14 julio, 2016

Escuchar las declaraciones del diputado Óscar López en el plenario legislativo, en torno al Instituto Nacional de las Mujeres (Inamu) y al uso del lenguaje inclusivo, me produce dos reacciones. La primera es de repudio; la segunda, de preocupación, en tanto la voz del diputado no es únca, sino representativa de sectores que critican abiertamente el avance en los derechos humanos de las mujeres.

Como se ha vuelto políticamente incorrecto defender a las mujeres de la violencia, esos grupos han decidido ubicarse en la acera del igualitarismo y vender la idea de que, a diferencia del feminismo, ellos abogan por la igualdad, pero niegan las condiciones de desigualdad histórica y estructural en las cuales las mujeres desarrollan su vida cotidiana.

Lo lamentable es que dichos grupos ganan terreno en la prensa y en algunas instituciones públicas. Por ello, cada vez son más los medios de comunicación que deciden bombardearnos con noticias y reportajes amarillistas en los cuales las víctimas son los hombres, como estrategia para distorsionar la realidad.

Objetivo. No creo equivocarme cuando afirmo que las declaraciones de López no son en contra del Inamu, sino contra lo que la institución representa, a saber, un mecanismo estatal de protección de los derechos humanos de las mujeres.

Lo que López no soporta, como tampoco lo toleran grupos de hombres posmachistas, es que el Estado costarricense asuma la responsabilidad de garantizar el cumplimiento de los principios de igualdad y no discriminación y cuente con políticas públicas, programas y proyectos que se dirigen de manera particular a atender la brecha social entre hombres y mujeres.

Como no se pueden construir argumentos de peso, el diputado López decide recurrir a la chota misógina, muy propia de quien no cuenta con solvencia argumentativa.

Es irónico que las palabras provengan de una persona que por su condición de discapacidad probablemente se ha beneficiado de acciones afirmativas en esa materia y de los mecanismos que tiene el país para garantizar su derecho a la igualdad y no discriminación; no obstante, cuando de los derechos humanos de las mujeres se trata, salta la liebre.

Por supuesto que esto no debe extrañarnos, en tanto la resistencia de muchos hombres deriva de su negativa a renunciar a los privilegios que el orden social les otorga y, como dice Eduardo Galeano, de su miedo a las mujeres libres.

Discriminación. Siempre he sido reacia a visualizar la vía de la convencionalidad como suficiente para transformar el androcentrismo; sin embargo, cuando escucho al diputado en mención y a otros ilustres que anteriormente se refirieron de manera despectiva a la cuestión de las mujeres, me pregunto qué sería de nosotras si el Estado no hubiese ratificado estos instrumentos y adquirido responsabilidades.

Las mujeres seguimos engrosando las filas del desempleo y de la violencia y somos víctimas de feminicidio, blanco predilecto del crimen organizado y de la trata de personas, por un lado, y, por otro, somos hostigadas en el ámbito público y en el laboral, víctimas de la violencia sexual, aunque tenemos una legislación que reconoce el derecho humano a una vida libre de violencia, a la igualdad y a la no discriminación. No quisiera imaginar cómo estaría la situación en ausencia de estos compromisos.

Finalmente, es oportuno observar que el crecimiento del conservadurismo en la Asamblea Legislativa no es más que un síntoma del retroceso que como país enfrentamos.

No cabe duda de que mucho camino nos falta por recorrer para convivir en un país donde el avance en materia de derechos de las mujeres no sea percibido como una afrenta a los derechos de los hombres, sino como un indicador de desarrollo y un bien que el Estado debe tutelar a toda costa.

La autora es trabajadora social.