
Es temprano, pero ya hay mucha actividad en el embarcadero del Sierpe. Me sirvo un café en el restaurante y me acomodo en una mesa con vista al río. Es cierto que las malas noticias llegan a veces en piña, pero algunos placeres también: ahora el gusto y la mirada saborean el mismo banquete.
La corriente empuja tierra adentro islotes de lirios sobre los que viaja de vez en cuando un pájaro a la deriva. El domingo tiene ajetreo de lunes y habla en lenguas; turistas extranjeros abordan las lanchas y salen hacia la aventura. Algunos llegarán tan lejos como Corcovado y quizá se bañen en la cascada que, en marea alta, se entrega directamente al océano.
Nosotros saldremos dentro de un rato; hay tiempo para beber el café con calma. Nada precisa, menos cuando se tiene al frente a la más conocida metáfora del tiempo. Todo fluye: ningún lagarto se baña dos veces en el mismo Sierpe.
Un grito nos llama cuando están por dar las siete. Dos hombres hacen señas desde el catamarán que nos llevará a culebrear entre manglares; son el capitán y el guía, que tienen lista cada cosa para el viaje. Obedecemos y nos reparten en los asientos según el peso de cada uno.
Falta únicamente la orden de zarpar cuando el guía corre de vuelta a la orilla. “Algo se le olvidó”, comenta el capitán. El hombre regresa risueño, ajustándose un bolsito a la cintura; intercambia con el capitán una broma que no llega hasta nosotros y, de pronto, percibimos la vibración de lavadora que transmite el motor.
Nos esperan los mil brazos en los que se abre el cauce cuando se acerca al mar, quizá un aguacero repentino, de seguro más animales que en un zoo. Mi deseo se enfoca en las lapas rojas, en su ruido de vuelo monogámico. Ya antes las había buscado y encontrado. El oficio de reportero me permitió conocer, años atrás, un lugar donde las reproducían en cautiverio para soltarlas luego en una esquina de la península de Nicoya.
El criadero era una sucesión de etapas: aves en plan de conquista, parejas de amor consumado, nidos con huevos, pichoncillos pelones, ejemplares adultos en cuenta regresiva. Entonces se temía por su extinción. Hoy, al navegar el Sierpe se entiende cuánto ha cambiado esa historia. Aquí son comunes, se les oye con frecuencia revelando su identidad: ará, ará, ará. La ciencia las llama Ara macao. Para nosotros, serán siempre lapas rojas, “rotos pedazos de bandera”.
Antes de encontrar las primeras en el río, una curva nos coloca ante una rareza. El guía señala hacia un tronco muerto de la orilla.
–¿Lo ven?– pregunta.
Nada, no vemos nada.
Abre el bolsito que lleva en la cintura y, mientras saca un puntero láser, cae al suelo un espejo redondo, como de cosmetiquera, que sobrevive al golpe y a la risa burlona del capitán. La luz del puntero sube por el tronco y se detiene donde está como congelada esa cosa extraña que es el pájaro estaca.
En los concursos de belleza del monte, el pájaro estaca ocupa siempre los últimos lugares. En Halloween, para asustar, se disfraza de sí mismo. Duerme de día y vive de noche: es el bohemio feo de la montaña, el reverso de las lapas rojas, a las que más adelante descubrimos yendo de copas, entretenidas en las alturas, mojando las hojas bajas con una lluvia de pedacitos de algún fruto.
Entonces el catamarán para de nuevo, ahora frente a un palo del que desciende un alboroto de discusión vecinal. Nos preguntamos cuántas son y la única respuesta exacta es imprecisa: “muchas”.
Oímos la voz del guía: ¿Quieren verlas volar?

Después de la respuesta, se lleva las manos al canguro del que antes sacó el puntero y extrae el espejito redondo, recoge sol, lo dirige hacia arriba y sacude el rayo. Del árbol se proyecta un haz de colores, como si la luz hubiera atravesado un prisma de cristal. Las lapas dejan de golpe el follaje, sorprendidas por el reflejo que las alcanzó. Salen alborotadas; les toma un instante organizarse. Tratamos de contarlas: diez, doce, quince, veinte parejas. Quizá más. Agarran Sierpe arriba y se transforman en puntitos en fuga. Quedamos rodeados de silencio, manglar, rumores de agua.
El espejito, apagado, regresa a la cintura del guía. Vibra de nuevo la cubierta y el viaje avanza. El tiempo guarda todavía muchas revelaciones en sus curvas; las horas del río sabrán cómo calmar la sed de miradas que buscan abarcar el humedal.

ovidio.munoz@nacion.com
Ovidio Muñoz Corrales es periodista.
