches podían ser laboratorios perfectos para salir a caminar por calles sin gente, escuchar jazz o imaginar proyectos imposibles. Entendí que las horas adicionales que nos ofrecía el insomnio podían ser un regalo precioso.
Escribo estos recuerdos en este momento porque son las dos de la madrugada y, por tercera noche consecutiva, no consigo dormir. Hace unos minutos bajé las escaleras tratando de no tropezar con los gatos, encendí la computadora y comencé a escribir este elogio como un conjuro.
Hay algo en el mundo nocturno que se transforma para quien lo habita sin dormir. Las sombras adquieren una densidad distinta y los sonidos mínimos se convierten en protagonistas. A esas horas, la gota en el fregadero suena como una campana y la luz del refrigerador es un sol de mediodía.
Pero la verdadera metamorfosis ocurre después de dos o tres noches en vela: los colores vibran, los rincones se vuelven nítidos y los rostros revelan detalles que no sospechamos.
Seguramente a eso se refieren los mexicanos con la expresión “andar en vivo”: esa manera de estar expuestos, vulnerables y lúcidos al mismo tiempo, como si cada gesto del mundo nos atravesara.
Dentro de un par de días, cuando se publique este elogio, cumpliré mi quinta jornada de insomnio. Esa mañana desayunaré con los colegas de “Letra Libre” y bastará con llevar el jugo de naranja a los labios para que la superficie del líquido se abra como un umbral y yo caiga en el interior de una gota.
Ahí, suspendido en ese universo cítrico, asistiré a la danza microscópica de las partículas y a la historia de la semilla que fue árbol y del árbol que fue fruto. Cuando regrese –porque uno siempre regresa–, alguien habrá contado un chiste o me pedirá que le pase el azúcar.
Algo parecido sucederá con el queso, el gallo pinto y el vapor que se eleva de la taza de café. Los alimentos contienen una genealogía que el insomne puede recorrer como si cada bocado fuera una puerta, y cada sorbo, un mapa.
Quizá ahí resida la dignidad secreta del insomnio: en esa capacidad de abrir grietas en la realidad, de detenernos donde pasaríamos de largo y descubrir que el mundo, incluso en su forma más cotidiana, está hecho de capas que pocas veces alcanzamos a percibir.
Tal vez por eso sigo escribiendo este elogio a las dos de la madrugada. Porque en el insomnio hay también una forma de conocimiento. Una lucidez frágil pero intensamente viva. Y aunque mañana pague el precio en forma de cansancio, estas noches me han dado algo que el descanso nunca podría ofrecerme del todo: la sospecha de que la realidad, vista desde el borde del sueño, es más vasta, más extraña y, en el fondo, más cercana.
jurgenurena@yahoo.com
Jurgen Ureña es cineasta.
