Orlando Núñez Pérez. 30 noviembre, 2018

Setenta años han pasado desde aquel simbólico día en que, con un mazazo sobre las viejas paredes cuartelarias, el presidente de la República, José Figueres Ferrer, anunciaba a su país y al mundo que Costa Rica abolía el ejército como institución militar permanente.

Hagamos valer el espíritu civilista y pacífico, santo y seña del ser costarricense

Se unía este hecho a otros hitos históricos determinantes en la vida del país, como la guerra contra los filibusteros acaudillada por Juanito Mora, la construcción del ferrocarril al Atlántico, la edificación del Teatro Nacional en tiempos de los presidentes Rodríguez e Iglesias, las reformas económicas y fiscales de González Flores y la promulgación de las garantías sociales, el Código de Trabajo y la creación de la Caja Costarricense de Seguro Social por el presidente Calderón Guardia.

La eliminación del ejército trajo significativas ganancias. El presupuesto militar pasó a engrosar los caudales destinados a educación, la salud y el desarrollo de las comunidades. Ni cañones, ni tanques, ni aviones. Escuelas, colegios, centros de salud y combate a la pobreza.

Significado. A siete décadas de distancia, la prolongada e injusta huelga, que aún sostienen maestros y profesores de la educación pública, es ocasión propicia para recordar el legado histórico de la abolición del ejército. Durante estos 80 días se cerraron vías para obstruir el libre tránsito, lesionando al pueblo trabajador así como a las personas necesitadas de atención médica, hubo cancelación de citas en los hospitales y de instrumentos judiciales, el cierre abrumador de escuelas y colegios con el consiguiente daño al curso lectivo y al desarrollo educacional de millares de niños y jóvenes estudiantes, y paralización de servicio en comedores escolares y pérdida de productos que alimentan a los infantes más necesitados.

Provocaciones sin cuento a la fuerza policial con insultos cara a cara y hasta un ataque irrespetuoso al presidente de la República. Pero, felizmente, no ha habido que lamentar atropellos ni abusos, y el luto no llegó, por estas causas, a ningún hogar costarricense. Este es el legado civilista que, visionariamente, consolidó la abolición del ejército, cuando sepultó la tentación del uso de la fuerza armada y su perniciosa influencia en los procesos políticos y la actividad civil.

¡Bella lección para las generaciones actuales y futuras¡ Es la hora de la reflexión en medio de los peligros que acosan a Costa Rica. Hagamos valer el espíritu civilista y pacífico, santo y seña del ser costarricense. Rechacemos la jerga trasnochada y provocadora. Conciliemos sin claudicar. Hagamos honor al precioso legado que nos dejó la abolición militar, terminando con la imposición y el irrespeto al derecho ajeno.

El autor es periodista.